lunes, 16 de junio de 2025

La mujer que le pidió al cielo que se quitara el sombrero




Por Aime Sosa Pompa

El 16 de junio de 1963, una joven llamada Valentina Vladímirovna Tereshkóva rompió techos, literalmente, al convertirse en la primera mujer en viajar al espacio. Imagínenla: soltera, 26 años, obrera textil, con solo enseñanza técnica, sin estudios universitarios en ciencias ni formación militar y 150 saltos en paracaídas como credencial. La Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) la eligió entre 400 candidatas y ella lo convirtió en algo más grande; exactamente dos días, veintidós horas y cincuenta minutos alrededor del planeta. "No fui elegida por mis méritos científicos, sino por ser una trabajadora modelo. Pero eso no disminuye lo que hice", confesó décadas más tarde.

El mismo espíritu le acompañó décadas después cuando en una de sus últimas declaraciones públicas, con 76 años, aseguró que con gusto viajaría otra vez al espacio, aunque fuera como turista, y hasta volaría a Marte, con billete sólo de ida. Ella conocía los límites humanos. Mientras para muchas otras ese deseo sigue siendo un sueño, ella dio su propio salto de fe. Con distinción encabeza la lista de las 79 mujeres en el espacio, pero ni siquiera la última tripulación del vuelo suborbital con Blue Origin, la segunda en la historia exclusivamente femenina, con 6 turistas y un gran despliegue mediático, han podido opacar ese acto.

48 vueltas a la tierra después de regresar de la 6ta misión del programa Vostok, en la portada del New York Herald Tribune se leía: “Una soviética rubia se convierte en la primera mujer enviada al espacio”, mientras en Le Monde se afirmaba: “Los rusos demuestran así que la mujer puede rivalizar con el hombre en los ejercicios más difíciles a los que nos incita el desarrollo de la tecnología”.

Lo cierto es que gracias a la Tereshkova esa misión permitió comparar los efectos del vuelo espacial en mujeres y hombres, impulsó la investigación biomédica y el desarrollo de sistemas de la nave. Además, facilitó la adaptación del traje espacial y la cápsula al organismo femenino. En ese espacio aún minúsculo con todo diseñado para hombres, tuvo que corregir un error para poder regresar a la Tierra. Aunque disponía de raciones para cuatro comidas al día, encontró al pan en mal estado y apenas probó bocado; hasta llegó a vomitar y padeció mareos, dolores de cabeza, calambres continuos, por el casco espacial sufrió dolores agudos en uno de los hombros. Así mismo, hambrienta y exhausta, sobrevivió al aterrizaje por paracaídas sin descender a un lago, pero se golpeó rostro sufriendo hematomas.

Con el tiempo, siguió expuesta al escrutinio público, científico y al debate internacional, pues su llamado “matrimonio cósmico” al casarse con otro cosmonauta, más el embarazo y nacimiento de su hija Yelena, el primer bebé nacido de padres que habían viajado al espacio, fueron objeto de numerosos controles, en ocasiones excesivos, para confirmar que su salud era normal. Pero como había escrito uno de sus instructores cuando dio su primer salto en paracaídas, el mal tiempo nunca privó a Valia de la alegre sensación de dar ese paso. Una hazaña donde no olvidó a las mujeres cubanas.

"Me siento en Cuba como en mi propio hogar."

Según los apuntes de Valentina, al ver a nuestro archipiélago en una de sus vueltas, envió un radiograma en el que decía: —“Mi más caluroso saludo al heroico pueblo de Cuba y a las gloriosas mujeres cubanas. Deseo paz y felicidad a los pueblos de este continente”.

Años después, el 5 de octubre de 1966 fue recibida en la isla, por Fidel Castro, Vilma Espín, presidenta de la Federación de Mujeres Cubanas (FMC) y otras personalidades. Las fotografías la muestran feliz y con una amplia sonrisa en cada evento público y los titulares de los rotativos enfatizaron sus emociones —"Me siento en Cuba como en mi propio hogar."

En aquel momento animó a un grupo de estudiantes a seguir carreras técnicas, asegurando que el futuro pertenece a quienes lo construyen con conocimiento. En otra ocasión también se reencontró con Vilma en Moscú, en noviembre de 1973. Cuando regresó años después para el II Congreso de la FMC como invitada especial, completó aquel mensaje que había mandado desde el espacio: —“Sabemos que las heroicas y abnegadas mujeres cubanas hacen un gran aporte al desarrollo de su país, mantienen muy alta la bandera de las tradiciones revolucionarias y, nosotras, las mujeres soviéticas, nos enorgullecemos de sus realizaciones.”

Cuando el entonces presidente de la URRSS Nikita Sergueivich Jruschov, la despidió antes de su primer y único vuelo, le dijo: —“Especialmente nuestras mujeres están trastornadas de entusiasmo. Usted sabe que en la URSS hay más mujeres que hombres. Le deseo, Chaika, Gaviota, permítame llamarla así, Valia, un viaje excelente…”. Seis años después Valentina se graduó como ingeniera espacial.

Hoy en día sigue en el aire terrestre la exaltación ante el gesto de esa muchacha que nunca más volvería a volar, pero fue capaz de anunciar y cumplir su deseo: —“Oye, cielo, quítate el sombrero. Voy a verte".

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