viernes, 13 de febrero de 2026

Cuando los cortes se tiñen de rojo y resistencias

Por Aime Sosa Pompa

Hay una frase que resuena en las páginas de este libro, incluso después de leer su impactante final, como si una campana en la oscuridad alertara sobre los sinsabores que llegarán del futuro: «La resistencia es el secreto de la alegría».

Desde que Alice Walker, esa singular activista afroamericana las escribió en 1992, esas palabras no se convirtieron en un lema publicitario ni en una consigna efímera. Las dice Tashi, el personaje principal de El secreto de la alegría (Possessing the Secret of Joy) que ya antes habíamos conocido en El color púrpura (The Color Purple). Ella está bordando con hilo rojo el vestido que usará para enfrentar la silla eléctrica. Su crimen: haber asesinado a otra mujer, M'Lissa, quien con un cuchillo ritual le arrebató su infancia, le destrozó el cuerpo, y considera es la responsable directa de la muerte por sangramiento de su hermana Dura, que no sobrevivió a ese mismo procedimiento.

Parecen voces rotas las que están escritas en la novela. Nos invitan a escuchar un yo privado contando una historia sobre las otras tantas mutilaciones genitales femeninas que ocurren en un mundo quizás muy lejano para las lectoras cubanas. Walker se despoja del traje de antropóloga distante, alejándose con buenas luces de cualquier moralista occidental.

Cuando una mujer mata a otra mujer las interrogantes son dispares. El por qué en esta poca ficción, se cuenta desde las entrañas de quien sobrevive a lo indecible y probable. Si estuviéramos en ciertos escenarios, escucharíamos monólogos que zigzaguean entre la locura y la lucidez, corriendo pausadamente entre verdades incómodas: callar sobre esta violencia es ser cómplice, ocultar que aún se ejecutan en el siglo XXI es aplaudir lo arcaico de una práctica que solo puede satisfacer a quienes despojan del simple derecho de ser a niñas, adolescentes y mujeres. 

Cualquier persona podría condenar el casi limpio asesinato enarbolando un espejo inclemente. ¿Por qué Tashi, una mujer Olinka, tribu ficticia inspirada en pueblos reales del África occidental; decide, en plena conciencia transformar su dolor en una venganza con sus propias manos? ¿Puede justificarse el final de esa vida que comenzó en una aldea y la llevó hasta el corredor de la muerte en los Estados Unidos?

Responder es seguir denunciando una complicidad global: los antropólogos que romantizan la mal llamada tradición étnica y rito cultural; los gobiernos que miran hacia otro lado engrosando cifras de víctimas; los psiquiatras que diagnostican esquizofrenia cuando desoyen los gritos de los cuerpos tallados con hojas de afeitar, bisturíes, tijeras, o cuchillos sin anestesias. ¿Cuántas caminan entre nosotras compartiendo el peso de lo cultural y un patriarcado que sigue manchándose imponentemente sus manos con sangre?

Según la Organización Mundial de la Salud, más de 200 millones de mujeres y niñas vivas han sufrido alguna forma de mutilación genital en treinta países, principalmente en África, Medio Oriente y Asia. Pero el problema no puede seguir siendo allá, tiene que ser aquí, en cada mirada que evita el tema por respeto a otras culturas.

La novela de Walker rompe ese pacto perverso entre el relativismo cultural y el patriarcado tácito. Porque ninguna tradición justifica arrancar el clítoris de una niña de seis años o de una bebé de meses. Ningún dios exige ese sacrificio, mucho menos una diosa. Como escribe Walker con crudeza: «La religión es una excusa elaborada por lo que el hombre le ha hecho a las mujeres y a la tierra», —y que le duela a quien le duela.

Leer, releer y comentar sobre El secreto de la alegría es, como hizo June Jordan, amiga y compañera de luchas de Walker, alzar la voz sin pedir permiso. Es entender que las mujeres africanas, como la propia Tashi, no necesitan salvadoras blancas, sino aliadas que amplifiquen sus propias resistencias.  

En Cuba, donde el debate sobre los derechos corporales de las mujeres avanza con pasos firmes, esta novela merece su espacio con especial urgencia. Heredamos otras violencias que cosifican el cuerpo femenino: la medicalización excesiva del parto, la estética impuesta, el acoso callejero normalizado… Walker nos enseña que muchas opresiones están tejidas con el mismo hilo. Que el cuchillo de M'Lissa y el bisturí innecesario, responden a la misma lógica: nuestros cuerpos como territorios a conquistar.

La consciente lectura de esta novela es un acto político no disfrazado para honrar a Dura, una niña africana que murió desangrada, y a las miles de niñas con nombres que nunca conoceremos. Es entender que la resistencia no siempre es dulce ni pacífica; a veces, como en Tashi, es roja, como la sangre que nos piden en sacrificio, es roja, como el vestido que cose antes de morir. 

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