Por Marilys Zayas Shuman
En un momento marcado por el recrudecimiento de las violencias estructurales, el avance de las derechas autoritarias y la profundización de las crisis del capital, los feminismos populares de las Américas se reunieron en México para trazar colectivamente horizontes de resistencia y acción.
El Encuentro Regional de la Marcha Mundial de las Mujeres, que se celebra hasta el 23 de agosto de 2025, es mucho más que una cita organizativa: es un ejercicio de síntesis política, memoria territorial y construcción estratégica frente a un escenario global cada vez más hostil para la vida.
Desde territorios diversos —atravesados por el extractivismo, la militarización, el racismo y la precarización de los cuidados—, las delegadas comparten diagnósticos, experiencias y propuestas que evidencian la potencia transformadora del feminismo anticapitalista, antirracista y antipatriarcal.
El capital se fortalece, la vida se debilita: feministas denuncian el patrón global de despojo.
Las delegadas de distintos territorios coincidieron en una afirmación contundente: el capital está intensificando sus estrategias de acumulación, y lo hace a costa de la vida. No es una metáfora. Es una constatación que se repite en cada rincón del continente, aunque con matices locales. Lo que se configura es un patrón común de despojo, violencia y control que atraviesa fronteras y se instala en los cuerpos, los territorios y las instituciones.
Uno de los ejes más alarmantes del análisis colectivo fue la criminalización de los movimientos sociales. Las participantes denunciaron el uso sistemático de marcos legales punitivos, campañas de estigmatización y represión directa contra defensoras de derechos humanos, lideresas comunitarias y organizaciones feministas. La ofensiva busca fracturar la organización popular, desarticular redes de resistencia y sembrar terror en los territorios.
A esto se suma el avance de las ultraderechas y los fundamentalismos religiosos, que en varios países han logrado articularse con sectores empresariales y políticos para imponer discursos de odio, retrocesos en derechos sexuales y reproductivos, y políticas regresivas que refuerzan el patriarcado. Alertaron sobre el uso de la fe como herramienta de control, y sobre la normalización de discursos que promueven exclusión, violencia y subordinación.
La militarización y el crimen organizado fueron otro foco de preocupación. En contextos como Haití, México y Centroamérica, se denunció la creciente presencia de fuerzas armadas, grupos paramilitares y redes criminales que operan con impunidad. Las consecuencias son devastadoras: desplazamientos forzados, desapariciones, control territorial y una lógica de guerra que se instala en la vida cotidiana.
El extractivismo, por su parte, continúa expandiendo sus fronteras de saqueo. Las corporaciones transnacionales avanzan con megaproyectos mineros, energéticos y agroindustriales que vulneran los derechos de los pueblos, destruyen ecosistemas y profundizan la crisis climática. Las mujeres, como defensoras de los bienes comunes, son las primeras en enfrentar las consecuencias y las represalias.
A su vez, la crisis alimentaria y de cuidados también fue abordada con preocupación. La mercantilización de los alimentos, el desmantelamiento de sistemas públicos de salud y educación, y la sobrecarga de trabajo doméstico y comunitario sobre las mujeres configuran una crisis multidimensional que pone en riesgo la sostenibilidad de la vida. “Nos están agotando, y ese agotamiento también es una forma de violencia”, se dijo en uno de los grupos de trabajo.
Finalmente, se denunció la captura corporativa de los Estados y la pérdida de financiamiento para políticas públicas feministas. La cooptación de espacios institucionales por intereses privados, junto con la reducción drástica de recursos para organizaciones de base, amenaza la autonomía de los movimientos y limita su capacidad de incidencia. “Nos quieren fuera del juego, pero seguimos jugando”, afirmó una delegada con ironía y convicción.
Frente a este panorama, las participantes del Encuentro no se quedaron en el diagnóstico. Reafirmaron la necesidad de construir lecturas feministas del contexto que articulen lo global con lo territorial, visibilicen las resistencias y fortalezcan las estrategias colectivas porque entender el patrón de despojo no es solo una tarea analítica: es una herramienta para la acción política.
Resistencias desde los territorios: cuando la vida se organiza.
