Por Aime Sosa Pompa
Son las 5:03 de la mañana, y, antes de todo, viene el pinchazo. No es un despertar extraño o diferente, es un ritual de supervivencia desde que las insulinas se convirtieron en mi sombra. La jornada es apretada, por eso todo se hace mucho más temprano. Si antes el aroma del café recién colado era un súper placer; ahora es una tentación de cálculo porque debe ser sin azúcar, a veces discuto fuerte, fuerte, fortísimo con la costumbre. Mi mano derecha, casi por inercia, acaricia la pequeña loma del brazo izquierdo, un mapa de punciones que se ha vuelto familiar y que lo mismo está en los muslos o como puntos finos alrededor del ombligo. “Hoy debo cambiar la jeringuilla, la punta no da más”, susurro en medio de un aseo delicado en grado cero de contaminación, nada puede sorprenderme.
Antes, mi cuerpo era un territorio de certezas: tratando de aprenderme el saludo al sol en un parque junto a personas de inmenso corazón, las piernas firmes en la postura de la guerrera, la respiración que se enamoraba del mar distante... Otros días los saltos y cuclillas con abdominales y torsiones en un gimnasio auguraban buenos sueños y organismo compensado. Ahora ni lo uno ni lo otro, todo es un paisaje de números y apuros, ansiedades y ruletas. “5.5… está bien, pero viene bajando”, me susurra la pantalla de un glucómetro que ha viajado miles de kilómetros para estar en mis manos. La metáfora más precisa la encontré una madrugada de hipoglucemia, casi a oscuras, alentándome: “¡Hoy no será!” Mi cuerpo se ha convertido en un instrumento de cuerda demasiado sensible que se desafina hasta con pocas palabras, que se tensa con un susto afín a la continuidad, y se regodea con un pedazo de pan de más y un pomito de miel atesorada.
He aprendido a inyectarme las insulinas donde quiera, en carros/trenes/aviones/ en movimiento, con baches, lloviendo, en una playa, en un baño ¡cualquier baño! El viento o un gesto brusco me ha arrancado el algondocito de los dedos o se me ha caído la apreciadísima tirilla tras medir la glucosa, en las penumbras ni he visto donde he dejado las marcas de sangre y yo he tenido que reírme de mis manos temblando como una burla del destino, porque nunca le había tenido tanto respeto a la vida.
Hoy es momento de caminata y ya me estoy preparando para desandar por esta ciudad que varias veces me ha cambiado la piel, como los colores de esos seres naturales que viven camuflajéandose. Los mercados, puestos, carretillas o ferias, son para mí trillos de campos minados. Los he recorrido con una doble mirada: la que ve la belleza del aguacate y la frescura de las guayabas o el amarillo apetecible de la frutabomba/papaya y la que calcula los carbohidratos, ciega ante embutidos y enlatados. “¿Dónde está la comida que no me descompense?”, pienso, cuando todos compran su poquito o su pocazo y yo siempre me voy con la jaba a medias.
Mientras me dejo llevar por el silencio madrugador y el sonido de la cafetera, mi cabeza aumenta el listado de preguntas. Cuando tenga que estar tanto tiempo fuera de la casa: ¿dónde puedo encontrar un lugar que sirva una comida saludable? El próximo mes ¿tendré acceso a la insulina cuando la necesite? ¿Cómo manejaré mi glucosa hoy cuando tenga que caminar más de 3 kilometros? A veces, la incertidumbre me despeja el camino que tengo por delante porque es sencilla la respuesta: no hay. Sin embargo, algo o alguien siempre me reconforta.
Elijo la ropa, las más cómoda posible, y reconozco que he aprendido a valorar las manos que ayudan y los abrazos que consuelan. Desde la única médico de familia de este inmenso lugar que me escucha con atención, la tía o el primo en otra geografía desviviéndose por complementos medicinales hasta la colega que comparte conmigo una merienda que sí puedo ingerir; cada gesto cuenta. Esa sí es una red de apoyo, la que me sostiene asegurando que no estoy sola en este viaje. Escuchar a alguien que ha pasado por lo mismo me brinda una sensación de pertenencia a un universo lleno de probabilidades para sobrevivir. Nos entendemos sin necesidad de muchas palabras. Es un consuelo saber que hay otros que sienten la misma ansiedad al medir sus niveles de glucosa o que han enfrentado la frustración de no encontrar alimentos adecuados en un tiempo donde a veces parece que todo conspira en contra.
Me calzo los tenis que han protegido tanto mis pies y le digo a la suela gastada que ya pasó la etapa en la que mi perfil glucémico parecía la Sierra Maestra, llena de picos y valles. ¡Qué cosa! Hoy es el Día Mundial de la Diabetes, podré ser un guarismo y estar en el baile forzado de los 589 millones de adultos: quinientos ochenta y nueve millones. Para 2050, seremos 853. Y lo que más me duele: cada 9 segundos, desaparece un latido, se va todo en un suspiro. Es un recordatorio brutal de que esto no es un juego. Para colmo: uno de cada tres adultos que viven con diabetes no está diagnosticado en esta parte del planeta, así que lo más probable que me encuentre con alguien así ahorita mismo.
Son números que no me sorprenden desde mi realidad cubana, donde la inventiva es nuestra insulina social. Sigo preparando el bolso con tantas cosas que parece una mochila de campaña para un viaje. Aprendí que la ansiedad no baja los niveles de glucosa pero sí la previsión y las cosas a mano. Porque hay noches en que la hipoglucemia me despierta con sudores fríos y un temblor que parece venir del centro de los huesos hechos gelatina. Todo se llena de sombras bailarinas, el cerebro amenaza con apagarse. Y soy otra cuando en penumbras busco algo que sostenga y me ampare de esta otra vulnerabilidad total. Igual hay horas en las que parezco un central en plena molienda y alerto al sistema por toda el agua que voy a tomar. Entonces no soy la periodista fuerte, la mujer que se supera, ahí sí soy un animal asustado extrañando aquellos tiempos en los que simplemente le echaba gasolina a su cuerpo y comía sin pensar en números.
Calculo cuál pomo de agua voy a llevarme esta vez y me admiro de cómo he logrado tener tantos recipientes llenos de ese liquido salvador y con calidad, justo cuando no veo una cura para mi condición, sino una negociación permanente con la vida. Nunca soñé con un cuerpo libre de agujas, tampoco aspiro a un cuerpo en equilibrio donde las diabetes sean solo una nota al margen de una biografía llena de otros sustantivos como bloqueo, epidemia, carencias, y la sostenida continuidad.
Espero unos minutos que amanezca para salir y sentirme mas segura, y me repito que no quiero estar en una carrera de fondo, lo que quiero es bailar a mi paso, con esa música que a veces me pisotea, otras veces lleva el ritmo. Mientras el mundo de las redes se reviste de azules, aquí estoy saludando al sol, vistiéndome de paciencia. No soy un caso de superación. Soy una persona que aprendió a escuchar el susurro de su sangre, el latido del páncreas, el goteo de las insulinas, que ha encontrado en una comunidad un antídoto contra la desesperanza, y que, desde esta isla grande, crónica en mano, sigue negociando, pinchazo a pinchazo, su derecho a vivir. Pasos adelante y dejo atrás el apagón.


Me he sentido identificada con cada palabra de este artículo, ojalá la Diabetes no sea un padecimiento tan invisibilizado cada día
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