Por Lianne Garbey Bicet
Siempre he sentido que en Cuba la vida suena como una película. No sé si es por el ritmo de las calles o por la manera en que la gente habla, gesticula, improvisa… Pero cada día me parece un plano secuencia donde nada se corta y todo sigue. A veces, al caminar por La Rampa y ver el Yara alzarse con sus luces viejas, tengo la sensación de estar entrando al corazón de un recuerdo.
En la memoria colectiva de la capital, siempre están las historias de aquellas funciones durante el Festival de Cine, cuando la sala se llenaba de voces y de risas antes de que todo quedara en silencio. Las luces se apagaban, el proyector empezaba a zumbar y de pronto los presentes eran un solo cuerpo conteniendo el aliento en un instante que parece sagrado.

