Por Marilys Suárez Moreno
Según consta en su partida de bautismo, María Magdalena Cabrales Fernández nació el 22 de julio de 1847 en la finca San Agustín, en San Luis, Santiago de Cuba y fue registrada en el libro para pardos de la Iglesia de San Nicolás de Morón.
Procedía la pequeña María de una familia perteneciente a la llamada población libre de color, con determinados recursos económicos, si bien no tuvo la ocasión de asistir a escuela alguna, acorde con la educación que regía en la época para su raza.
Quizás muchos vean en esta mujer de acendrado patriotismo, solo a la esposa del mayor general Antonio Maceo, con quien contrajo matrimonio el 16 de febrero de 1866, aunque algunos documentos señalan que le dio dos hijos al Titán de Bronce y que estos perecieron en la manigua, en realidad esto no se ha corroborado y la propia patriota expresó en su testamento que estuvo casada con Maceo de cuyo matrimonio no tuvo hijos.
La Guerra de los Diez Años vinculó a María con la causa independentista cubana. Leal a sus principios patrióticos, acompañó a la familia Maceo Grajales en su incorporación a la Guerra de los Diez Años. Tenía 21 años y tras el juramento junto a la madre heroica de la familia Maceo/Grajales, marchó con ellos a la guerra y tanto Mariana como su nuera María prestaron asistencia y colaboración a enfermos y heridos y fundaron varios hospitales de campaña durante aquellos 10 largos años de la llamada Guerra Grande.
Antes de acogerse a una paz bochornosa, lo cual consideraba un acto de cobardía y deslealtad hacia tantos caídos en la lucha, María, Antonio y su suegra, en unión de otros familiares, partieron al destierro en Jamaica, desde donde continuaron alentando la lucha por la independencia de Cuba.
La experiencia obtenida en la Guerra Grande le permitió a María madurar en su conciencia patriótica, en sus años de exilio viajó por diferentes países del Caribe y Centroamérica, incluyendo una breve estancia en Cuba durante el verano de 1890, de donde fue expulsada junto con su esposo.
Durante ese tiempo, se consagró de lleno al apoyo de la insurrección desde el exterior, mediante los clubes patrióticos vinculados al Partido Revolucionario Cubano que Martí había instituido el 10 de abril de 1892.
Un momento importante de la existencia de esta mujer cubana fue cuando en Kingston, Jamaica, conoció personalmente a Martí, lo que constituyó para ella un aliciente a la labor patriótica que venía desempeñando en el exilio.
En 1893, Martí visitó al general Antonio y a otros emigrados cubanos en Costa Rica con el objetivo de ajustar los preparativos para la nueva guerra que iniciaría el 24 de febrero de 1895, María Cabrales y Emilia Núñez confeccionaron la bandera cubana utilizada en las múltiples actividades patrióticas que se desarrollaban fuera de Cuba.
Al estallido de la Guerra Necesaria organizada y dirigida por Martí, María duplicó esfuerzos en su accionar a fin de hacer llegar los recursos necesarios para la causa independentista en marcha.
La caída en combate del Apóstol de nuestra Independencia, significó un duro golpe para ella, pero, presta convocó a una sesión extraordinaria del club revolucionario que presidía, comprometiéndose a redoblar esfuerzos y tareas, como digno homenaje al Héroe Nacional cubano.
La muerte en combate de su esposo Antonio acongojó a María, pero no le impidió que continuase luchando y junto con otras emigradas cubanas en el exilio se entregaron de lleno a la causa emancipadora.
El 13 de mayo de 1899 llegaba a Santiago de Cuba tras 21 años de forzoso exilio e intensa lucha por la independencia. La guerra había terminado, pero la seguridad política alcanzada por ella y sus juicios revolucionarios y patrióticos se manifestaron con transparencia en sus ideas y preocupaciones por la presencia norteamericana en los destinos patrios, como bien hizo saber.
María falleció el 29 de julio de 1895 en la finca San Agustín, propiedad de su familia, y sus restos fueron llevados hasta la Ciudad Héroe de su nacimiento, donde le rindieron los honores que merecía. Hoy descansan en el Cementerio Patrimonial Santa Ifigenia.
Martí, quien la conoció de cerca, destacó la actuación de María en la manigua durante la Guerra Grande, así como sus virtudes y profundo patriotismo.
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