jueves, 22 de enero de 2026

Fátima Patteson: teatro y resistencia desde el oriente cubano

Por Lianne Garbey Bicet

Cada 22 de enero, Cuba celebra el Día del Teatro Cubano, una fecha que recuerda que, en esta Isla, subir a escena ha sido siempre un acto de resistencia, memoria y país. En esa tradición se inscribe la obra de Fátima Patterson y el Estudio Teatral Macubá, una compañía que, desde Santiago de Cuba, ha convertido la escena en territorio para la voz de las mujeres, la comunidad y las raíces africanas. 

“Son más de tres décadas sobre las tablas", —nos decía Patterson hace algún tiempo—.''No han sido años fáciles, pero sí de mucha satisfacción. El teatro, como la vida, tiene altos y bajos. Lo importante es mantenerse, reconstruirse y seguir hablando de lo que nos importa''.

Y para Macubá, lo que importa tiene nombre y rostro de mujer. Desde su fundación a inicios de los 90, el grupo ha explorado temas esenciales: la visibilización de las mujeres, su empoderamiento y el lugar que ocupan —y deben ocupar— en una sociedad en transformación. “No se trata de acompañar,” -insistía Fátima-.Se trata de andar juntos, de igual a igual, como una sola fuerza''.

En su repertorio más reciente, destaca la obra “De Molière y otros demonios”, una pieza que, fiel a la estética del colectivo, cruza el humor, la crítica y la agudeza social. “Esa obra habla de nuestras verdades más difíciles —afirma la directora reconocida con el Premio Nacional de Teatro en 2017—. Toca temas como la corrupción, la doble moral, la crisis económica''. 

Patterson insiste en que callar hace más difícil resolver los problemas; por eso, Macubá habla “descarnadamente”, pero siempre con la sutileza propia del arte, que no reproduce la vida de manera literal, sino que la interpela. El público se mira en ese espejo incómodo y necesario, invitado a preguntarse quién, en realidad, está en condiciones de “tirar la primera piedra”. 

En un contexto donde muchas agrupaciones aspiran a instalarse en la capital, Fátima Patterson ha defendido-contra viento y etiqueta-, la decisión de permanecer en Santiago de Cuba. 

“Pienso que es importante estar ahí en el terruño donde una nació o donde una la adoptaron como hija. Creo que la batalla desde lejos de la capital es mucho más interesante; es importante decir no solamente en los centros, sino ir a las comunidades, ver lo que está pasando con tu gente, enterarte cuál es su manera de pensar, sus necesidades, sus angustias y sus sueños”.

Desde esta perspectiva, Macubá escribe y hace teatro: como voz de quienes no siempre la tienen, y como puente para que el público se reconozca en escena y devuelva, en cada función, su propia lectura de la realidad. Ese diálogo vivo se convierte en el mayor premio al trabajo del colectivo. 


Imagen, ancestralidad y liderazgo  

Hablar de Patterson es también hablar de presencia. Su imagen —cabeza rapada, porte sereno, mirada intensa— se ha vuelto un ícono de la identidad afrodescendiente en la escena cubana. “Hace más de 45 años decidí verme como soy, responder a mis raíces y a mis ancestros. No fue una moda; fue una necesidad interior. Cuando me miré rapada por primera vez, me sentí como una esfinge africana. Desde entonces, esa soy yo''.

Esa coherencia se traslada también a su colectivo, donde muchos integrantes la nombran “madre”. Macubá ha incorporado a su entrenamiento y a su estética elementos del teatro y las culturas africanas, una tradición muchas veces relegada frente al canon europeo. 

“Cada ensayo, cada obra, es una oportunidad para investigar. En las escuelas se estudia mucho a Stanislavski o Grotowski, pero también hay un teatro africano que casi nadie explora, y ahí están nuestras raíces. De los contadores de aldeas, de los pueblos que narraban su historia, vino el teatro. Esa herencia sigue viva en Macubá”, sentenció. 

En ese diálogo entre lo africano, lo español y lo cubano, la compañía va descolonizando la escena y reafirmando una identidad que nace del oriente del país. Pues en la historia del teatro cubano, desde los sucesos del Villanueva hasta hoy, el escenario siempre ha sido trinchera y abrazo, lugar para decir lo indecible y para imaginar futuros posibles.  

En esa línea se sitúa la obra de Fátima Patterson y Macubá: un teatro que mira a las mujeres, a las comunidades, a la memoria africana; que nombra la doble moral y la injusticia; que elige quedarse en Santiago y hablar desde allí al país entero. En cada función, esa gran familia teatral renueva la vieja promesa de la escena cubana: convertir el tabloncillo en espacio de verdad, dignidad y esperanza compartida. 


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