Por Marilys Zayas Shuman
Analizar la política de Estados Unidos hacia Venezuela exige situarse desde una perspectiva feminista y descolonizadora. La defensa de la paz en América Latina se vincula con la protección de cuerpos y territorios frente al extractivismo, y en esa lucha las mujeres, comunidades afrodescendientes e indígenas han estado en la primera línea. Sus resistencias muestran que la disputa por el petróleo no es solo económica, sino también cultural y política. Invisibilizar estas luchas es reproducir las jerarquías patriarcales y racistas que sostienen el modelo extractivista.
En este marco, el intervencionismo de Donald Trump en Venezuela constituye un ejemplo paradigmático de cómo los recursos naturales, en particular el petróleo, se convierten en el eje de las disputas internacionales. Bajo el disfraz de la “restauración democrática”, se desplegaron sanciones y bloqueos que golpearon directamente al pueblo venezolano, mientras se abrían espacios para que corporaciones estadounidenses se apropiaran de las mayores reservas de crudo del planeta.
Las medidas de presión se concentraron en el sector energético, restringiendo la capacidad de comercialización y acceso a divisas del país. Más que debilitar al gobierno de venezolano, estas acciones buscaban reconfigurar el mercado petrolero en favor de Washington.

