Su camino estuvo matizado por la gloria y las decepciones, la intriga y la traición, pero brilló tan alto que devino en el Padre de la Patria cubana
Por Marilys Suárez Moreno
El 27 de febrero de 1874 le sorprendió la muerte. Avistado de la presencia española, acorralado, solo con su pistola, buscaba donde protegerse cuando fue abatido en desigual combate. Cayó, barranco abajo, en los farallones de San Lorenzo, sin hacer renuncia de sus principios, tal como había vivido.
Destituido como primer presidente de la República en armas, Carlos Manuel de Céspedes, tuvo que esconderse en la Sierra Maestra, pero hasta allí le llegó la traición.
Otros hagan la cuenta de los yerros, que nunca será tanto como la de las grandezas, dijo Martí. Hoy se reconoce a quien tuvo la sabiduría política y el empuje suficiente para decir, citando a Martí, que [...] " la historia con sus pasiones y justicias ha encontrado en el arranque y el ímpetu de Céspedes, razones para la epopeya".
Carlos Manuel de Céspedes y del Castillo fue vivo exponente de su generación. La vida del abogado bayamés, iniciador de nuestra primera gran guerra independentista, enorgullece y conmueve por su amor sublime y su consagración a la patria que ansiaba libre.
Admirable su obra heroica, su grandeza y su ímpetu revolucionario, lejos de esposa, hijos, familia y seres queridos, y su renuncia a las riquezas de su cuna para echar al vuelo las campanas de La Demajagua y fundar una nación.
Como expresara el combatiente y ensayista Armando Hart, en la clausura de la jornada por el centenario de su caída en combate en San Lorenzo: “Hay hombres excepcionales que sintetizan en una coyuntura dramática a un pueblo entero y a todo útil proceso histórico. Céspedes fue uno de esos pocos hombres”.
La Asamblea constituyente de Guáimaro lo eligió presidente de la República en armas, reconociéndole el mérito de haber iniciado la lucha armada. Luego, en un momento de confusiones, contradicciones y pasiones personales, lo destituyeron, tratando de eclipsar su grandeza.
Depuesto como presidente, ni siquiera alzó su voz para protestar por una falacia preparada por la animadversión enemiga y pasó sus últimos días en el caserío de San Lorenzo, un acuerdo que él aceptó.
“Por mí no se derramará sangre en Cuba", dijo, y se refugió en las montañas, en plena guerra todavía, y donde se dedicó a enseñar a alfabetizar a los niños de la zona, a escribir y, por qué no decirlo, a cortejar a una joven campesina que lo ayudó cuanto pudo para que su vida fuera más llevadera en aquellos intrincados parajes de las serranías.
Una vez más en su vida, había dejado atrás a esposa, hijos, familia y cuánto le era grato y querido. No era un hombre joven, pues en 1868, cuando alzó a la nación en armas, andaba cerca del medio siglo de vida, pero como expresó Hart, había acumulado la suficiente cultura, sensibilidad y amor a la causa de Cuba como para romper con todo lo que aquel medio colonial significaba y adscribirse al ideario más avanzado que podía concebirse en la Cuba de su época.
Se dice que jamás la gloria de un libertador ha podido ir divorciada de los más nobles objetivos de su hora. Céspedes lo demostró con su humildad.

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