lunes, 2 de marzo de 2026

La revolución femenina que late en Cuba

 


Por Marilys Zatas Shuman

En la quinta plenaria de la Federación de Mujeres Cubanas, realizada en la ciudad de Santa Clara el 9 de diciembre de 1966, Fidel Castro lanzó una afirmación que sigue resonando con fuerza: “¡Viva la revolución femenina dentro de la Revolución socialista!”. No fue un gesto aislado, fue una declaración de futuro. Desde entonces, la emancipación de las mujeres dejó de ser un apéndice y se convirtió en motor, en fuerza capaz de transformar la vida cotidiana tanto como las grandes estructuras del país.

Hoy, más de sesenta años después, esa frase late en las calles y en los hogares. Se siente en la mujer que lidera un proyecto comunitario, en la que organiza un taller de salud, en la que sostiene la familia en medio de la crisis. La revolución femenina se expresa en la resistencia, en la creatividad, en la capacidad de inventar soluciones donde parece que no hay nada.

Y se despliega en múltiples escenarios: las jóvenes que transforman la manera de comunicar y organizarse en torno a la Federación de Mujeres Cubanas, el activismo digital que multiplica voces, la diversidad que amplía el sentido de la consigna hacia una revolución de género más inclusiva. En los barrios, la lucha se cruza con la defensa del medio ambiente: mujeres que cultivan huertos urbanos, que reciclan, que enseñan a cuidar la tierra. La emancipación se vuelve ecológica, recordando que la justicia también se mide en la relación con la naturaleza.

El arte y la memoria completan el cuadro. Escritoras, artistas visuales, radialistas y cineastas narran la vida de las mujeres desde perspectivas críticas y creativas. La revolución femenina se expresa en la capacidad de contar la historia con voz propia, de rescatar figuras olvidadas, de dar cuerpo y emoción a la memoria colectiva.

La política lo reconoce: las mujeres ocupan más de la mitad de los escaños en la Asamblea Nacional, dirigen instituciones, marcan agendas. Pero la vida recuerda que aún persisten brechas, que la doble jornada pesa, que la violencia de género exige respuestas más firmes. La consigna de Fidel se convierte entonces en desafío: cómo hacer que la revolución femenina sea plena, que no quede atrapada en discursos, que se traduzca en justicia concreta.

En ese mismo discurso, Fidel también alertó: “Si las mujeres creen que su situación dentro de la sociedad es una situación óptima, si las mujeres creen que la función revolucionaria, su función revolucionaria dentro de la sociedad se ha cumplido, estarían cometiendo un error.” Esa advertencia se mantiene en pie. Porque la revolución femenina no puede darse por concluida, porque cada conquista abre nuevas demandas, porque la igualdad plena sigue siendo un camino a construir.

Persisten desigualdades cotidianas. La alerta de Fidel funciona como brújula: recordar que la emancipación es proceso, que no basta con celebrar lo alcanzado, es recordatorio de que la emancipación no se decreta, se vive, que hay que vigilar y actuar para que la revolución femenina sea siempre presente y nunca tarea cerrada. Y en Cuba, todavía hoy, esa revolución femenina sigue siendo la que empuja, la que sostiene, la que transforma.

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