Por Marilys Suárez Moreno
El pequeño, de unos cinco años, iba delante. La madre lo seguía, mientras hablaba desde su móvil. Un frenazo, gritos y un chofer asustado y gritando improperios a la mujer, que lo único que atinó a hacer fue caerle a golpes al niño que gritaba y lloraba sin parar.
La madre, única culpable del incidente que pudo haber generado una tragedia, no pareció sentir culpa alguna y descargó toda su responsabilidad en el hijo, al que debía de llevar de la mano y estar atenta.
Desgraciadamente sucesos como este acontecen hoy día más de lo que se pueda pensar. Niños y niñas caminando por su cuenta, mientras los mayores van delante o detrás enfrascados en amenas charlas vía-celular.
De hecho, golpear a un niño o niña no es un método para reprimir o educar. Ningún argumento puede esgrimirse que justifique esta forma de proceder ante lo mal hecho, cuyas consecuencias suelen ser nefastas, pues crea sentimientos de rebeldía en extremo peligroso. Aparte de que los golpes no enseñan ni educan y sí generan violencia.
El regaño nunca debe estar en correspondencia con el tamaño de la falta, sino con el hecho en sí, y según la edad tendrá o no un fin educativo y formador.
Si no se conversa con el infante y no le enseñan a ver en los adultos que lo rodean un ejemplo de justicia y serenidad, este solo aprenderá a comportarse violentamente y no se logrará el respeto, muy por el contrario.
El castigo, nunca corporal, debe ser la expresión de un criterio justo y ecuánime en la apreciación de lo que ha de ser corregido en la conducta infantil, y este criterio no debe variar de un día para otro; tampoco debe de estar a expensas del humor bueno o malo, colérico o festivo de los padres en ese momento.
Lo conveniente es que se repruebe en ese mismo momento, nunca después o al tiempo de haberse producido el hecho, cuando el infante casi ha olvidado la falta cometida.
Además el escarmiento ha de hacerse con miras a lo educativo y razonable, empleándose solo en casos excepcionales y nunca hacerlo cuando el adulto que va a castigar se encuentre encolerizado y fuera de sí.
El niño o niña debe saber cuál ha sido su incorrección y no castigarlo nunca cuando cometa un error por primera vez. La sanción ha de imponerse cuando el menor sepa que ha actuado mal y se debe aplicar sobre la marcha.
Son desacertados los castigos que esperan la llegada del padre o de la madre para ser aplicados, pues de este modo uno de los dos progenitores adquiere una personalidad injusta y severa ante el hijo o la hija en cuestión.
El castigo corporal no se debe emplear nunca, pues es expresión de ira, falta de dominio y de control sobre el infante, así como una total ineptitud en la formación educativa.
Las madres, padres o tutores que recurren a la violencia desconocen el daño que acarrea y las graves consecuencias que tiene sobre la vida afectiva de las infancias y sobre sus propias relaciones.
Cuando se educa a fuerza de insultos, golpes, ultrajes y maltratos, se engendra, por demás, mayor violencia. Y en un mañana no lejano el maltratado puede convertirse en un persona débil, de voluntad fluctuante, indecisa o en un individuo dominante y tiránico que un día aplicara en sus relaciones ese tipo de violencia. Aprenderá de momento, eso sí, a obedecer, pero no a discernir lo justo de lo injusto.
Lo verdaderamente importante es inculcarle a nuestros hijos e hijas, el respeto y la responsabilidad por sus actos, pero de manera persuasiva y cariñosa y esto se consigue si establecemos normas que nos guíen en cada momento y no actuando violentamente.

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