Por Y. Crecencio Galañena León
Fotos: Arelys María Echevarría
En la serranía de Manicaragua, municipio de la provincia de Villa Clara, donde el camino se convierte en vereda y la vereda en un hilo de tierra entre la maleza, la silueta de Leila Pérez Herrera se vuelve parte del paisaje.
Viste un pantalón resistente, camisa de mangas largas, un pañuelo anudado al cuello y un sombrero que la protege del sol inclemente de la loma.
Su porte es firme, su andar decidido; lleva consigo la autoridad tranquila de quien conoce cada palmo del terreno y la calidez diáfana de quien vive para servir.
Esta mujer de 56 años, muestra timidez inicial ante la grabadora y belleza marcada por la laboriosidad, es desde hace dos décadas la supervisora de la Unidad Empresarial de Base Potrero Grande, corazón tabacalero del Escambray villaclareño.
La jornada comienza con el alba y su territorio de acción resulta vasto y agreste. Atiende a 14 productores independientes y a la Cooperativa de Producción Agropecuaria Julio Pino Machado, esparcidos por la geografía deviene primer obstáculo a vencer.
Su trabajo, como ella misma lo define con sencilla precisión, "consiste en todo". Es el puente indispensable entre la técnica y la tierra: desde el control fitosanitario de las siembras y la toma de muestras, hasta la supervisión minuciosa de cada labor agrícola –la preparación del suelo, el trasplante, el deshije– y asegura que el saber milenario del veguerío se aplique con el rigor que exige la capa cubana.
"También llevarle los recursos hasta la finca a los productores... Todo lo que ellos necesiten, desde el abono, el producto químico, todos los insumos, el hilo para cuando empiezan el salte para que ellos no tengan que entonces salir a buscarlo, y el tiempo que pierden de atenderlo", explicó Leila.
Vital su gestión logística: en un medio donde el acceso es una batalla diaria, ella garantiza que el abono, los plaguicidas, el hilo de cuje y otros insumos cruciales, siempre que hay disponibilidad, lleguen a tiempo a manos del campesino, optimizando un tiempo que en el campo vale oro.
La dificultad no constituye un concepto abstracto para Leila; es el recuerdo tangible de jornadas que forjaron su temple.
"Yo he trabajado hasta en la cooperativa de crédito y servicio que está llegando a Monte Oscuro, un sitio enterrado en la manigua y la serranía, y era a pie, 16 kilómetros y monte adentro, de ida y vuelta", relata, evocando una época anterior a la motocicleta que hoy le facilita la empresa.
Cubría esa distancia cargando no solo su determinación, sino a veces también el peso de los recursos para los productores. Ese recorrido, bajo sol o aguacero, es el símbolo de una resistencia física y moral que define a las mujeres del sector rural cubano, quienes, según el Ministerio de la Agricultura, representan una fuerza creciente y decisiva en la producción de alimentos.
Para Leila, sin embargo, el reto mayor a menudo trasciende el camino pedregoso o la distancia. Radica en el equilibrio constante entre su vocación profunda por el tabaco –una hoja que cuida con esmero de artesana– y su vida familiar.
"Uno tiene hijos, familia, lleva sacrificios", reconoce con una honestidad que desarma. Su jornada laboral no termina al salir del campo; se extiende en el cuidado del hogar, en la atención a los suyos, en un doble turno que muchas mujeres rurales asumen en silencio.
Aun así, su convicción es inquebrantable: "No es tan difícil como para decir que no se puede hacer; sí lo hacemos y lo hacemos bien".
La clave de su éxito, acumulado tras 35 años ininterrumpidos en el sector tabacalero, reside en un conocimiento que solo da la savia directa con la tierra y en una relación de confianza construida con cada productor.
No llega con órdenes desde una oficina; llega con soluciones, orientación y un respeto genuino por el saber del guajiro. "Y orientar a los productores, sobre la base de sus dudas", afirmó.
Su liderazgo es de proximidad, de ejemplo, de esa particular hermosura que emana de una personalidad auténtica y entregada.
En los balances de la Empresa de Acopio y Beneficio del Tabaco La Estrella, Leila resulta destacada como un "ejemplo de consagración" y una "pieza fundamental" en la cadena productiva de Manicaragua, municipio histórico en la tradición veguera de Villa Clara.
Lejos de los reflectores, esta figura recibe elogios de colegas y productores como el pilar sobre el que se sostiene la calidad de la cosecha en su zona.
Hoy, mientras recorre sus campos con una seguridad ganada a pulso, Leila Pérez Herrera encarna mucho más que una función laboral. Es la personificación de la tenacidad de la mujer cubana en el campo, de su capacidad para dominar un oficio técnico en un entorno demandante, para sortear obstáculos logísticos y sociales, y para hacerlo con una dignidad y una eficacia que inspiran.
Su historia, escrita a lo largo de kilómetros de vereda y decenas de campañas, semeja un rostro esencial –y a menudo invisible– del milagro cotidiano que hace posible que el aroma inconfundible del tabaco cubano llegue al mundo.
En cada hoja de capa que se seca al sol de Potrero Grande, hay algo de su mirada atenta y de sus manos expertas que guían, desde la serranía, el arte de cultivar el oro marrón de Cuba.


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