Por Lianne Garbey Bicet
Existe un territorio que no aparece en los mapas, pero que todas habitamos. No tiene fronteras físicas, ni aduanas, ni ejércitos que lo custodien. Se hereda por el oído, se amasa en la cocina y se entrega, como un secreto sagrado, en el susurro de las nanas a medianoche. Ese territorio es la lengua materna, un mapa invisible de identidad y pertenencia colectiva.
Por eso cada 21 de febrero, el mundo celebra el Día Internacional de la Lengua Materna, una fecha que a menudo se llena de estadísticas sobre idiomas en extinción y tratados internacionales. Sin embargo, para nosotras, la efeméride tiene un nombre más dulce y una raíz más profunda.
