Por Aime Sosa Pompa
No es una varita mágica, ni un amuleto, ni una piedra de cuarzo. Pero protege. No es un arma, ni un spray de pimienta, ni un silbato de alarma. Pero defiende. Es un círculo de látex de pocos gramos que se convierte en uno de los objetos más subversivos que una mujer puede llevar. Sin aspavientos ni temores, es la seguridad de una decisión y el grito íntimo de una rebelión contra la idea de que la prudencia tiene género. Bienvenida la pieza más oportuna para un intercambio consentido con penetración: el condón, el masculino y el femenino.
Pero digan si no hay doble rasero en este cuadro: él saca un condón del bolsillo trasero del pantalón y es un hombre prevenido, un aventurero responsable, el galán de la seducción. Ella saca un condón de su cartera y, de repente, es "la ligera de entrepiernas", "la experta", la que "viene preparada". O sea, el mismo acto, distinto género, distinto veredicto. Injusto, ¿qué creen?.
