viernes, 13 de febrero de 2026

La pequeña arma de autodefensa que cabe en un bolso


Por Aime Sosa Pompa

No es una varita mágica, ni un amuleto, ni una piedra de cuarzo. Pero protege. No es un arma, ni un spray de pimienta, ni un silbato de alarma. Pero defiende. Es un círculo de látex de pocos gramos que se convierte en uno de los objetos más subversivos que una mujer puede llevar. Sin aspavientos ni temores, es la seguridad de una decisión y el grito íntimo de una rebelión contra la idea de que la prudencia tiene género. Bienvenida la pieza más oportuna para un intercambio consentido con penetración: el condón, el masculino y el femenino.

Pero digan si no hay doble rasero en este cuadro: él saca un condón del bolsillo trasero del pantalón y es un hombre prevenido, un aventurero responsable, el galán de la seducción. Ella saca un condón de su cartera y, de repente, es "la ligera de entrepiernas", "la experta", la que "viene preparada". O sea, el mismo acto, distinto género, distinto veredicto. Injusto, ¿qué creen?.

La historia del control de la natalidad es también la historia del control de las mujeres. Lo más paradójico es que la anticoncepción ha sido tradicionalmente asunto femenino. La píldora, el DIU, el SIU, el parche, el anillo… una lista interminable de hormonas y dispositivos, más para nosotras, menos para ellos. Durante siglos, el conocimiento que provenía de nuestro lado fue perseguido, quemado en hogueras bajo acusación de brujería. Hoy, bajo otros fuegos y otras candelas, nos juzgan.

Los estigmas han mutado, pero no han desaparecido. Siguen ahí, en el comentario del compañero de trabajo, en la mirada de la farmacéutica, en la broma de esa persona que se ha elegido para el sexo. Llega él, y de repente el preservativo —el método más sencillo y de eficacia compartida— se convierte en su territorio. Un poco egoísta, ¿no? Son tantos siglos de acondicionamiento que ni siquiera el condón femenino es aceptado por la mayoría que beneficia.

El objeto más pequeño que puede con el patriarcado más grande.

Hoy, Día Internacional del Condón, debería rebautizarse como el Día de la Responsabilidad Compartida. Porque aunque la ciencia lleva décadas perfeccionando este método de barrera, la cultura sigue anclada en el siglo pasado: ellos proveen, ¿nosotras esperamos? Y si nos adelantamos, vienen los recelos. Algo huele mal, y no es el látex. La campaña de este año es alta y clara: NO IMPORTA EL LUGAR, USA SIEMPRE CONDÓN. ¡SIN PROTECCIÓN, NO HAY ACCIÓN! A mirarnos entonces en el espejo de quienes sí se protegen, sin temor a la edad o a las circunstancias.

Resulta que la industria se está modernizando. Las empresas lanzan preservativos masculinos con nombres cool, los tiñen de colores. Hasta los hay con sabores ridículos que nadie pide, pero que hacen más llevadera y fácil la campaña de venta. Ya no son esos sobres verdes y amarillos que parecían caramelos caducados. Ahora son objetos de diseño, casi. El cambio, sin embargo, está en lo cotidiano y en saber que los condones para mujeres también existen. Aunque estemos en una Cuba donde un condón lleva a poner en la balanza de la economía personal otros ítems, tan especiales como un gramo de oro.

Ese cambio está en esa mujer de más de 50 años que los tiene cerca sin pedir permiso. En la veinteañera que los compra sin sonrojarse, en la adolescente que comienza a interesarse en su existencia y negocia con la madre o el padre esa posibilidad. En el vendedor que te da la caja como quien da un buen consejo. En ese gesto, aparentemente banal, hay una declaración de intenciones: mi cuerpo, mis reglas, mis preservativos. Mientras, el argumento de que "estropea el momento" debería dejar de ser el clásico comodín. ¡Jum! ¿Arruina más el momento ponerse un condón en segundos o pasarse días envuelta en una gran preocupación? ¿Un embarazo no deseado? ¿Una ITS? ¿Varias ETS?.

Llevarlo no es eximir, es exigir. Es tener la capacidad de decir "sin esto, no hay nada". Es cambiar los términos del encuentro: nada de suplicar, sino proponer, decidir, como si se esgrimiera la última palabra.

En un mundo ideal, nadie tendría que justificar por qué lleva consigo un instrumento de protección básica. Hasta que llegue ese día, cada condón que una mujer guarda es una pequeña revolución silenciosa, una línea de defensa personal contra el riesgo, la coerción y el prejuicio. Si quieren, lo convertimos en un acto político que nos hace ir por la vida con los deberes hechos, mientras seguimos peleando por la normalización del deseo femenino sin tutela.

Entonces, únete a las que vamos seguras y listas para una sexualidad libre, sin sobresaltos y sin concesiones. Y eso, queridas acompañantes en la batalla cotidiana por nuestras libertades, cabe en cualquier bolso.


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