Por Isel Quintana Freyre
Información tomada de Cubadebate.
Cada nacimiento en Cuba es, desde hace décadas, un acto de resistencia y esperanza. Durante años, y aún en medio de limitaciones económicas enormes, el país logró sostener una tasa de mortalidad infantil comparable a la de naciones desarrolladas. Detrás de ese milagro cotidiano estaban el sistema de salud universal, las consultas en el barrio, los hogares maternos, el control meticuloso de cada embarazo. Pero los últimos siete años han puesto a prueba, como pocas veces, esa obra de amor y ciencia.
Entre 2018 y 2025, la tasa de mortalidad infantil en Cuba subió de 4.0 a 9.9 fallecidos por cada mil nacidos vivos. Un aumento del 148% que rompe la tendencia histórica y enciende todas las alarmas. El Center for Economic and Policy Research (CEPR) estima que si el país hubiera mantenido la tasa de 2018, alrededor de 1 800 bebés no habrían muerto entre 2019 y 2025. Solo en 2025 se contaron 402 muertes infantiles que, en condiciones anteriores, podrían haberse evitado.
¿Qué pasó? La respuesta no es un misterio: el recrudecimiento brutal del bloqueo estadounidense, que desde 2017 sumó más de 240 medidas diseñadas para asfixiar la economía cubana. La activación del Título III de la Ley Helms-Burton, la inclusión de Cuba en la lista de países patrocinadores del terrorismo, el bloqueo energético, las trabas al combustible y la persecución a las misiones médicas cortaron fuentes de ingreso y amarraron las manos del sistema sanitario.
El impacto más doloroso se siente justo donde la vida empieza. Hospitales que se quedan a oscuras por las interrupciones eléctricas, incubadoras y ventiladores neonatales que no pueden repararse o comprarse por las restricciones comerciales, ambulancias detenidas por falta de combustible, cirugías especializadas que se postergan.
Por el bloqueo, Cuba no puede importar tecnologías médicas con componentes estadounidenses, y queda excluida de los avances de una potencia líder en salud. Así, la maternidad se ha vuelto un ejercicio de heroísmo colectivo: cada gramo de leche, cada medicamento, cada minuto de electricidad se cuentan como un triunfo.
A la asfixia económica se suman los fenómenos meteorológicos extremos, la circulación de arbovirosis y la escasez de personal en algunos servicios. Todo en un contexto demográfico que también preocupa: en 2025 nacieron 68 051 cubanos, 3 108 menos que el año anterior. Con menos nacimientos y más barreras, cada bebé se vuelve un tesoro que el país no puede permitirse perder.
Sin embargo, en medio de la tormenta, Cuba no ha dejado de sembrar vida. Diecisiete municipios no reportaron muertes infantiles en 2025. Pinar del Río, Sancti Spíritus, Cienfuegos y Holguín registraron las tasas más bajas.
Artemisa, Camagüey y la Isla de la Juventud no tuvieron muertes maternas y más de un centenar de territorios cerraron el año sin fallecimientos relacionados con el embarazo, el parto o el puerperio.
Al menos 321 madres con morbilidad extremadamente grave sobrevivieron gracias a la atención especializada. Esos números también cuentan: cuentan las manos que no se rindieron, las madres que pelearon por sus hijos, los médicos que inventaron soluciones donde no había recursos.
El Ministerio de Salud Pública reforzó la vigilancia de embarazos de alto riesgo, actualizó las estrategias contra el embarazo adolescente y, en un hecho histórico, introdujo por primera vez la vacuna contra el neumococo e incorporó la vacuna contra el Virus del Papiloma Humano. Proteger a la infancia también significa defender a las niñas que mañana serán madres.
Las cifras no mienten: el bloqueo recrudecido se ensaña con lo más sensible. Pero las mismas cifras muestran que, aún en el desfiladero, Cuba insiste en su prioridad: “garantizar que nacer y crecer en Cuba sean sinónimos de cuidado, esperanza y futuro”. Cada niño salvado, cada incubadora mantenida a pulso, cada vacuna aplicada en medio de los apagones, es un recordatorio de que la vida en esta Isla se sostiene con un hilo que miles de manos se niegan a soltar.

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