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martes, 24 de febrero de 2026

Tres signos para nombrar la resistencia

 

Por Marilys Zayas Shuman

El lupus es una palabra que viene de lejos. En la Edad Media, los médicos llamaron lupus —lobo en latín— a las lesiones que devoraban la piel como mordidas invisibles. Era un término duro, marcado por el miedo y la incomprensión. Con el tiempo, la ciencia lo transformó en diagnóstico, pero la palabra quedó como recordatorio de la ferocidad de una enfermedad que no se ve, pero muerde desde dentro. El lobo, símbolo de amenaza, se convirtió en metáfora de una batalla silenciosa que se libra en el cuerpo.

La mariposa llegó después, como símbolo inesperado. El eritema malar, esa erupción que tiñe las mejillas y el puente de la nariz, dibuja la silueta de unas alas abiertas. Lo que era marca de dolor se convirtió en emblema de resiliencia. La mariposa, frágil y fuerte, habla de transformación: de cuerpos que se reinventan, de mujeres que vuelan aun con el peso de la enfermedad. En América Latina y Cuba, la mariposa se ha vuelto también un signo de comunidad: un recordatorio de que, aunque el lupus marca, también permite desplegar alas colectivas.

El color morado completa la tríada. Adoptado por las campañas globales, ilumina monumentos cada 10 de mayo, Día Mundial del Lupus. Es un color de dignidad y esperanza, de lucha silenciosa y colectiva. El morado es también un color de duelo y memoria, pero aquí se resignifica como símbolo de vida y resistencia. En Cuba, se mezcla con los tonos de la cotidianidad: colas, apagones, sobrecarga. Y aun así, brilla como un hilo de esperanza que une a quienes conviven con la enfermedad.