Por Aime Sosa Pompa (I parte)
Casi a las once de la noche, cuando el cansancio del taller se siente en cada gesto y cada palabra sale más lenta, aparece Laura Magda López Angulo dispuesta a darme una entrevista y todo cambia. No es solo su presencia serena, ni siquiera su mirada firme: es la forma en que habla del dolor sin perder la esperanza, del sistema sin caer en el cinismo, de la violencia sin rendirse a ella; con sus ojos brillantes y su corto pelo canoso libre.
Me cuenta que nació en Morón, Ciego de Ávila, pero llegó a Cienfuegos en 1974, como parte de aquella política que ubicaba a los graduados universitarios casados según la provincia del esposo. “Fíjate ya como teníamos una posición de subordinación… un patriarcado”, dice con naturalidad, cero rencor pero sin olvido.
