Por Lianne Garbey Bicet
Siempre he sentido que en Cuba la vida suena como una película. No sé si es por el ritmo de las calles o por la manera en que la gente habla, gesticula, improvisa… Pero cada día me parece un plano secuencia donde nada se corta y todo sigue. A veces, al caminar por La Rampa y ver el Yara alzarse con sus luces viejas, tengo la sensación de estar entrando al corazón de un recuerdo.
En la memoria colectiva de la capital, siempre están las historias de aquellas funciones durante el Festival de Cine, cuando la sala se llenaba de voces y de risas antes de que todo quedara en silencio. Las luces se apagaban, el proyector empezaba a zumbar y de pronto los presentes eran un solo cuerpo conteniendo el aliento en un instante que parece sagrado.
Pues en esta Isla, el cine ha dejado de ser una pantalla blanca para convertirse en una ventana que trae aire fresco cuando las puertas se cierran y en el espejo donde aprendimos a nombrarnos. Hoy, en el Día Mundial del Cine, caminamos por una Habana que se sabe escenario, set y protagonista. Las luces se encienden sobre sus grietas, el salitre marca el compás de los créditos iniciales y el aire tiene ese olor a nostalgia que anuncia una historia por contar.
En ese set citadino nuestras vidas podrían editarse como una película de género indefinido, un melodrama que a veces roza la comedia y otras se vuelve documental. Incluso en los días de apagones o esperas interminables, subyace la idea de que cada escena es un fragmento que alguien, algún día, editará para explicar quiénes fuimos.
Para la mujer cubana, hacer o ver cine ha sido siempre un acto de fe. Desde la cámara al hombro de Sara Gómez, pionera que filmó nuestra identidad afrocubana, hasta las jóvenes realizadoras que hoy graban con un móvil o una cámara prestada, el impulso de narrar persiste. Filmamos como cocinamos: con lo que hay, con ingenio, con ansias de decir. Aunque falten los medios, sobra la pasión; porque el cine, para nosotras, tiene el pulso de una revolución íntima.
De igual manera, en el amplio repertorio de la cinematografía nacional hay historias que se nos quedaron tatuadas en la piel. En Lucía, por ejemplo, Humberto Solás trasciende la belleza del blanco y negro y la elegancia de épocas pasadas.
En sus tres historias de amor y rebeldía narra el largo camino recorrido por las mujeres. En cada Lucía, se halla el reflejo de las abuelas y las madres; tres tiempos distintos unidos por un mismo anhelo: la libertad.
Tiempo después Fresa y chocolate aportaría una lección diferente. En sus pasillos estrechos y sus cafés cargados de silencio, aprendimos que mirar al otro es también descubrirnos, y que la ternura —en un país acostumbrado a las tormentas— puede ser una forma radical de rebeldía.
El cine nos ha mostrado que incluso en la escasez hay un espacio para la belleza, una grieta por donde siempre entra la luz.
Más cercana en el tiempo, Vestido de novia, nos enseñó que la identidad es un derecho que se defiende con el cuerpo entero; Suite Habana, nos recordó que en el silencio de un amanecer hay más poesía que en cualquier guion; y con Conducta comprendimos que una nación se salva desde la infancia, no con castigos, sino con afecto.
Cada una de estas obras reseña una página de nuestra vida en la que asistir al cine sigue siendo un ritual. Cruzar el umbral del Yara o del Chaplin, o aguardar frente al televisor, todavía tiene algo de reencuentro místico.
En la oscuridad de la sala, el país se reconoce y se reanima. Porque el cine nos devuelve la posibilidad del asombro, ese instante en que la pantalla se ilumina y, por un momento, todo parece posible.
Quizás por eso el “The End” en Cuba nunca es definitivo. Mientras exista una historia que nos haga decir “así mismo me pasó a mí”, el cine seguirá siendo nuestro refugio. Y La Habana, con su mezcla de caos y hermosura, seguirá siendo nuestro eterno plató: ese lugar donde el amor, la memoria y la luz se funden para recordarnos que seguimos en rodaje.

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