Por Marilys Suárez Moreno
Al joven papá de Anisely le preocupa que su hija de cuatro años se resiste a dormir sola y solo lo hace si su papá o mamá la acuestan en su cama. Algo similar le ocurre al pequeño Cristian, un niño de cinco años que se acuesta tarde y se despierta en la noche, asustado por sus recurrentes opesadillas.
En ambos casos, el problema radica, por lo general, en un hábito de sueño mal adquirido y con la anuencia de sus mayores a permitir que su hija e hijo vean hasta tarde películas o series de tipo terroríficas.
Sí está claro que el sueño es el elemento más importante de la salud infantil y, desgraciadamente, uno de cada cuatro menores de seis años presenta trastornos del sueño. Bien porque les cuesta iniciarlo, porque sufren numerosos despertares nocturnos o duermen poco o porque están expuestos a malos hábitos de sueño y vigilia.
No se conocen fórmulas mágicas para que un niño o niña se duerma, aunque existen algunos métodos de resultados seguros que consiguen cambiar los malos hábitos entronizados a la hora de irse a la cama, y siempre, claro, es necesario cargarse de mucha paciencia a la hora en que deben acostarse a dormir.
El tiempo del sueño es sagrado y tratándose de la niñez, intocable. Lo primero, es mantener una rutina de sueño basada en un horario fijo; acostarlo a la misma hora, tanto de día, en la siesta, como de noche, y nunca romper esa rutina, salvo fuerza mayor, eso implica respetar las horas de alimentación, baño, vigilia y sueño.
En cuanto a los miedos, no hay razón para que un niño o niña experimente ese sentimiento a edades tan tempranas. La mayoría de los temores son ilógicos e irracionales y se pueden evitar.
Algunos surgen de la asociación directa con experiencias que de un modo natural causen susto, como los ruidos fuertes y bruscos. Otros se asumen por imitación, Por ejemplo, cuando en presencia de las niñas y niños alguien se atemoriza o demuestra nerviosismo durante una tormenta eléctrica, ruidos nocturnos o cualquier otro fenómeno, están contribuyendo a la aparición de esos temores.
Muchas madres o padres desconocen el papel que desempeña el miedo en la formación de la personalidad infantil: el temor es nocivo y debe evitarse.
No se le puede tratar en forma trivial, como si careciera de importancia o no existiera. Las ideas terroríficas no llegan solas; siempre hay adultos que se encargan de poblar de aprensiones las cabezas infantiles. El más común es el amedrentamiento verbal.
“Viene la bruja” " el hombre del saco te va a llevar", "si no te portas bien el médico te va a inyectar”. Otros optan por distraer su atención de cuanto pueda ocasionarles desasosiego, lo que resulta una salida temporal y poco eficaz.
La prevención consiste en evitar situaciones que generen temores, lo indicado es prepararlo para la experiencia o eventualidad mediante explicaciones prácticas y un ambiente de confianza y comprensión.
En cuanto a las pesadillas, estas resultan comunes en las primeras edades, lo que produce sensaciones de angustia o ansiedad. Ocurren, sobre todo, en la segunda mitad de la noche, cuando el sueño es más profundo. Lo aconsejable entonces es distraer su atención de aquello que lo atemoriza, calmarlo y hacer que vuelva a dormirse.
Lo importante es formar a nuestros hijos e hijas con seguridad en sí mismos para que puedan afrontar las múltiples situaciones que se han de encontrar a lo largo de su vida.
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