La historia de las Brigadas Internacionales de Mujeres “Cilia Flores por la Paz” comienza como un gesto de afirmación y resistencia en medio de un tiempo convulso. Desde Venezuela, en febrero de 2026, se lanzó al mundo la convocatoria de una red global de mujeres que se reconocen como protagonistas de la defensa de la soberanía y la paz.
El acto fundacional, transmitido simultáneamente con voceras de los cinco continentes, fue más que un evento virtual: fue la irrupción de un feminismo que se asume internacionalista, antiimperialista y profundamente comprometido con la vida. La consigna que atravesó la jornada, “Si nos tocan a una, nos tocan a todas”, condensó la voluntad de transformar la sororidad en acción política organizada, de pasar de la consigna a la práctica concreta.
Las primeras semanas marcaron el pulso de esta iniciativa. Se abrieron inscripciones en consulados y embajadas, se organizaron foros internacionales sobre las sanciones económicas como arma de guerra de género, y se desplegó una ofensiva comunicacional que inundó las redes con testimonios de mujeres que enfrentan el bloqueo y la escasez. El hashtag #BringThemBack se convirtió en bandera digital, reclamando la liberación del presidente Nicolás Maduro y de la diputada Cilia Flores, secuestrados en un episodio que las brigadistas denuncian como violencia política y machista.
La primera ofensiva diplomática llevó la proclama “Mujeres del mundo por la paz, la soberanía y la dignidad de la Patria Grande” a sedes de la ONU y embajadas, exigiendo el fin de las sanciones y la restitución de la voluntad popular. Fue un gesto que buscó romper el cerco mediático y colocar la defensa de la soberanía como un acto feminista en sí mismo.
El encuentro presencial de la Brigada en Caracas, celebrado los días 7 y 8 de marzo, fue el momento de materializar en abrazos y debates lo que había nacido como convocatoria virtual. Mujeres de distintos países se dieron cita en la capital venezolana para compartir experiencias, articular estrategias y reafirmar que la solidaridad internacionalista no es un gesto simbólico, sino una práctica concreta.
Las jornadas coincidieron con el Día Internacional de la Mujer, lo que dio un sentido aún más profundo a los diálogos. Allí se escucharon voces diversas —campesinas, obreras, intelectuales, afrodescendientes, indígenas— que, desde sus realidades, coincidieron en que la defensa de la soberanía y la paz es inseparable de la lucha feminista. Caracas se convirtió en un epicentro de ternura organizada, donde la palabra y la acción se entrelazaron para proyectar al mundo un mensaje de resistencia y esperanza.
La Brigada se presenta como un muro de conciencias que articula soberanía, paz y justicia social. Sus principios rectores son claros: feminismo internacionalista, defensa de la vida, soberanía y autodeterminación, solidaridad concreta y denuncia del fascismo. En su narrativa, el patriarcado y el capital son una alianza criminal que se expresa en el imperialismo estadounidense y sus aliados.
Los símbolos de resistencia son múltiples: Cilia Flores como “Primera Combatiente” y víctima de violencia política; y las mujeres anónimas de Venezuela y Cuba que sostienen la vida en medio del asedio. La Brigada busca contrarrestar la guerra mediática y psicológica, la criminalización de la mujer revolucionaria y la agresión a la soberanía, posicionando la verdad de los pueblos en la agenda feminista global.
La proclama que acompaña a las Brigadas amplía el horizonte de esta lucha. En ella, las mujeres del mundo —feministas populares, campesinas, obreras, indígenas, afrodescendientes, intelectuales, trabajadoras y cuidadoras de la vida— se reconocen como militantes de la esperanza y del amor. Declaran que la defensa de la soberanía de los pueblos es también la defensa de la vida y la paz, porque cada agresión imperial se traduce en más pobreza, más violencia y más desigualdad para quienes cargan con las tareas del cuidado y la reconstrucción de la esperanza colectiva.
Inspiradas en la Proclama de América Latina y el Caribe como Zona de Paz, adoptada en 2014 por la CELAC, las brigadistas levantan esa bandera como símbolo vivo de dignidad y compromiso. La paz, afirman, no es una consigna abstracta: es el derecho de las hijas e hijos a crecer con libertad, el derecho de las comunidades a decidir su destino sin sanciones ni intervenciones, y la condición indispensable para que las mujeres ejerzan plenamente sus derechos políticos, económicos y sociales.
