Por Marilys Suárez Moreno
Felicia tiene 77 años y, según las estadísticas, se incluye en esa quinta parte de la población cubana, o sea, más de dos millones de personas que denominamos adultos mayores. Pero Felicia, como todo ese universo que muchos llaman despectivamente, viejos, no es un número ni una cifra que englobar, es una mujer que siente y padece y que hasta hace muy poco se consideraba una persona feliz.
Viuda desde hacía algunos años y jubilada del sector de la Salud, su mundo se centraba en ayudar a su hija y a sus dos pequeños nietos.
Los llevaba y traía de la escuela y le ayudaba cuanto podía y sus propias limitaciones le permitían, tratando siempre de ser útil, aún a riesgo de verse relegada. Pero un día su mundo se rompió. Su hija se fue del país.
Y la vida de Felicia parecía apagarse por días. Solo parecía iluminarse cuando la hija la llamaba. Llamadas que cada vez se hacían más escasas. Mami, no te preocupes sino te llamo. Estoy viendo como empezar a trabajar. Tenemos cuentas que pagar. Aquí las cosas son diferentes...
Felicia, que dependía de una vecina para hablar por el celular que le dejaron, herencia de la nieta de ocho años, y que apenas sabía manipular, esperaba paciente esas llamadas, tardías en el tiempo.
Sola en su pequeño apartamento, pues la casa de la hija quedó al cuidado de una amiga, trató de retomar su vida.
Tarea difícil para una anciana sola, desvalida y con más añoranzas que vida por vivir. Un día se cayó en la cola del Banco, mientras esperaba para cobrar su pensión. Otras caídas y viejas dolencias hicieron el resto. Hoy tiene Alzheimer.
Felicia no es un caso aislado, ni un número más en la lista de mujeres y hombres que en Cuba viven con Alzheimer.
La hija paga a una cuidadora para que la atiendan. Unas veces dice que tiene que esperar a su hija, que viene a buscarla, otras se viste apurada porque debe recogerla en el círculo infantil.
La mayoría de las veces la cuidadora la encierra para evitar que se le vaya, como ya hizo en otras ocasiones.
Nuestro país envejece y la posibilidad de desarrollar el llamado mal de Alzheimer, según pronósticos, es de 260 mil personas en los próximos años.
Algo queda claro, estas personas dependen de cuidadores, familiares o no, incluso, de instituciones adecuadas que se encarguen de velar por ellas, pues no son pocas las que viven de la caridad pública, deambulan solas por las calles, sin comida ni techo.
Aunque los problemas se nos acumulen y la complejidad de un día a día marcado por un bloqueo, es cada vez más devastador, no podemos desatendernos de esos seres de carne y hueso, vulnerables en extremo y que no podemos ver como ajenos o algo abstracto.
Necesitan atención, cuidados, rostros amables y sus mínimas necesidades resueltas. No desidia, lástima o compasión. Tanto si tienen familia o no.
Este es un asunto muy sensible y que nos toca a todos, especialmente cuando sabemos que más de la quinta parte de la población cubana está envejecida y envejece por días.
Cuidados, atención y la firme conciencia de velar por ese ser que puede ser madre, padre, esposa, un hermano e, incluso, alguien sin parentesco alguno, solo el del espacio que le da su propia sensibilidad, compromiso y humanismo, porque nada duele más a la vista que el feo rostro de una vejez abandonada.

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