Por Aime Sosa Pompa
Casi a las 11 de la noche, en medio de la fatiga legítima de un taller intenso, Rosaime González de los Reyes acepta con una sonrisa cansada pero sincera responder a mis preguntas. Ya habíamos bromeado sobre la coincidencia con el nombre, pero las diferencias son notables. Sobre todo al verla ejercitarse con disciplina en las mañanas cuidando su cuerpo de gimnasta, y pocas horas después hablar de sus clases de Física en la Universidad Tecnológica de La Habana "José Antonio Echeverría" (CUJAE) o de su responsabilidad en las Relaciones Internacionales de ese centro.
No es extraño que ahora esté inmersa en proyectos con paneles solares, o que la cuestión del transporte le alargue las horas cotidianas entre papeles, encuentros y esos quehaceres domésticos que solo una misma puede resolver. Pero mi admiración viene de su pertenencia y defensa de la Cátedra de Género en la CUJAE. Es su presidenta desde 2020 y es, con razones de género, una de las portavoces genuinas de mujeres negras feministas progresistas y, sí, empoderadas, aunque sea una palabra ya en modo cliché.
Esta no es su primera entrevista, pero sí una de las más personales. Rosaime, que nació en el municipio 10 de Octubre en La Habana, es una de esas figuras que desafían esas supuestas categorías y adjetivos enmarcados. Fue deportista en gimnasia artística desde los 4 años, estudió ingeniera en telecomunicaciones y ahora es profesora de física cuántica. No hay temores en su voz ni en sus ideas.
Me habla con la firmeza de quien ha enfrentado esos múltiples mundos que a veces ni se mencionan, mientras sabe conjugar en pequeñas pausas de silencio, esa ternura de una madre a pesar de los apagones, las distancias y esa carga invisible del cuidado. Me gusta que siga creyendo en la posibilidad de transformarlo todo junto a su madre, quien la guía y le sostiene.
“Está bien, doy el paso al frente”
Su nombre, cuenta con orgullo, es un homenaje: “Rosa, que era el nombre de mi mamá, y Aimee”. Desde niña, la disciplina la marcó. “A los 4 años ya entré en ese mundo”, dice refiriéndose a la gimnasia artística. Pero fue en la rítmica donde empezó “el rigor, las dietas, la dedicación”. Pasó por varias escuelas donde, me imagino, no me lo dice, siempre estuvo entre las mejores y en los primeros lugares como en la Mariana Grajales y la EIDE José Martí.
Aunque el destino deportivo parecía trazado, Rosaime decidió romperlo. “Quería estudiar medicina”, recuerda. Incluso se inscribió en la secundaria Vladimir Lenin, pero su madre, —médica pediatra— la disuadió: “Es un mundo que hay que dedicarle muchas horas”. La vida, como ella misma dice, la convenció. “Voy a estudiar una ingeniería”, declaró. Así llegó a telecomunicaciones, una carrera “mayormente liderada por hombres”.
Tras graduarse, comenzó como técnica de laboratorio en la CUJAE, pero no se quedó allí: “Dije: quiero explorar otras cosas”. Hizo un diplomado en cooperación internacional —“éramos dos los que nos graduamos”— y entró a la Dirección de Relaciones Internacionales, donde hoy gestiona proyectos, importaciones y movilidad académica.
Pero su giro más significativo llegó en 2020, cuando el vicerrector Diego Fernández le encomendó una tarea: fundar la Cátedra de Género: “Dije: está bien, doy el paso al frente”. En una universidad tecnológica, históricamente masculina, esa estructura dentro del sistema no puede ser simbólico y parecía un encargo urgente. Y a su manera, con muchos reconocimientos, avances y sorteando todo tipo de escollos, lo ha llevado con determinación.
