Por Marilys Suárez Moreno
Arletty no concebía que sus padres no la dejaran salir esa noche con su grupo de amigos. ¿Por qué no puedo, por qué? Repetía una y otra vez, cada vez más exasperada y sacando de sus casillas al matrimonio, que no acababa de comprender la actitud de su retoño que, fuera de sí, arrojó violentamente contra el piso el vaso que llevaba en la mano. Insultos y castigos llovieron entonces.
La adolescencia continúa siendo la etapa de la vida menos comprendida por los adultos. Es una época ambigua, a medias entre la infancia y la madurez, en la que se definen tanto el cuerpo como la personalidad.
Época cruzada de conflictos y peculiaridades de la edad que se distorsionan y convierten en rasgos negativos de la conducta cuando el adolescente carece de buena formación o se encuentra desorientado. Puede ser también la más sugerente.
Todo depende de cómo se afronten las diferentes situaciones que la vida va presentando. Es una etapa de cambios, crisis, maduración. Aparece aproximadamente entre los 10 y los 16 años de edad, en dependencia del proceso de madurez, de factores biológicos y sociales, incluyendo la educación en la escuela, el hogar y el medio.
Según los Psicólogos, este referente está dado por los cambios biológicos que se producen, y por las contradicciones que estos provocan y que hacen que ocurran transformaciones importantes para el desarrollo de la personalidad.
De hecho, desde el punto de vista biológico y físico hay un crecimiento y una madurez sexual que son factores muy significativos en esas edades. En lo psicológico, se da una crisis de la autoconciencia.
Los especialistas aseguran que en estas edades hacen crisis todos los fallos educativos de la infancia. Por ejemplo, el niño o niña que fue criado en el egocentrismo, acentuará su egoísmo al arribar a un periodo en que una gran carga psicológica lo obliga a concentrar demasiado la atención en sí mismo.
Tanto muchachas como muchachos parecen tener un radar específico para lo prohibido y peligroso. Pueden ser crueles en algunos casos, temerarios, agresivos y hasta soberbios en otros.
Dañar cosas, en ocasiones sin proponérselo, está entre sus embates, lo que provoca que la relación fraterno-filial entre en crisis. Y aunque es cierto que muchos asumen esos cambios sin grandes aspavientos, ávidos de crecer; otros se transforman de la noche a la mañana en desobedientes, contestonas y resulta bastante difícil entenderlos.
Solo que para muchos padres, la frase “entender” al adolescente significa un peligroso esfuerzo de convalidación, una justificación de malacrianzas y actos que deberán ser reprimidos; en una palabra, una invitación al desbarajuste y el conflicto.
Pero al contrario, es un esfuerzo que bien vale la pena y nos facilitara la tarea cotidiana de lidiar con ellos, sin duda, extraordinarios y difíciles. Pero, sobre todo, nos permitirá centrar nuestro esfuerzo en propósitos no simplemente normativos y prohibitivos, sino educativos.
Algunos tratan de oponerse a la conducta del adolescente con un rigor excesivo; otros admiten hasta sus acciones impropias como un fenómeno, un mal que pasará con el tiempo; hay quienes solo saben lamentarse y no resuelven, también existen los que se despreocupan y dejan campear libremente. Actitudes erróneas que repercuten en la formación del adolescente, que se vuelve cada vez más conflictivo.
De ahí que lo primero es ser capaces de recordar quienes fuimos de adolescentes y no nos será tan difícil entender a los que tenemos junto a nosotros.
Convivir con ellos es asumir el reto de una relación con una persona cambiante, educarlos no es centrarse en negarles o prohibirles lo que piden, sino en proporcionarles un espacio y un marco de límites que favorezca y alienten el desarrollo de su personalidad.
Si somos ese espejo y los ayudamos a formular verbalmente lo que está ocurriendo, les serviremos en su complejo proceso de encontrarse con ellos mismos, al tiempo que los preparamos para que vivan su vida con respeto y felicidad.

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