La denuncia de los ataques perpetrados el 3 de enero contra la estabilidad de Venezuela, con el secuestro de Nicolás Maduro y Cilia Flores, se convierte en un eje central de la proclama. Estos hechos son presentados como parte de una estrategia sistemática de agresión contra los pueblos que han decidido caminar con dignidad.
Las mujeres advierten que las guerras económicas y las agresiones políticas tienen rostro femenino, porque son ellas quienes enfrentan primero la escasez, quienes organizan la solidaridad en las comunidades y quienes defienden la vida cuando se intenta quebrar la esperanza. Por eso declaran con claridad: atacar a los países es también atacar a las mujeres que sostienen la resistencia popular. Y exigen la liberación incondicional y el retorno seguro de Maduro y Flores, denunciando que el secuestro de la voluntad popular es una afrenta a la democracia, al derecho internacional y a la dignidad de los pueblos.
La proclama también se inscribe en una tradición de lucha contra el imperialismo, alzando la voz contra la anacrónica Doctrina Monroe y contra toda forma de dominación que pretenda convertir a América Latina y el Caribe en territorio subordinado. El feminismo que aquí se articula es profundamente antiimperialista, porque reconoce que no habrá emancipación de las mujeres mientras los pueblos permanezcan colonizados y sometidos al saqueo y al bloqueo.
Reafirma la lucha contra el patriarcado imperial y por la independencia de los pueblos, inseparable de la justicia social, la igualdad y la dignidad. Y hace un llamado urgente a las mujeres del mundo a organizarse y movilizarse en comunidades, sindicatos y movimientos sociales, a levantar la voz en defensa de la soberanía de Venezuela y Cuba, a rechazar las sanciones y bloqueos, y a transformar la solidaridad en fuerza activa por la paz.
Para las cubanas que participaron en ese encuentro, la experiencia tuvo un significado profundo. Llegamos como delegación en respuesta a una convocatoria por la justicia social, llevando en nuestras voces la realidad que vivimos y que viven hoy las mujeres en la isla. Recibimos el cariño de los países y la sororidad de esas mujeres que nos abrazaron con solidaridad incondicional. Fue también un espacio para dar a conocer la verdad de Cuba, la resistencia cotidiana de las mujeres frente al bloqueo, la creatividad con que sostenemos la vida y la esperanza en medio de las carencias.
Esa acogida nos confirmó que la sororidad internacionalista no es un gesto retórico, sino un acto concreto de acompañamiento y reconocimiento mutuo. La delegación cubana encontró en las Brigadas un escenario para visibilizar la dignidad de nuestras luchas y para sentir que no estamos solas: que la ternura organizada de los pueblos se convierte en fuerza política cuando se comparte.
Es la historia de un feminismo que se niega a ser neutral frente a la guerra no convencional. Es la historia de mujeres que, desde múltiples geografías, levantan la voz para decir que la paz no es un discurso vacío, sino una condición indispensable para la vida digna. Frente al odio que pretende dividir, las brigadistas oponen la ternura organizada de los pueblos. Frente al bloqueo, levantan la solidaridad como bandera. Frente al secuestro de líderes, afirman que atacar a un pueblo es también atacar a las mujeres que sostienen la resistencia popular. Y frente a la amenaza imperial, proclaman que el Caribe es un mar de encuentro entre pueblos hermanos y no un escenario para despliegues militares.
La iniciativa se inscribe en una genealogía de luchas latinoamericanas que han sabido vincular la emancipación de las mujeres con la independencia de los pueblos. Retoma esa tradición y la proyecta hacia un escenario global, donde la defensa de Venezuela y Cuba se convierte en símbolo de una batalla más amplia contra el patriarcado imperial.
En ese sentido, las Brigadas Internacionales de Mujeres “Cilia Flores por la Paz” no son solo una organización, son un relato colectivo que busca transformar la solidaridad en acción, la consigna en práctica, la esperanza en resistencia. La luz de esperanza que Venezuela ha encendido no se apagará, porque cuando los pueblos resisten, las mujeres del mundo resisten, y cuando un pueblo vence, también vence la dignidad de la humanidad.




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