Por Marilys Suárez Moreno
Reconocida artista de la plástica tanto en Cuba como en el extranjero, Amelia Peláez del Casal, se destacó por una renovación del lenguaje pictórico tanto en la pintura como en la cerámica, abriéndose paso entre las figuras más insignes de la plástica insular.
La artista estudió en la prestigiosa Academia de Arte de San Alejandro, fue alumna destacada del maestro Leopoldo Romach, quien la recomendó para una beca.
Amelia hizo su primera exposición en 1924 y tres años después viajó a Francia, donde continuó sus estudios con afamados maestros europeos y presentó su primera exposición personal en la parisina Galería Zak.
Un año después regresó a establecerse en Cuba, en Villa Carmela, la casona materna de la Víbora, donde entre plantas, rejas y muros, recreó su mundo de ensueños.
Para Amelia Peláez, el verdadero sentido de su vida estaba en la búsqueda de un lenguaje pictórico cubanísimo, lo dijo siempre. En París, la artista cubana, nacida en Yaguajay, hoy provincia de Sancti Spíritus, el 5 de enero de 1896, se había apropiado del modernismo y a su regreso definió su estética, la que desarrolló hasta su muerte.
Tenía una manera de expresarse artísticamente muy sui generis, lo que se aprecia en toda su labor, si bien su lado más revelado es la pintura mural, apreciable en toda su obra y que se refleja en sitios como el hotel Habana Libre, cuya fachada exhibe una de sus obras más reconocidas, hay también piezas suyas en el edificio de Arte Cubano del Museo Nacional de Bellas Artes y en círculos propios y galerías de todo el mundo.
Amelia Peláez, de quien se dice definió su estilo y estética en Cuba, trabajó también como profesora de estudio libre y de escultura y pintura, realizó numerosas exposiciones personales, incluyendo una retrospectiva de su obra.
La artista siempre dijo que había tratado de captar la luz de Cuba y lo cubano en el Trópico, porque para ella, el color era su magia, su mundo de ensueños, como lo fue su trabajo de ceramista, el cual constituyó una parte esencial de su vida y quehacer artístico, quizás el más conocido mundialmente.
Si bien muchos la vieron y la asocian como la imagen de los vitrales, y hay mucho de cierto en ello, Amelia fue una mujer todoterreno del universo artístico, pues reflejó el arte contemporáneo como pocos, creando elementos que la definieron, también en naturalezas muertas, óleos y hasta papalotes, una de sus últimas pasiones.
En su propia casa de Villa Carmela adornó rejas, claraboyas, encajes, paredes, ventanales, ambiente perfecto en el que daba rienda a su inagotable imaginación y donde murió el 8 de abril de 1978.
Al recordarla en su nacimiento 130, homenajeamos a una de las figuras más connotadas de la plástica cubana. Hija predilecta del pueblo, transmisora fiel de una tradición creadora. Ella animó el arte y dio vida auténtica a las imágenes perdidas y olvidadas, según dijo otra cubana destacada, Loló de la Torriente Brau, cuyo hermano, Pablo, comisario político cubano cayó combatiendo al fascismo en los días grises de la Guerra Civil Española.

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