sábado, 21 de febrero de 2026

La lengua materna: casa, herida y matria invisible

 


Por Lianne Garbey Bicet

Existe un territorio que no aparece en los mapas, pero que todas habitamos. No tiene fronteras físicas, ni aduanas, ni ejércitos que lo custodien. Se hereda por el oído, se amasa en la cocina y se entrega, como un secreto sagrado, en el susurro de las nanas a medianoche. Ese territorio es la lengua materna, un mapa invisible de identidad y pertenencia colectiva. 

Por eso cada 21 de febrero, el mundo celebra el Día Internacional de la Lengua Materna, una fecha que a menudo se llena de estadísticas sobre idiomas en extinción y tratados internacionales. Sin embargo, para nosotras, la efeméride tiene un nombre más dulce y una raíz más profunda.

Históricamente, la lengua materna ha sobrevivido gracias a la resistencia silenciosa de las mujeres. Mientras el ámbito público, la política, el comercio, las leyes, exigía la adopción de lenguas hegemónicas, el ámbito privado se convertía en un búnker cultural. 

Fue en el calor de los fogones donde se preservaron los giros idiomáticos, los nombres de las plantas medicinales, los rezos para el bienestar y los refranes que hoy nos dan identidad. Pues como bien afirmara la antropóloga y pensadora feminista Rita Segato:  

“Las mujeres han sido las encargadas de la reproducción de la vida, y en esa reproducción va la lengua, la memoria y el arraigo que impide que los pueblos se desintegren bajo la presión de la historia.”

Pero lamentablemente en la actualidad hay miles de idiomas al borde del olvido, arrastrando cosmovisiones: palabras para vientos específicos, duelos colectivos o amores imposibles que sumergen a muchas personas en un duelo cultural. Un fenómeno que definió con lucidez el pensador George Steiner. 

“Cada lengua es una ventana abierta a un paisaje único. Cuando una lengua muere, una ventana se cierra para siempre y el mundo se vuelve un poco más pequeño, un poco más oscuro.”

Por eso en Mujeres, creemos que cada vez que una palabra materna cae en el olvido, nuestra visión del mundo se vuelve más plana, más gris y menos diversa. 

La lengua materna es la que nos permite decir "casa", "dolor" o "esperanza" con una vibración que ningún otro idioma aprendido después podrá replicar jamás. Es la lengua en la que soñamos y en la que, inconscientemente, buscamos consuelo en los momentos de crisis.

En un mundo globalizado que empuja hacia la homogeneidad, defenderla es defender también el derecho a la diferencia. No se trata de rechazar los idiomas que nos conectan globalmente, sino de no permitir que la lengua del corazón sea relegada al estatus de "dialecto" o "curiosidad folclórica".

La era digital plantea retos y salvavidas. Aplicaciones de traducción y archivos de audio preservan voces minoritarias, mientras la Intelegencia Artificial podría democratizar diccionarios olvidados. Pero la hiperconexión también empuja al monolingüismo global. 

Hoy más que nunca debemos ser conscientes de que la lengua materna es un tejido vivo. Cambia, se estira, se contamina de modernidad, pero mantiene su esencia nutritiva. Es nuestra responsabilidad evitar que ese hilo se corte por desuso o por vergüenza social.

Reivindicar nuestra lengua materna es, en última instancia, reivindicar nuestra genealogía. Es honrar a aquellas antecesoras que, a pesar de las prohibiciones coloniales, las presiones sociales o el menosprecio institucional, guardaron esas palabras, como quien guarda una semilla en tiempos de sequía, para que hoy nosotras pudiéramos pronunciarlas con orgullo.

Más allá de los números, estadísiticas y curiosidades esta es una fecha para actuar: contar una historia a las nuevas generaciones, escribir una carta a una amiga en dialecto familiar, escuchar algún podcasts en lenguas vecinas o simplemente recordar una frase que siempre decían nuestras abuelas porque mientras una mujer pronuncie su historia, la humanidad tendrá refugio contra el olvido.


No hay comentarios:

Publicar un comentario