Conversamos sobre las carreras tecnológicas que cargan con el mito de un alumnado masculino, en su totalidad o mayoría. Todavía los ingenieros, mecánicos y arquitectos son hombres y no se puede hablar de ingenieras, mecánicas y arquitectas con más naturalidad, le comento. Pero Rosaime me alienta con su optimismo: “La mecánica, por ejemplo, es una carrera que por lo general años atrás la mayoría eran hombres, pero no, ya eso ha cambiado, ya existen mujeres mecánicas, ya hablamos de mujeres ingenieras eléctricas, ingenieras en telecomunicaciones.
Todavía existe lo que decías en una carrera más que en otra, evidentemente. Ya existen mujeres y ese desbalance en las matrículas ya es perceptible”.
“Yo sí puedo. Yo sí soy. Yo sí quiero. Yo sí voy a llegar”
Rosaime no habla desde una torre de marfil, para nada. Como mujer joven negra ha sentido “miradas que tratan de lacerar o mitigar el trabajo que uno hace”. Confiesa haber sido violentada psicológicamente, señalada, subestimada. Pero su respuesta es clara: “Para nada eso disminuye mi querer hacer y mi querer ser como mujer negra empoderada”.
Ser madre de un niño con más de cinco años en este contexto y realidad que vivimos, no es sencillo. “Es dificilísimo”, dice, sin dramatismo, como quien describe una verdad cotidiana. Vive en Casablanca, en Guanabacoa, “al otro lado de la ciudad”, y el transporte —cuando lo tiene— es efímero. “Me he planteado irme”, admite. Pero siempre hay “alguien que dice: ‘No te vayas, te necesitamos’”. Ese “te necesitamos” es también un reconocimiento colectivo a su liderazgo, pienso mientras la admiro.
Para mí es curioso como en medio de todo, no ha abandonado su cuerpo —cuerpa, dirían otras—. “Hago ejercicio por salud, por gusto, por liberar energía”, me explica. Recuerda con dolor no haber hecho un proceso de desentrenamiento tras dejar el deporte: “Me daban crisis vagales, me desmayaba”. Hoy entiende que el autocuidado no es un lujo, sino una necesidad política. “Mente sana, cuerpo sano”, repite como mantra, mientras me dice que le duelen las piernas por haber corrido esa mañana varios kilómetros.
Aprovecha para darle su lección a las niñas que sueñan con múltiples vidas, en esto es contundente: “Soñar puede cualquiera. Puedes ser atleta y abogada, ingeniera y bailarina”. Y su propia vida lo demuestra: fue campeona nacional juvenil y pioneril, tiene sus medallas en las vitrinas, y ahora lucha por una “medalla de oro replicada” en la batalla contra la violencia de género.
Le pregunto por la receta, si es que la hay, y responde con cuatro frases que resuenan como un himno: “Yo sí puedo. Yo sí soy. Yo sí quiero. Yo sí voy a llegar”.
Podría haberla presentado en un párrafo muy engalanado: Rosaime González de los Reyes encarna una nueva generación de liderazgo femenino en Cuba: técnico, sensible, interseccional y profundamente comprometido. Sus valores profesionales —rigor, innovación, transversalidad— se entrelazan con valores personales como la resiliencia, la autenticidad y el amor por su identidad negra y materna. No solo abre puertas; construye puentes entre disciplinas, generaciones y mundos aparentemente incompatibles: el deporte y la ciencia, la ingeniería y el feminismo, la docencia y la militancia. Pero no es este el que quiero para esta joven que parece despertarse cada día con el corazón puesto en varias carreras de resistencia.
Ojalá pueda asentarse multiplicada en bendiciones, desde la cátedra de género, desde la Universidad, desde el entrenamiento al cuerpo, desde el amor a la madre y al hijo, en este país donde las mujeres negras siguen enfrentando dobles y triples cargas. Porque Rosaime no se conforma con sobrevivir: ella transforma el “Yo sí puedo” en el soy y el llegar. Es, sin duda, una de esas voces que, aunque nos hable casi a medianoche, merece ser escuchada cada día como la de muchas otras mujeres.




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