Por Marilys Zayas Shuman
Vilma nació en Santiago como quien nace en tierra de volcanes, con la fuerza de la música y la claridad de la inteligencia. Desde temprano supo que la vida no se mide en años, sino en batallas, y que la libertad exige cuerpos dispuestos y almas indoblegables.
Cuando la dictadura oscureció la patria, Vilma se convirtió en sombra y en luz. En la clandestinidad, su paso era el de la mensajera que lleva la esperanza, el de la combatiente que desafía el peligro, el de la heroína que no se detiene. En la Sierra, su voz se alzó junto a los hombres y mujeres que soñaban con un país nuevo, y allí su nombre se grabó en la roca como símbolo de coraje.
Con el triunfo revolucionario no descansó. Comprendió que la epopeya no estaría completa sin la emancipación de las mujeres. Fundó la Federación de Mujeres Cubanas, y desde allí levantó un ejército distinto: el ejército de la dignidad femenina. Cada escuela abierta, cada derecho conquistado, cada niña que aprendió a leer, cada madre que pudo trabajar, fue parte de esa victoria que ella supo sembrar.
