Por Marilys Zayas Shuman
La Habana amanece otra vez entre apagones y colas de agua. En los barrios, las voces se cruzan: madres que buscan cómo cocinar, jóvenes que improvisan cargadores solares, ancianos que esperan. La rutina se interrumpe, pero la vida insiste.
Las inconformidades sociales crecen, y no es casualidad. La falta de electricidad, agua y servicios básicos no surge de la nada: es el resultado de un bloqueo económico, financiero y ahora energético que se ha convertido en un castigo colectivo. El gobierno de los Estados Unidos mantiene una política que golpea directamente a cada hogar, a cada comunidad, a cada persona y eso es innegable.
En medio de la carencia, se multiplican las preguntas: ¿qué pueden hacer quienes deciden para escuchar mejor las insatisfacciones? ¿cómo reorganizar las prioridades desde lo concreto?
En las calles se percibe una tensión peligrosa: la tentación de culpar al vecino, al transeúnte, al trabajador de la empresa eléctrica, incluso al delegado de la comunidad. Pero la conciencia colectiva recuerda que el enemigo no está en la acera de enfrente. El enemigo es la política que asfixia, que impide el acceso a recursos, que convierte la vida cotidiana en resistencia.
La organización comunitaria no puede limitarse a esperar soluciones desde arriba. Es necesario reorganizar las carencias, pero también reorganizarnos como comunidades. Desde los entornos más pequeños, desde los comités, las cooperativas, los grupos vecinales, se puede aliviar la vida común.
Y en ese reorganizarnos, aparecen prácticas que no son nuevas, pero cuya novedad está en darles el sentido correcto para este momento. Mapear las vulnerabilidades —saber quiénes son los ancianos solos, las madres con niños pequeños, las personas enfermas— no es un ejercicio de un día, sino una tarea constante que sensibiliza y organiza la ayuda.
Del mismo modo, compartir alimentos no es una acción improvisada, sino un hábito que fortalece la comunidad. Una taza de café, un poco de arroz, una olla colectiva: gestos sencillos que, repetidos a diario, sostienen la vida y la esperanza, hasta el agua potable, fría o no.
En tiempos de apagón, la comunicación se vuelve vital. Por eso, crear puntos de carga comunitarios con baterías portátiles o paneles solares no es solo un servicio técnico, es un acto de cuidado que mantiene a todos conectados y seguros.
También es necesario abrir espacios comunitarios de cuidado: casas, patios o locales donde niñas y ancianos puedan sentirse acompañados. No son refugios temporales, sino prácticas que deben sostenerse en el tiempo para que la comunidad se reconozca como familia extendida.
La fuerza de la comunidad se multiplica con las brigadas vecinales, que ayudan a distribuir agua, reparar instalaciones o acompañar a quienes no pueden hacerlo solos. Estas brigadas no son un gesto aislado, sino una forma de organización que debe mantenerse viva y constante.
Pensar en el futuro también es parte de la resistencia. Los huertos colectivos en solares y patios no son una novedad, pero hoy adquieren un nuevo sentido: producir alimentos, reducir la dependencia externa y fortalecer la autosuficiencia comunitaria.
Finalmente, los círculos de diálogo no son reuniones pasajeras, sino espacios permanentes para compartir preocupaciones y pensar soluciones conjuntas. Allí se sensibiliza, se educa y se recuerda que el enemigo no es el vecino, sino la política que busca dividirnos.
La falta de luz y agua no solo revela la precariedad: también ilumina la necesidad de conciencia. Y en esa conciencia, la certeza de que la solidaridad entre cubanas y cubanos es la primera defensa frente a un bloqueo que pretende dividirnos.
La fuerza de la comunidad está en no cansarse de repensar, de cuidar, de inventar juntos la vida que queremos, día tras día, sin descanso.
No se trata de conformarnos con lo que tenemos ni de aprender a sobrevivir en la escasez como si fuera destino. Se trata de reorganizarnos para cambiar el futuro, de entender que cada gesto solidario, cada espacio de cuidado, cada conversación entre vecinas y vecinos puede ser el inicio de una transformación más profunda.
Porque cuando la luz falta, no basta con resistir: hay que encender la voluntad colectiva de construir un país más justo desde cada comunidad, cada cuadra, cada corazón.

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