Frente al avance del capital, la guerra y el patriarcado, las mujeres organizadas de las Américas no se limitaron a denunciar: mostraron como se construye poder desde abajo. Lo hicieron con relatos concretos, con prácticas vivas, con estrategias que nacen en los márgenes y desafían el centro.
Desde Haití, el colapso institucional, la presencia de bandas armadas y la violencia cotidiana no han logrado desarticular las redes feministas. Al contrario: en medio del caos, ellas siguen articulando espacios de formación, autocuidado y denuncia. “Nos organizamos porque no hay otra opción”, dijeron.
En Cuba, la resistencia toma forma en brigadas de solidaridad, círculos de mujeres y economías populares que sostienen la vida en medio del bloqueo. No se trata solo de sobrevivir, sino de hacerlo con dignidad, con memoria, con comunidad. Las prácticas cotidianas se convierten en trincheras, y cada gesto de cuidado es un acto político.
Desde Brasil, Colombia y Guatemala llegaron relatos de recuperación de saberes ancestrales y prácticas agroecológicas. La defensa de semillas nativas, la producción comunitaria de alimentos y la soberanía alimentaria no son solo respuestas a la crisis climática: son formas de reafirmar vínculos, de transmitir saberes, de resistir al modelo extractivista que arrasa con todo. “Cultivar es resistir”, se dijo en uno de los grupos, y nadie lo puso en duda.
Las economías feministas también ocuparon un lugar central en los intercambios. Cooperativas, mercados locales, sistemas de trueque y bancos de tiempo fueron presentados como alternativas reales al modelo del lucro.
En estas experiencias, el valor no lo define el mercado, sino la necesidad, el vínculo, el cuidado mutuo. Son economías que desafían la lógica dominante y colocan en el centro la sostenibilidad de la vida.
La formación política apareció como otra herramienta clave. Se compartieron metodologías participativas, escuelas feministas, procesos de educación popular y campañas territoriales que fortalecen la conciencia crítica. Aquí, la pedagogía no es una técnica: es una apuesta ética. Se enseña para transformar, se aprende para resistir.
Lo que quedó claro es que, incluso en los contextos más adversos, las mujeres organizadas sostienen la esperanza y la acción. Sus resistencias no son solo reacciones: son propuestas de mundo. Y ese mundo, aunque aún en disputa, ya se está gestando en los territorios.
Territorios en lucha: las líneas estratégicas que trazan los feminismos populares
Durante el encuentro las delegadas delinearon campos de acción urgentes, interconectados y profundamente arraigados en las realidades territoriales.
No se trató de una enumeración técnica ni de una hoja de ruta burocrática. Lo que emergió fue una cartografía viva de resistencias, tejida desde la experiencia, la memoria y la apuesta colectiva por la vida digna.
La denuncia por el fin de la violencia contra las mujeres más allá del discurso fue clara y contundente la violencia patriarcal no puede seguir siendo abordada como un problema aislado ni despolitizado.
Señalaron la impunidad estructural, la revictimización institucional y la cooptación de los feminismos por agendas estatales que vacían su potencia transformadora.
Frente a ello, se propuso fortalecer redes comunitarias de acompañamiento, pedagogías del cuidado y estrategias de denuncia colectiva. “No queremos protocolos, queremos justicia”, se escuchó en uno de los plenarios, marcando el tono de una exigencia que no admite dilaciones.
Haciendo referencia a la defensa de los bienes comunes teniendo en cuenta el extractivismo como guerra se analizó el avance de las corporaciones transnacionales como una forma de guerra contra los territorios y contra las mujeres que los habitan y defienden.
Desde distintos puntos del continente se planteó la urgencia de articular luchas por el agua, la tierra, los bosques y los saberes ancestrales. Las mujeres, dijeron, no solo resisten el despojo: lo enfrentan con prácticas de cuidado, con organización comunitaria y con una ética territorial que desafía la lógica del capital.
La paz y desmilitarización con enfoque feminista fue otro de los campos de acción que se potenciaron a partir de las experiencias compartidas desde Haití, Colombia y México.
Se evidenció que la militarización y la violencia armada no son fenómenos aislados, sino parte de un entramado que busca disciplinar cuerpos y territorios.
