viernes, 6 de febrero de 2026

Mi tía de La Habana


Por Sheila Carbonell Hernández

La participación constante de las mujeres en la construcción de la Revolución no fue solo un apoyo, sino el pilar sobre el cual se levantaron sueños de igualdad. Supuso, además, un cambio radical en el pensamiento y el comportamiento de una sociedad que redefinió el lugar de la mujer. 

La protagonista de esta historia es una de esas mujeres que merecen salir a la luz. Nena, o "la nena", como cariñosamente se la conoce, nació en la provincia de Pinar del Río en 1943. Cuando triunfó la Revolución en 1959, acababa de cumplir quince años. Con solo dieciséis, se unió a su prima Olga para unir a otras mujeres a la recién fundada Federación de Mujeres Cubanas (FMC). Nena recuerda que, por las mañanas hasta la tarde, se dedicaba a las labores domésticas en casas de familias adineradas que permanecían en el país. 

Eran horas de trabajo y esfuerzo, pero su mente ya volaba hacia otro futuro. Por las tardes acompañaba a su prima a explicar a las mujeres de las comunidades campesinas qué significaba ser federada, la importancia que la Revolución otorgaba al pensamiento y acción femeninas en todas las esferas de la sociedad; y por qué, desde ese momento, la mujer cubana ocuparía una posición de igualdad y equidad. 

Con emoción y alegría, Nena evoca cómo, cuando tenía diecisiete años, Olga le comentó que estaban buscando mujeres para trabajar en La Habana. "Necesitan manos y corazón", le dijo. Su tarea consistiría en cuidar, enseñar, alimentar y apoyar en todo lo necesario a niñas, adolescentes, y jóvenes campesinas que llegarían del oriente del país en un mes, para permanecer un año en la capital. En ese instante, decidió aportar su granito de arena a la petición del gobierno revolucionario. Fue una decisión difícil para su edad, pues significaba alejarse de su familia y mudarse a una ciudad que no conocía, pero entendió que era lo que el momento exigía. 

Una semana después, se encontraba en el municipio Playa, en el reparto Miramar, preparando las condiciones para recibir a cientos de campesinas becadas en aquellas colosales viviendas. 

La compañera Elena Gil Izquierdo, jefa del Plan Ana Betancourt, les explicó al grupo de voluntarias que este programa educativo tenía como objetivo brindarles a las becadas una cultura general integral durante un año, tras el cual regresarían a sus hogares. "No solo les enseñarán a leer y escribir, rememora que les dijo Elena Gil Izquierdo, les enseñarán que su voz también cuenta".

Nena recuerda que no había mucha diferencia de edad entre las becadas y las trabajadoras. Muchas de aquellas "niñas" , como las llamaban, comenzaron a decirle "tía". 

                          

Con mucho cariño, relata cómo les enseñó a usar el baño las niñas decían que no podían ensuciar una cosa tan blanca, limpia y bonita cómo reaccionaron al tener su primera menstruación - creían que estaban enfermas, dice con ternura la nostalgia y la alegría que sentían cuando recibían noticias de sus familias; y cómo se reunían tías y sobrinas para escuchar el programa radial Nocturno y la hora de despedir al primer grupo para recibir al segundo. 

La historia de Nena es la misma que la de muchas jóvenes que decidieron convertirse en "tías" de cientos de muchachas becadas. Fueron hermanas, madres, y maestras de niñas y adolescentes que, hoy en día, las recuerdan con mucho cariño. 



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