Por Lianne Garbey Bicet
Cada 23 de enero amanece distinto para quienes, en esta isla del Caribe, alguna vez hemos habitado el universo sonoro. Es el día del surgimiento de la radio y basta encender un viejo transistor o entrar al estudio en penumbra para que regresen esas voces que, durante décadas, han hilado historias, noticias y canciones que acompañan la vida cotidiana del país. La radio tan cercana, tan nuestra sigue latiendo incluso cuando parece que el tiempo digital la ha dejado atrás.
Yo conocí ese latido cuando cursaba el segundo año de la Licenciatura en Periodismo en la Universidad de Oriente, pero me enamoré de él cuando crucé por primera vez las puertas de la CMKW Radio Mambí, en mi Santiago de Cuba natal aquel verano de 2018.
Llevaba una libreta apretada entre las manos y el corazón desbordado. Afuera, el sol caía sobre la calle; adentro, el zumbido de los equipos, el murmullo de los locutores, la mezcla de cables y voces componían una sinfonía que desde entonces no me ha abandonado.
Con poco más de un año de graduada, llegué a esa casa radial con más ganas que certezas. Mi primer encargo fue el Noticiero resumen de la emisora. Aprendí rápido, a veces a golpe de error, que en radio el tiempo no se mide en minutos, sino en la exactitud de una palabra bien puesta. Allí descubrí que escribir para el oído es un arte de intuición y ritmo.
De la redacción salté al micrófono. En la calle, con la grabadora en mano y el viento entrometiéndose en cada toma, el periodismo me reveló su rostro más humano. La dama del éter me enseñó a escuchar antes de preguntar y a confiar en la vibración de una voz más que en cualquier testimonio escrito.
En ese entonces la inmediatez se me presentaba con el sentimiento encontrado de ser vértigo y placer. Recuerdo la primera vez que salí al aire en Radiando, el gigante informativo de la W santiaguera.
El piloto encendido, el contador regresivo, la certeza de que nada se podía editar cuando el rojo de AL AIRE brillaba en el panel. Aquella adrenalina me ancló para siempre a la magia de las ondas sonoras.
Y en medio de esa vorágine descubrí algo esencial: la relación invisible y poderosa con el oyente. Aunque no lo ves, siempre está ahí, midiendo cada pausa, cada entonación, cada palabra que eliges.
Es él quien con su silencio atento o su llamada posterior, te revela si vas por buen camino o no. Pues en ese medio de comunicación uno aprende a intuir la respiración del otro lado del dial, y ese vínculo, tan sútil como real, termina guiando tu manera de contar.
Más tarde entendí que la radio también construye familias. Los realizadores de sonido Carlos, Jorgito y Yamileisis que siempre eran cómplices de mis silencios, mientras que las inconfundibles voces de Raudelis, Kenia, Bety se convertían en el alma de mis textos, los directores Iván, Aimé y Gertrudis que me sirvieron de guía con cada consejo y reto profesional asignado, así como otros muchos colegas que me rescataban al vuelo una nota que no llegaba. Con cada una de estas vivencias descubrí que en ese mundo nadie camina solo.
Quizás por eso, cada segundo al aire se convierte en un desafío compartido. Quienes hacemos radio sabemos que llenar un minuto de emisión no es tarea menos, y mantener una programación en vivo durante tantas horas exige precisión, entrega y complicidad de quienes se reúnen alrededor de los micrófonos. Hay magia en sostener ese pulso invisible que mantiene despierta a una emisora incluso cuando la ciudad duerme.
Precisamente esa constancia ha convertido a la radio cubana en la voz del pueblo y la memoria viva de sus días. Por más de un siglo siempre ha estado donde se necesita — en los campos, en los barrios, en los instantes de alegría o de duelo—, llevando información, compañía y esperanza. Su largo alcance y sus múltiples formas de hacer la han convertido en un puente permanente entre la gente y su realidad, en una presencia fiel que se reinventa sin renunciar a su esencia.
Hoy, el destino me ha traído a otro espacio, la Editorial de la Mujer, donde la palabra escrita es ahora mi instrumento principal. Disfruto cada página de la Revista Mujeres, convencida de la urgencia de contar nuestras historias desde la equidad. Pero, como si se tratara de un eco interminable, la radio volvió a buscarme.
Casa Violeta, nuestra propuesta de radio online, me ha permitido, aunque ya no con la frecuencia de antes, reencontrar ese pulso sonoro con una mirada renovada. Es la radio del presente —interactiva, íntima, desde la red—, pero sigue siendo el mismo refugio emocional. Donde la voz y la sensibilidad se cruzan, la palabra vuelve a tener carne.
En este día, miro hacia atrás y me reconozco en aquella joven que tropezaba entre cables y libreta, buscando su propia frecuencia. Entiendo entonces que la radio es una forma de sentir el mundo, de contarlo y de permanecer. Porque cuando el aire vibra, siempre habrá alguien, en algún rincón, escuchando.

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