miércoles, 20 de mayo de 2026

Totó La Momposina y su amor por Cuba

 


Por Aime Sosa Pompa 

Nos dejó hace apenas unos días, pero quien tuvo la dicha de verla sobre un escenario en La Habana o Santiago de Cuba sabe que Sonia Bazanta Vides —ella también era Totó— no se fue del todo. Porque la música del pueblo que defendió hasta el último aliento, no entiende de fronteras ni de despedidas.

Llegaba con los pies descalzos, como quien pisa tierra sagrada. Y desde ese mismo instante, Totó La Momposina arrasaba. 

No hacía falta publicidad ni grandes reflectores. Aparecía con un grupo de músicos extraordinarios y desenfadados, capaces de sostener un concierto completo incluso con un apagón en medio. Así la vimos quizás por última vez en La Habana, aquel viernes 10 de junio de 2016, en el teatro Mella —calle Línea, El Vedado— dentro de las celebraciones por el aniversario 55 del Conjunto Folklórico Nacional de Cuba.

Pero Totó ya había estado antes y Cuba, para ella, no era un destino de paso. Siempre fue una relación de ida y vuelta. Con Santiago de Cuba la unía un vínculo aún más hondo. Allí recibió el Premio Internacional de la Casa del Caribe. Volvió una y otra vez. 

En la 33 edición de la Fiesta del Fuego, la vimos caminar por la ciudad con familiaridad, como quien vuelve a su patio, en la Casa de la Cultura Electo Rosell, «Chepín», confesó sin aspavientos: «Cuba siempre ha tenido un lugar importante en mi corazón y en el desarrollo de mi música. 


Hace 25 años, mi hijo estuvo becado aquí estudiando percusión. Cuando una recibe esa ayuda, esa colaboración de un país —porque mi hijo es cultor de la música tradicional y graduado de la escuela cubana—, entonces guarda una gratitud inmensa y llega a sentirse comprometidísima con el desarrollo de esta Isla, dentro de ella todas sus ciudades y, especialmente, Santiago».

Por eso, cuando muchos la conocieron por primera vez en el video Latinoamérica, de Calle 13, ella ya llevaba décadas cantándole a ese mismo suelo. Y lo hacía con la honestidad de pocos artistas.

Sobre el escenario del Mella, canción por canción, Totó descubría los detalles más íntimos de su repertorio. No se limitaba a interpretar: explicaba el origen de cada pieza, el nombre del informante que había rescatado esa memoria. Una práctica que ella misma extrañaba en Cuba, pero que ofrecía como un regalo. 

En medio de esa clase magistral de folclor colombiano, visiblemente emocionada, sentenció: «Toda esta música viene del pueblo, por eso hay que protegerla llueve, truene o relampaguee».

Cuando lo dijo, era como un manifiesto, una ley de la vida. Era la divisa de una mujer que entendía el arte como un acto de resistencia. Por eso rechazaba pagar para que promovieran su música. «No estoy haciendo esto por negocio —decía—. Así de simplecito».

Aquella noche en La Habana hubo poca concurrencia de público, algo que ella lamentó en silencio. Pero quienes estábamos allí recibimos una lección de entereza. Casi al final, la electricidad falló. Nada nuevo en este país. El público no se movió. Empezaron a cantar a capela, mientras los músicos esperaban. Cuando la luz regresó, Totó cerró con una energía que parecía desafiar a los años y al cansancio.

Ya entonces, como si presintiera que aquellas palabras quedarían para la memoria, concluyó: «La música no tiene fronteras —eso lo tengo comprobadísimo. Nosotros estamos aquí por el amor que le tenemos a ustedes los cubanos».

Para las lectoras de Revista Mujeres, Totó dejó también una enseñanza personal. Cuando le preguntaban cómo se conservaba en sus más de siete décadas con tanta energía sobre el escenario —capaz de bailar y cantar sin pausa durante más de tres horas—, respondía con una sonrisa pícara: «Hay que moverse. Es sabor, el asunto». Y confesaba que sus secretos eran la meditación y mantenerse alejada del tabaco y la cafeína.

Pero sobre todo, defendía el baile como algo indisociable de la vida. «Mi mamá siempre decía que si uno no bailaba, pues no sabía expresarse bien o no podía desempeñar su quehacer. Y si no lo hacemos estamos mal, muy mal».


Ahora que Sonia Bazanta Vides —Totó La Momposina— ha partido, quedan sus pies descalzos, sus tambores y esa voz que nos sigue diciendo que la música del pueblo no se compra ni se vende. Queda su paso por Santiago, por La Habana, por cada rincón de esta Isla donde dejó claro que el cariño era verdadero.

Porque ella lo dijo y así quedará para siempre:«Nosotros estamos aquí por el amor que le tenemos a ustedes los cubanos».

Y desde Revista Mujeres, solo podemos responder: gracias, Totó. Por haber vuelto. Por haberte quedado. Por habernos enseñado que la eternidad, a veces, se construye con un par de tambores, entre pies descalzos y el corazón en la mano.

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