viernes, 6 de marzo de 2026

Victoria ha ganado



Confesiones: testimonios de mujeres víctimas de violencia de género (V)

Por Gabriela Orihuela

En los últimos años se ha visibilizado con mayor fuerza, desde los medios de comunicación, la violencia machista; no es suficiente, pero se hace notar la necesidad de seguir abordando el tema. Disímiles son las historias que podemos mostrar; cada una de ellas guarda, entre líneas y sentires, mensajes de fortaleza, resiliencia, luchas internas y otras más visibles. Narrar los testimonios de mujeres víctimas de violencia de género no es un mero acto de enunciación, puede convertirse, además, en la excusa perfecta para teorizar y educar sobre conceptos manidos, pero poco comprendidos; para conocer que existen, entre silencios y verdades; para saber que ellas, las mujeres, no están solas. 

***

Soy, sencillamente, una mujer. Nadie nunca podrá quitarme las victorias de Victoria, la magia que nace cuando me visto, peino y maquillo tal como deseo. La belleza que surge cuando quien deseo ser se encuentra con mi ser. 

Victoria es una mariposa que no nació en La Habana y a la que tampoco llamaron así cuando vino al mundo; me bautizaron como Juanito y, ni tan tarde ni tan en secreto, supe que mi nombre no me representaba. En el tiempo que yo crecí ser homosexual era mal visto, ser trans ni se mentaba. 

Mi niñez estuvo marcada por las peleas con otros niños de la zona porque yo tenía, según ellos, «un defectivo». Fui afeminada siempre y, por eso, creían que podían conmigo: trataban de quitarme la merienda o imponerse en los juegos. Mi hermano también pensaba que yo tenía «un defectivo» y negaba de los lazos consanguíneos. 

Jugaba con las niñas; aunque, es cierto, las familias, en ocasiones, les obligaban a cortar relaciones con «el pajarito» del aula o del barrio. Por eso, las amistades que hice fueron muy reales, quienes se quedaban a mi lado, lo hacían de corazón. Siempre, absolutamente siempre, hubo rechazo a lo diferente. Yo era lo diferente. 

En puntillas y en silencio, tomaba las camisas grandes de mi padre y, juntando los botones, creaba una saya larga. Algunos juguetes los usaba como rolos para que el pelo quedara impecablemente ondeado y lleno de vida. Me pasaba las horas en el baño probándome mis ajuares. Cuando me interrogaban por mi demora, siempre respondía que me encantaba mi bañadera. Nadie salía tan feliz —y supuestamente, impoluto— de aquel baño.

Mis padres —un ingeniero eléctrico y una profesora de piano y de inglés—sabían, ya sea por terceros o por mi actitud, que yo era homosexual. No fue hasta mis doce años que mamá confirmó sus sospechas a través de una carta de amor que otro adolescente me había escrito. Me gusta imaginar el rostro sorprendido o angustiado que, seguramente, puso en ese instante. 

La respuesta fue llevarme al psiquiatra; visité aquel lugar muchísimas veces. El diagnóstico era estar confundido, indeciso; la solución, inyectarme testosterona. No lograron transformar mi mente o mi corazón a su gusto, pero moldearon mi cuerpo infantil al de un hombre vigoroso.  

Siendo adolescente y estando becado me enamoré de un compañero, dos años mayor. Él era muy hermoso: alto, ojos avellana, con una sonrisa profunda. Jamás le dije nada; me invitaba, incluso, a tomar cerveza, y yo me rehusaba, no quería perderlo. Años más tarde supe que era bisexual. 

La necesidad de vestirme de mujer era siempre muy grande; aprovechaba, entonces, los carnavales para caminar sin temer mucho. Pero ni la noche festiva hizo que la mente de las personas fuera capaz de abrirse, de aceptarme. 

En uno de esos eventos, estaba con mi padre, mi tía y un amigo; llevaba los tacones en la mano y una sombrilla en la otra; un grupo de hombres quiso agredirnos, con la sombrilla nos defendí. ¡No vestida de mujer me lograban dominar! 

Pero no todo resultó felicidad. Casi de inmediato, mi papá me envió, mediado por una amistad que tenía, para la Isla de la Juventud a recoger frutas, fue un nuevo intento por reformarme, por sacarme la homosexualidad o los deseos de ser mujer del cuerpo y, a la vez, alejarme de mis amistades. Tampoco se logró. 

