viernes, 13 de marzo de 2026

Eliza y la casa del silencio


Por Gabriela Orihuela

Confesiones: testimonios de mujeres víctimas de violencia de género (VI).

En los últimos años se ha visibilizado con mayor fuerza, desde los medios de comunicación, la violencia machista; no es suficiente, pero se hace notar la necesidad de seguir abordando el tema. Disímiles son las historias que podemos mostrar; cada una de ellas guarda, entre líneas y sentires, mensajes de fortaleza, resiliencia, luchas internas y otras más visibles. Narrar los testimonios de mujeres víctimas de violencia de género no es un mero acto de enunciación, puede convertirse, además, en la excusa perfecta para teorizar y educar sobre conceptos manidos, pero poco comprendidos; para conocer que existen, entre silencios y verdades; para saber que ellas, las mujeres, no están solas.  

***

Soy una mujer segura. El silencio ya no vive conmigo; aunque, según mi madre, el silencio «era oro». Pero el oro, a veces, pesa demasiado. A mis 79 años, sentada en este sillón que tantas tardes me acompañó, reconozco la fuerza de décadas de afonía acumulada, de palabras que nunca salieron, de gritos que se quedaron atrapados, de aullidos internos. 

Me llamo Eliza y soy lesbiana o, como se decía, una «marimacho». Pero antes de ser Eliza, la lesbiana, «la tortillera», fui la hija de Ricardo, un hombre que, a los ojos de muchas personas, era un pilar, un ejemplo. 

Ricardo ya no está. Partió hace 15 años, llevándose consigo una capa de mutismo que, paradójicamente, me permitió empezar a respirar, a hablar, a vivir. Sin embargo, el aire todavía huele a miedo, humillación, a la constante amenaza que pendía sobre mí y sobre mi madre. 

Recuerdo la casa de mi niñez como un lugar lleno de contrastes. En el salón, los muebles de caoba, lustrosos y caros, la vitrina repleta de figuritas de cerámica, los cuadros de paisajes idílicos. Esa resultaba la fachada que Ricardo quería mostrarle al mundo: la imagen de un hogar próspero y feliz. En las habitaciones, las lágrimas, la soledad, la oscuridad, nosotras. 

Mi madre era una mujer hermosa, de manos suaves y sonrisa dulce. Se llamaba Martha y la recuerdo siempre trabajando incansablemente. Cuidaba de la casa, cocinaba, lavaba, planchaba y, además, cosía para algunas vecinas con el objetivo de ayudar con los gastos. Era una mujer fuerte, pero el ímpetu se le apagó poco a poco. 

La violencia ejercida por Ricardo no siempre fue física. A veces, una mirada bastaba para helarnos. Un comentario sarcástico, una crítica despiadada, una exigencia imposible de cumplir. Ricardo era maestro en el arte de la humillación. Nos hacía sentir insignificantes, culpables, merecedoras de su desprecio.

Yo fui una niña callada, observadora. Aprendí pronto a leer los gestos de Ricardo,  llegué a anticipar sus cambios de humor. Intentaba protegerme escondiéndome en los libros, refugiándome en mi mundo interior y dándole de comer a algunos animales de la calle. Me encantaron, desde pequeña, los animales, sobre todo los perros. 

Norma, mi tía materna, me regaló a Cuqui, una perrita peluda muy hermosa que, rápidamente, se convirtió en mi ser vivo preferido. Le daba de comer todos los días, jugábamos en el jardín, la sacaba a pasear con ayuda de mi mamá y hasta la bañaba y peinaba todos los meses. 

A mi padre le molestaba que yo fuese diferente. Se enojaba porque yo prefería jugar al fútbol con mis primos en lugar de coser con las niñas. Le irritaba que vistiera pantalones y camisas en lugar de vestidos con volantes. Hubo un tiempo en que dejé de elegir mi ropa; mamá la escogía de acuerdo a las demandas de Ricardo. Salíamos juntos a comprarla y yo no tenía derecho a decidir nada. 

Una vez me regaló una muñeca por mi cumpleaños; era de porcelana, con un vestido rosa y rizos rubios. La miré con indiferencia. No me interesaban las muñecas. Prefería el balón de fútbol de mis primos. Ricardo se enfureció. Me gritó que era una desagradecida, que no valoraba sus esfuerzos. Me obligó a sentarme con la muñeca en el regazo durante horas, amenazándome con castigarme si me movía. Él no entendió que eso también era un castigo.

Esa noche, cuando dormían, me levanté en silencio y llevé la muñeca al jardín. La enterré. No la quería cerca, aquella muñeca se asemejaba a cómo Ricardo deseaba verme; yo nunca cumplí sus expectativas. 

Mi familia siempre fue numerosa; mis tías iban, raras veces, a la casa, pero cuando lo hacían me llevaban muchísimos juguetes y pasábamos horas y horas jugando en el jardín. Al crecer, todo eso cambió; ahora conversábamos sobre chicos, casamiento, embarazos. Mis primas contrajeron matrimonios muy jóvenes. Pensar en estar con un hombre no era de mi agrado. 

Siendo más adulta, mi tía Norma me explicó que iba poco a visitarnos porque Ricardo «tenía malas costumbres». Le gustaba mirar a mis primas cambiarse de ropa, incluso, fingía no saber y entraba al baño mientras ellas estaban. Mi tía no le reclamó. Ella conocía su carácter y prefería vernos menos. 

Con el tiempo, entendí que mi «marimachismo» era, en realidad, atracción por las mujeres. Pero en aquella época hablar de eso resultaba impensable. El silencio era la norma. 

Tenía 15 años cuando aquel hombre, al que debía llamar «padre», llenó de moretones el cuerpo de mi mamá porque la comida había quedado salada. La llamó «imbécil, estúpida». La realidad fue que no entendí mucho, pero, por semanas, el miedo de que volviese a ocurrir me impidió salir del cuarto, claro, a menos que él indicase. 

