miércoles, 25 de marzo de 2026

Validez de la paciencia

 




Por Marilys Suárez Moreno

De pie ante su hijo, un chico de nueve años, la mujer se pregunta qué va a hacer con él. En realidad, se decía, le faltaba paciencia para lidiar con el muchacho y la poca que le quedaba la estaba perdiendo con el comportamiento de su hijo. 

En verdad, se requiere de mucha serenidad para hacer frente a la crianza y educación infantil y ella, realmente, pierde fácilmente la cabeza y la emprende a gritos y golpes contra el muchacho, en su afán de hacerlo entrar por el aro.

Sus amistades le dicen que tenga paciencia, que así no va a disciplinarlo y lo volverá más rebelde, pero ni modo. Hace rato que el muchacho la llevó al paroxismo de su poco o ningún aguante y no conoce ni el significado de esa palabra que le repiten hasta el cansancio.

Desconoce que la paciencia es, según alguna que otra definición, la capacidad de tolerar, de sobrellevar alguna carga u a otra persona. Otros, la ven como una balanza que se inclina más hacia la alteración y el arrebato que al aguante y la serenidad. 

La primera opción tiene la validez de respetar y tomar en serio las necesidades y los deseos de los demás, en este caso, nuestros hijos, hasta llegar a acuerdos con ellos. 

La segunda transita por la intransigencia y la obcecación. Nadie lo duda, se necesita de mucha calma para criar y educar, según las circunstancias familiares y la personalidad de estos.  

Lógicamente, esos primeros años de la vida infantil, parece envolvernos y apenas nos alcanza el tiempo para las muchas tareas que debemos asumir, aparte de la atención constante a una criatura, que va creciendo a ojos vista y a quien no siempre nos resulta fácil manejar.

La paciencia es una característica intrínseca de las personas que no siempre se sabe manejar con tino. Paciencia para aprender a dominar las emociones y erradicar los gritos y la tendencia al maltrato. Paciencia para dialogar con el menor y saberlo escuchar. Paciencia para sentar las pautas y principios básicos que rigen la educación de las infancias desde las edades más tempranas de la vida.

La educación infantil no es un proceso lineal y uniforme; tiene sus propias características y hasta disyuntivas. A veces se comenten errores que atentan contra la necesaria armonía familiar, pues se olvida la necesidad de afecto, cuidados y comprensión, tanto como buenos ejemplos y firmeza, pero sobre todo, aplomo, compostura y paciencia, mucha paciencia.

Las decisiones, máxime cuando les afecte, tienen que ser explicadas y razonadas. Los gritos y la tendencia al maltrato físico o de palabra dañan la formación infantil. 

La paciencia pertenece al grupo de cualidades que nos permiten el acercamiento, además de una maravillosa virtud, es el ingrediente primero del éxito en nuestros empeños, tanto personales como educativos, si de nuestros hijos se trata. 


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