Por Marilys Suárez Moreno
Aunque anda por la séptima década de vida, Esther es una mujer fuerte y animosa que aún no se ha jubilado y se multiplica en el trabajo y el hogar. Lástima que el pelo desgreñado, la vestimenta y zapatos ajados y su apariencia desaseada dejen mucho que desear, a ojos vista.
Todos envejecemos: es ley de la vida. Cada persona envejece según el código genético acumulado en su ADN. Así, algunos pueden llegar a los 80 con el mismo color de cabello de su juventud, mientras otras encanecen completamente a los 30 o 40.
Los años no son impedimento para apartarse de la labor creadora ni echar a un lado la pulcritud y la buena apariencia. La belleza y la atracción personal transitan por senderos abonados por la personalidad y el buen gusto, válido para ambos sexos.
Para que perdure la juventud hay que atender desde temprana edad la salud física y mental, claves para lograr una longevidad grata, provistos de equilibrio emocional y dispuestos a asumir la vejez con dignidad.
Nadie ha de ser inútil e infeliz por viejo. El proceso de envejecimiento puede modificarse notablemente si se manifiesta interés por mantener una vida activa, una alimentación saludable en lo que cabe y una actividad física y cognitiva satisfactoria.
Cuba está entre las naciones más envejecidas del continente, y aunque diversos programas han sido diseñados para garantizar que la ancianidad disfrute de una vejez saludable y útil, de manera individual cada individuo es garante de la suya propia. La disposición y prestancia con que algunas personas se prenden a la vida, así lo avala.
La desilusión que representa para los ancianos la poca estima de sus familiares cercanos, los lleva a la soledad, el desánimo, la melancolía y el abandono de su apariencia personal.
De hecho, la dinámica familiar deviene pulmón para su rehabilitación. Realidad que no puede ignorarse y que pone en entredicho a aquellas familias que un día crecieron y dependieron de los que hoy excluyen, aparte de arruinar la autoestima de las personas más vulnerables.
Para no pocos ancianos la vejez significa sumergirse en la soledad y el desamparo que no merecen. La ausencia de sus seres queridos, las pérdidas y hasta el desprecio con que algunos los miran o prefieren no hacerlo, duele.
Solos, desvalidos, vulnerables a extremos, muchos, la gran mayoría, cargan dolores físicos y del alma, como arrastran bastones o muletas como años encima.
¿Antídotos? Los hay. Les recomiendo este. Aseguraba Pablo Picasso, el genio de la pintura española, que cuando le decían que era demasiado viejo para hacer una cosa, procuraba hacerla enseguida.
Motivaciones como esta, vigorizan el ánimo de toda persona empeñada en mantener una bella ancianidad como recompensa de una bella vida.
Desgraciadamente, esa masa de cubanos y cubanas que hoy hacen mayoría en algunas provincias y municipios y que, según dicen los estudiosos del tema, llegaran a poblar el país más que los niños, parecen no tener más razones que enriquecer las estadísticas.

No hay comentarios:
Publicar un comentario