En otra ocasión, durante una tormenta terrible —los truenos resonaban en toda la residencia—, yo estaba en mi habitación, intentando leer, cuando escuché los gritos de mis padres. Bajé corriendo y vi a Ricardo agarrando a mi madre por el brazo, zarandeándola con fuerza. Ella lloraba, suplicándole que la soltara.

Me lancé sobre él, gritándole que la dejara en paz. Me apartó de un empujón, haciéndome caer al suelo. Me levanté rápidamente y le golpeé con todas mis fuerzas en la pierna. No le hice mucho daño, pero fue suficiente para distraerlo. Mi madre aprovechó, ese instante, para zafarse de su agarre y corrió a abrazarme. Esa noche no me pegó, solo me miró furioso. Por muchos días dejó de hablarme.

Desde ese día, la tensión en la casa se hizo insoportable. Ricardo me evitaba, pero sentía su mirada sobre mí, acechándome en cada esquina. Supe que, tarde o temprano, la furia estallaría.

Pasaron los días y noté que Cuqui no respondía al llamarla. La busqué por horas en toda la casa. Hasta que Ricardo me gritó desde el jardín. Corrí a donde él estaba pensando que había encontrado a la perrita. Entonces, lo vi sellando un hueco que había abierto en la tierra. «De alguna manera tenías que aprender que a tu padre no le puedes ofender o pegar», dijo y se marchó. 

No podía creerlo. ¿Qué le pasó a Cuqui?, la asesinó, la echó a la calle o la regaló. Nunca lo supe. No tuve el valor de escarbar la tierra para ver si su cuerpo yacía ahí. Mi mamá tampoco me afirmó algo. Quedó en incógnita. Y yo quedé dolida, triste, ansiosa, un poco más temerosa. 

Siendo adolescente, me enamoré de mi mejor amiga. Andábamos juntas todo el tiempo. No sabía ponerle nombre a mis sentimientos, lo que sí conocía era que me gustaba estar cerca de ella, incluso, llegué a besarla —algo extremadamente valiente de mi parte—, pero ella se marchó. Luego le expliqué que había sido un juego de amigas, pedí disculpas y seguimos siendo inseparables.  

Cada vez que Ricardo —que no lo sabía, pero seguramente sospechaba— me veía con una amiga, cada vez que reía o mostraba felicidad, él encontraba la manera de hacerme sentir pequeña, de hacerme sentir culpable por ser quien era. 

Hubo una tarde en particular que nunca olvidaré. Tenía 19 años y había invitado a una compañera de clase a la casa. Estábamos en el jardín, hablando de los estudios y del futuro, cuando mi padre salió furioso. Nos separó bruscamente y me arrastró al interior. Me golpeó y me gritó que era una ingrata y mala hija. «¿Qué te crees, niña? No puedes andar con esas locuras», me gritó mientras me golpeaba.

Si se bestializó al verme con otra mujer que no era más que una colega, sería horrible si le contaba la verdad, si le explicaba quién era. En ese momento, me convencí de que debía esconderme, ocultar mi verdadera identidad.

Antes no se hablaba de la diversidad sexual y la violencia de género, sin embargo, no dejaba de ser una realidad palpable. 

Tenía 27 cuando decidí que Ricardo dejaría de controlarme. Comencé a salir con mujeres que vivían y disfrutaban su sexualidad a plenitud, fuese de manera abierta o en secreto. En una de esas salidas, conocí a Rosa, mi primera y única pareja. Fue un momento liberador, pero al mismo tiempo, un riesgo constante.

Nuestra relación fue un refugio, un espacio donde pude ser auténtica. Ricardo nunca aceptó mi orientación sexual. Una vez, estalló de furia cuando Rosa pasó a buscarme para ir al cine; nunca le dije que era mi novia, más él imaginó algo similar y no se detuvo. Fue una de las peleas más brutales. Me amenazó con echarme de casa, pero yo estaba decidida a no dejarme vencer.

Con el tiempo, nuestra relación parental se volvió insostenible. Finalmente, a mis 30 años, abandoné el hogar familiar. Considero que fue un acto de valentía, pero también de dolor. Pasé tiempo sin hablar con él, sintiendo que había perdido una parte de mí, pero sabía que era necesario para mi sanación. Lo que más me molestó fue dejar a mi mamá atrás con ese hombre.

Rosa y yo comenzamos a vivir juntas. Para su familia era su novia; para sus vecinos, vecinas y colegas del trabajo, su amiga. Nunca nos casamos —las leyes no lo permitían—, no tuvimos hijos, pero sí varios gatos y perros. Construimos una relación muy linda y sana. Rosa falleció de cáncer al cumplir 53. Cada día de su cumpleaños le llevo flores a su tumba y converso con ella.  

También cuidé de mi madre hasta el final de sus días. Ella siempre supo que era lesbiana, aunque nunca lo hablamos abiertamente. Creo que, en el fondo, me comprendía y me aceptaba. Después de la muerte de mi mamá, Ricardo se quedó solo. Su salud también se deterioró y yo, a pesar de todo el daño hecho, decidí atenderlo. No lo hice por él, lo hice por mi madre. Sentía que era mi deber honrar su memoria.

Ricardo falleció y su muerte liberó la casa del silencio. Finalmente, pude hablar, contar mi historia, romper las cadenas del pasado. Cuando falleció, sentí una mezcla de alivio y tristeza. 

Nunca me pidió perdón, nunca entendió el daño que me causó. Pero también entendí que el perdón no siempre llega de la otra persona. A veces, tenemos que dárnoslo a nosotras mismas para poder seguir adelante.

 

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