En la Isla de la Juventud recogí toronjas y perfeccioné mis habilidades de colorimetría: le dije adiós a mi pelo castaño oscuro para recibir un rojo precioso que iba con mi personalidad arrolladora. Mi madre fue a verme y preguntó por el muchacho de pelo castaño que se había ido de casa; «será el pelirrojo», le dijeron. Ella lo justificó alegando que debía haber sido algún medicamento. 

A los tres meses regresé: sin toronjas y sin ser como quería el resto de las personas. 

Siempre fui muy precoz. Tal vez, era eso lo que alarmaba a mi hermano o a mis padres. El tiempo ha pasado y no puedo descifrar exactamente qué debí hacer distinto para lograr mayor aceptación. Lo que sí no cambio es la libertad: en ese tiempo, la libertad de estar con quien deseaba; ahora, la libertad de ser y estar. 

En 1970 me mudé para la capital, aquí crecí profesional y personalmente. Mis intentos de ser médico veterinario —carrera que comencé a estudiar en Holguín— fueron en vano; pero en La Habana, me hice cocinero profesional.  

Conversaba con unas amigas lesbianas, un día festivo, cuando pasó un muchacho y comenzó a hablarle. Me preguntó por mis amistades y a dónde iba. De un momento a otro ya estábamos caminando juntos. Me invitó a tomar cervezas, las acepté. Todo parecía estar tranquilo. Pero en cuanto vio un carro patrullero, me tiró contra el oficial y le gritó «llévatelo por homosexual». 

Cumplí tres meses por no hacer nada. El cargo imputado fue: escándalo público. En la cárcel trabajé en la cocina y trataba de imponer respeto para evitar inconvenientes. En la calle llamábamos a esos operativos de recoger homosexuales, «operación pluma». Muchas personas se vieron afectadas por no encajar en los estándares sociales. 

Un joven, estando en la prisión, me pidió que le arreglase un pantalón —a mí se me daba muy bien zurcir— en cuanto me vieron ayudándolo, me trasladaron de granja porque pensaban que, además de remendar el pantalón, le cosía, en la cabeza, la homosexualidad. Creyeron que tenía “otra aguja” en la mano. 

La Habana también me presentó a Wilfredo, la relación más larga y estable que he tenido. No nos separaron ni los miedos, ni las dudas, ni las sombras. Juntos cumplimos algunos sueños y construimos la casa que hoy vivo.  

Un ahijado que hacía transformismo me comentó la posibilidad de acompañarle y vestirme de mujer. Ya lo había hecho, en los carnavales, en mi casa, en el baño, para mí. Buscó un moño, ropa adecuada, maquillaje y …frente al espejo, con gritos internos nació Victoria. 

¿Por qué ese nombre? Siendo Victoria nunca he perdido, venzo cada batalla que la vida me impone. Salir a la calle vistiendo de mujer, siendo yo, fue, sin dudas, una victoria para mí. Me sentí viva, perdí el miedo a ser. Me arrepiento, enormemente, de no haber tenido antes el valor de asumir quién soy, de vestirme de Victoria, de llamarme Victoria. 

Tenía sesenta y dos años cuando entré al Centro Nacional de Educación Sexual (Cenesex), allí he aprendido muchísimo: de protección tanto en el plano sexual como en el de derechos, de infecciones de transmisión sexual, de conceptos, de leyes. Debía haber tocado, antes, las puertas del centro. 

Antes de fallecer mi mamá, mi tía paterna me preguntó «hasta cuándo yo le iba a faltar el respeto a la casa familiar» porque llevaba a Wilfredo conmigo. Las malas y largas lenguas comentan que ella, en secreto, era lesbiana pero que nunca pudo concretar relaciones. Porque ella no había sido feliz, yo no tenía que cargar con sus demonios. 

Mi hermano se casó con una mujer que le ha enseñado de estos temas. Ya nos hablamos y fingimos, desde la distancia, que nunca dejamos de querernos. Hoy ya no están juntos, pero le agradezco su ayuda para recuperar a mi hermano. 

No tengo hijos o hijas, tampoco una fortuna para derrochar; conservo familiares, mi fe en los santos, a Lili, un gato que recibió nombre antes de revelar su sexo, a una perra que ladra mucho, a mis compañeras de lucha del Cenesex, a mis ahijados y ahijdas, a mis amigas las todoterrenos, las fantásticas. 

Conservo tantos recuerdos lindos —he tratado de quemar los que quisieron tumbarme— que podría pasar horas tratando de acomodar mi vida en fechas, lugares, direcciones, personas. Conservo las batallas ganadas, la alegría, los momentos llenos de felicidad, la risa y las travesuras. Conservo a Victoria y eso es decir todo. 

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