miércoles, 5 de agosto de 2026

¡El Ejemplo!

 


Dadme un niño hasta la edad de siete años y os responderé del resto de su vida:

                                                    José de la Luz y Caballero


Por Marilys Suárez Moreno

Papá, feliz de la hombría de su vástago, le daba a beber unos sorbos de cerveza. El niño, unos seis años, hacía muecas, pero tragaba complaciente, contento de ser objeto de la atención de los presentes que, entre risas, le celebraban la gracia.

La escena la presencié hace pocos días en casa de una vecina, pero no era la primera vez que veía ese tipo de proceder. Sucede también con los padres fumadores, que mandan al niño o a la niña a que les alcancen el cigarro, que pasan de la mano de papá a la de mamá, o con aquellos que hacen del hogar un calvario por la violencia que despliegan contra la madre o los propios hijos.

¿Que idea podrá formarse de su conducta un menor viendo a sus progenitores actuar de ese modo? Ningún juicio racional y seguro. No olvidemos que el infante aprende observando, imitando el comportamiento de quienes lo rodean. Si los mayores no ofrecen los mejores ejemplos, resulta imposible esperar que el niño o niña actúe en correspondencia. 

De nada servirán las prédicas y los regaños si no van acompañados de ejemplos efectivos. Si el infante observa en la conducta de sus progenitores actitudes contradictorias con lo que pretenden enseñarle no hará grandes progresos. 

Existe una regla fija educativa-y sicológica- que afirma y confirma la tendencia innata que el infante tiene en la imitación. El gesto que ve o la palabra que escucha son mucho más fáciles de asimilar que toda una cuidadosa lección explicada.

Hay emociones, actitudes, que defraudan al niño o niña, como son el miedo, la violencia, la mentira, la simulación y, en suma, todo cuanto sacuda o conmueva el sistema nervioso infantil. 

Por eso resulta incomprensible ver a algunos padres y naturalmente a algunas madres- emplear modales, expresiones, frases o adjetivos malsonantes delante de los pequeños, quienes lo repetirán en la primera ocasión que tengan para ello. 

¿A quien echar la culpa? ¿Al menor?! Absolutamente, no! Hay que atribuirla a esos padres que no cuidan su lenguaje y que luego pretenden corregirlo en sus pequeñuelos.

Más la comprensión paterna no contradice la firmeza, así como la dulzura no significa malacrianza. Lo importante para que el menor respete a los mayores, es que encuentre lógica sus actitudes y enseñanzas. 

Pero ¡cuidado!, las reglas de educación y de conducta que se establezcan en casa deben ser respetadas. Solo así se formará un lado importante de la personalidad. La inteligencia de los adultos consiste en saber distinguir entre las cosas básicas y las que son secundarias. 












































































































































































No hay comentarios:

Publicar un comentario