Por Isel Quintana Freyre
Convocados por el Centro Fidel Castro Ruz, los doctores Miguel Barnet Lanza, Presidente de Honor de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC); René González Barrios, director de esa institución; y Marlene Vázquez Pérez, directora del Centro de Estudios Martianos, protagonizaron un panel revelador titulado "Estados Unidos: de la Revolución al Imperio".
En vísperas del 250 aniversario de la independencia norteamericana, tres voces imprescindibles de la cultura y el pensamiento cubanos desmontaron mitos, rescataron gestos de hermandad y delimitaron con precisión la frontera entre los gobiernos hostiles y un pueblo creador que merece respeto.
La doctora Marlene Vázquez Pérez, moderadora del encuentro, recordó con la elegancia de quien conoce a fondo la obra martiana que ningún latinoamericano ha calado tan hondo en el alma de los Estados Unidos como José Martí. “No fue ajeno a la historia de ese país —explicó—. Admiró a Washington como líder, pero siempre señaló que su concepto de libertad estaba reservado a la clase adinerada.”
La investigadora contrastó aquella actitud con la grandeza de Carlos Manuel de Céspedes, quien en el primer acto de rebeldía de Cuba liberó a sus esclavos y los sumó como iguales al Ejército Libertador.
Con el poder de la imagen poética, Vázquez Pérez recordó la frase martiana que retrata a Washington esperando “que los sirvientes le traigan el caballo enjaezado hasta la puerta”, mientras la libertad que triunfaba era “de puño de encaje y de dosel de terciopelo, más de la localidad que de la humanidad”. Una distinción fina que, como subrayó la panelista, explica siglos de egoísmo y desencuentros.
René González Barrios, por su parte, se refirió a los puentes que, a pesar del dolor infligido, han unido a cubanos y norteamericanos. Fue en ese recuento de hitos donde emergió con fuerza la impronta femenina.
Al detallar el respaldo material que hizo posible la independencia de las trece colonias, el historiador recordó que “las damas habaneras entregaron joyas y dinero para contribuir a la independencia de los Estados Unidos”.
Aquellas cubanas, adelantadas a la nación que aún no existía, pusieron su patrimonio al servicio de una causa que consideraron justa, en un gesto de desprendimiento que la historia oficial suele silenciar.
El panelista reconstruyó también la huella de los cubanos que pelearon por la abolición de la esclavitud en la Guerra de Secesión norteamericana, como el camagüeyano Antonio Lorenzo Luaces, médico y expedicionario que murió fusilado; los hermanos Fernández Cavada, o el odontólogo Ángel del Castillo, brigadier del Ejército Libertador.
A esa deuda de honor, los hijos del pueblo estadounidense respondieron con creces. González Barrios recordó que decenas de norteamericanos se enrolaron en las expediciones por la independencia de Cuba, entre ellos el joven Henry Reeve —“a quien sus soldados querían como un padre”, según Máximo Gómez—, y quien murió en combate con solo 26 años de edad.
Nueve coroneles mambises, dos tenientes coroneles, ocho comandantes y muchos más, cayeron en suelo cubano por la libertad de un pueblo al que aprendieron a amar. “Eran tiempos —dijo— en los que la solidaridad no conocía de cálculos geopolíticos.”
El poeta y etnólogo Miguel Barnet cerró el panel con una reflexión que reconcilió el pensamiento con el sentimiento. Tras advertir sobre la chatarra cultural que a menudo nos invade desde el Norte, recordó “los buenos ejemplos de las obras importantes de Ernest Hemingway, Mark Twain, Emerson, Walt Whitman, y de toda la gran música norteamericana, el jazz, el blues”, que también han nutrido la identidad cubana.
Esa cercanía, afirmó Barnet, evitó que en Cuba enraizaran modelos ajenos como el realismo socialista, y nos regaló en cambio “un paraíso de universalidad, de flexibilidad, de arte inclusivo y democrático”.
“La mentira, las falencias, la hipocresía —sentenció— están en los gobiernos, pero no en el pueblo, no en el pueblo creador norteamericano, que es un pueblo que ha dado al mundo grandes obras de patrimonio universal.”
A lo largo del panel, una convicción se repitió con distintas voces: la historia común, regada con la sangre de abolicionistas, mambises y soñadores de ambos lados del Estrecho de la Florida, contiene los mimbres necesarios para construir algún día una relación de respeto.
Las joyas de las habaneras del siglo XVIII, la pluma de Martí, el altruismo de Henry Reeve y los acordes del jazz que también nos pertenecen demuestran que otro vínculo es posible.
Como pidió González Barrios, “a ese pueblo que nos respeta y admira, sirvan estas historias con un tributo de homenaje y respeto”. Porque el camino hacia la dignidad compartida pasa primero por el rescate de la memoria verdadera.

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