Las delegadas propusieron construir una agenda feminista por la paz que incluya justicia territorial, reparación colectiva y desmantelamiento de las lógicas de guerra. “La paz no es silencio, es justicia”, se afirmó en uno de los círculos de reflexión, dejando claro que el enfoque feminista no negocia con la impunidad.
Uno de los debates más potentes giró en torno a la economía feminista. Se denunció su vaciamiento conceptual por parte de organismos internacionales que la reducen a métricas de inclusión.
Frente a ello, se reafirmó una visión radical que coloca en el centro el trabajo de cuidados, la soberanía alimentaria, la reciprocidad y la autonomía. Cuba aportó reflexiones sobre cómo sostener estas prácticas en contextos de bloqueo y escasez, demostrando que la economía feminista no es una utopía: es una práctica cotidiana que desafía el modelo dominante.
Rumbo a Nepal: posicionamientos clave
En un contexto marcado por la captura institucional del feminismo, la despolitización del multilateralismo y la ofensiva del capital transnacional, las voces reunidas en Chiapas delinearon posicionamientos que trascienden fronteras.
Las delegadas denunciaron el vaciamiento conceptual promovido por organismos internacionales, que reducen esta propuesta a indicadores de cuidado o inclusión laboral sin cuestionar el modelo de acumulación. La Marcha reafirma una economía feminista basada en la sostenibilidad de la vida, la soberanía alimentaria, la reciprocidad y la autonomía territorial.
La crítica al multilateralismo despolitizado cuestionó el rol de espacios internacionales que, bajo discursos de participación, reproducen lógicas coloniales, corporativas y patriarcales. Las participantes plantearon la necesidad de disputar estos escenarios desde una agenda feminista anticapitalista, que visibilice las resistencias territoriales y denuncie las falsas soluciones promovidas por el capital verde y digital. La inclusión, dijeron, no basta si no hay transformación estructural.
Otro de los temas emergentes fue la denuncia de la guerra digital y la militarización privada. Se alertó sobre el uso de tecnologías para el control social, la vigilancia de movimientos y la manipulación de narrativas. La Marcha propone una lectura feminista de este fenómeno, que articule soberanía tecnológica, defensa de los datos y pedagogías críticas frente al extractivismo informacional. “Nuestros cuerpos y nuestros datos no son mercancía”, afirmaron las delegadas, en un llamado a construir autonomía en el plano digital.
Rumbo a Nepal lleva no solo posicionamientos políticos, sino también afectos, aprendizajes y horizontes compartidos porque cada territorio que resiste es parte de una red que sostiene el mundo y, como se dijo en el encuentro, “mientras haya mujeres organizadas, habrá futuro”.
Red de la Vida: ética feminista frente al colapso
Como horizonte ético y político, se propuso la construcción de una Red de la Vida. Esta apuesta busca articular luchas por la justicia climática, la soberanía alimentaria, la paz con justicia territorial y la defensa de los cuerpos y los territorios.
No se trata de una estructura organizativa, sino de una brújula colectiva que orienta la acción feminista en todos los niveles. En tiempos de colapso civilizatorio, esta red se presenta como una alternativa concreta, nacida desde los territorios y alimentada por la memoria colectiva.
Estos posicionamientos no buscan representar una única voz, sino ser síntesis de múltiples resistencias que, desde Cuba, Haití, Brasil, México y tantos otros territorios, configuran una propuesta de mundo. Rumbo a Nepal, la Marcha Mundial de las Mujeres no lleva solo demandas: lleva horizontes de transformación, tejidos desde abajo y con vocación internacionalista.
El Encuentro Regional de la Marcha Mundial de las Mujeres reafirma que los feminismos populares de las Américas no solo están vivos: están en movimiento.
Las voces reunidas en México tejen una narrativa común que desafía el miedo, la fragmentación y el despojo. Una narrativa que no se limita a denunciar, sino que propone, construye y articula. Frente al colapso civilizatorio, las mujeres organizadas en la Marcha apuestan por la vida, por la paz con justicia territorial, por la economía feminista y por la memoria como herramienta de lucha.
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