Por Marilys Zayas Shuman
Cuando la administración estadounidense anunció en septiembre de 2026 la revocación de la autorización que permitía a emprendedores/as cubanos/as mantener cuentas bancarias en Estados Unidos, el secretario de Estado repitió la fórmula ya conocida: las medidas son contra el gobierno, no contra el pueblo.
La máscara, sin embargo, se cayó completa. Los datos son tozudos. En las mipymes cubanas, solo el 27% de las personas empleadas son mujeres. En el trabajo por cuenta propia, apenas el 29%. Las mujeres emprendedoras representan poco más de una quinta parte de las socias de las nuevas pymes aprobadas desde 2021.
No hablamos, por tanto, de un sector neutral. Hablamos de un espacio económico donde las mujeres han ido conquistando terreno con esfuerzo, en medio de una cultura que todavía las mira con recelo cuando osan salir del hogar para dirigir un negocio, y de una sociedad que, aunque ha ampliado sus derechos, no ha logrado desmontar del todo las estructuras que las siguen colocando en el centro del cuidado y la reproducción.
El golpe de 2026 llega justo ahí. Las medidas de la OFAC no distinguen entre el empresario/a que importa telas para una boutique y quien necesita insumos para reparar un equipo médico. Bloquean cuentas, prohíben transacciones “U-Turn”, cierran el acceso a PayPal y Stripe .
Para las emprendedoras cubanas, esto significa algo muy concreto: no pueden pagar a sus proveedores internacionales, no pueden cobrar a clientes en el exterior, no pueden sostener la cadena de suministro que mantiene vivo un negocio que, en muchos casos, es la única fuente de ingresos de una familia.
Oxfam lo ha dicho con claridad: el bloqueo “refuerza el sistema patriarcal” y desconoce las necesidades diferenciadas, las oportunidades y la autonomía de las mujeres. No es una exageración retórica. Es una descripción precisa de lo que ocurre cuando se cierra el acceso a los canales financieros internacionales en un país donde las mujeres cargan con la mayor parte del trabajo de cuidados.
Si una emprendedora no puede importar materia prima, su negocio se contrae. Si su negocio se contrae, los ingresos familiares dependen aún más del salario estatal o de las remesas. Si eso ocurre, las decisiones económicas vuelven a concentrarse en manos masculinas. La autonomía conquistada retrocede.
La Federación de Mujeres Cubanas lo denunció ante la ONU en marzo de 2026, calificando el bloqueo como “la forma más lesiva de violencia contra las mujeres cubanas”.
La representante de la FMC recordó que las restricciones energéticas afectan directamente al Programa Materno Infantil, que atiende a más de 32.000 embarazadas, y que la lista de espera quirúrgica alcanza a más de 96.000 pacientes, incluidos más de 11.000 niños. Las estadísticas, dijo, son “desgarradoras”.
Pero hay algo que las estadísticas no capturan. Lo que no se mide es el tiempo que una emprendedora pierde cada vez que se va la luz durante veinte horas y tiene que reorganizar su taller, trasladar su equipo a otro municipio, ajustar precios para que sus clientas puedan costear el transporte.
Lo que no se mide es la angustia de saber que el proveedor en Panamá no te va a fiar porque el banco intermediario, asustado por las sanciones, bloqueó la transferencia. Lo que no se mide es el desgaste de sostener un negocio, una familia y una comunidad, mientras un funcionario en Washington decide que tu cuenta ya no existe.
Zailin Pérez, fundadora de Los Colores de Isa, lo resume sin adornos: ha tenido que planificar sus talleres alrededor de los apagones, trasladar su equipo de un municipio a otro, ajustar precios para que las familias puedan costear el transporte.
Aylín Esperón, en Caimito, ha vuelto a los bueyes porque no hay combustible para el tractor. Estas no son anécdotas pintorescas. Son la letra pequeña de una política que se presenta “contra el gobierno” pero que aterriza, con todo su peso, en el cuerpo y el tiempo de las mujeres.
Hay una ironía amarga en todo esto. En febrero de 2026, Washington autorizó la venta de petróleo a empresas privadas cubanas, en lo que parecía un gesto hacia el sector no estatal.
Meses después, ese mismo sector ve cómo le congelan las cuentas. La esquizofrenia de la política estadounidense hacia Cuba no es nueva, pero pocas veces había sido tan evidente que el “apoyo al sector privado” era, en realidad, una pieza más de un ajedrez geopolítico donde los emprendedores —y sobre todo las emprendedoras— son peones sacrificables.
El bloqueo no crea igualdad. La profundiza. Cuando los recursos escasean, quienes tienen menos poder —económico, político, social— son los primeros en quedarse sin nada. Y en Cuba, como en casi todas partes, esas son las mujeres.
Las emprendedoras cubanas no piden caridad. Exigen poder trabajar, importar, vender, cobrar. Exigen que no les congelen la cuenta que les permite sostener un negocio que, en muchos casos, es también el sustento de una comunidad.
La pregunta que queda flotando es incómoda: ¿a quién beneficia realmente este endurecimiento? Si el objetivo declarado es “ayudar al pueblo cubano”, bloquear las cuentas de las emprendedoras es una forma extraña de hacerlo. Si el objetivo real es asfixiar al gobierno, usar a las mujeres del sector privado como moneda de cambio es, cuando menos, una crueldad innecesaria.
La máscara se cayó. Y debajo no había más que la misma vieja política de siempre, ahora con un rostro que golpea, sobre todo, a las que sostienen la vida.

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