domingo, 15 de febrero de 2026

La riqueza de lo vivido


Por Marilys Suárez Moreno

A pesar de sus 92 años cumplidos en noviembre, Iluminada González Lumi, como la llaman vecinos y familiares, se precia de ser una mujer activa, que hace todo los quehaceres de su casa y los domingos va para la iglesia, a bastantes cuadras de su domicilio y a la cual jamás falta, salvo que se sienta mal, dice. 

Nunca tuvo hijos y su esposo hace años que falleció. Solo le quedan dos sobrinas y un cuñado, mayor que ella. Las primeras a cada rato se la llevan a pasar el día con ellas y luego la regresan.

Pero Lumi es una mujer feliz que sale a conversar con los vecinos, porque en la casa a veces se aburre. Hace sus propios mandados y hasta los de otra vecina menor que ella en edad, pero incapacitada y sola. 

Negra y mujer, tuvo pocas opciones de estudio, pues su familia era muy pobre y la madre se tuvo que colocar de doméstica para mantener el hogar y a sus cinco hijos. El padre las había abandonado apenas nació la quinta, Lumi, y ella ni lo conoció siquiera.

Como su madre, tan pronto cogió un poco de cuerpo se colocó de manejadora en una familia rica que, aunque la trataban bien, siempre tuvieron sus propias reservas raciales, expresadas en frases, algún que otro gesto denigrante y en la forma en que establecían las diferencias.

Así aprendió lo que era sentirse discriminada y hasta postergada, pero nunca dejó de sonreír y ser una persona solidaria y atenta con los demás. "Herencia de mi madre", dice, con sus ojos ya apagados por las cataratas, pero con una brillante sonrisa siempre a flor de labios. Algo que la distingue, pues Lumi sonríe todo el tiempo y es amable y muy querida por sus vecinos.

Acostumbrada a los duros trances de la vida, acumula una vida rica en experiencias. Como ella dice, ayudó a criar y a formar los hijos de otras y nunca fue bendecida con los suyos propios. Según explica, si en la infancia o adolescencia, se comportan groseramente con las personas mayores, en su casa o en la vía pública, es porque ya hace rato que acostumbra a tener ese comportamiento.

Si el menor escucha opiniones respecto a criterios y costumbres que desfavorecen la imagen de la ancianidad, con el tiempo se forma una idea poco edificante de los mayores. 

Escucharlos, tratarlos con respeto, como el tesoro que encierran en su sabiduría es tarea no solo de familiares y cuidadores, sino de toda la sociedad. 

Lo digo por experiencia, en esta etapa de la vida, las personas son más sensibles y les gusta saber que aún son útiles respecto a cualquier actividad.

Quizás y es lógico, no pueden hacer las cosas que antes hacían, pero les gusta ayudar de alguna manera a los suyos y no ser vistos como un traste viejo, sino desde la sabiduría que le dan sus muchos años de vida.

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