Por Aime Sosa Pompa
Hoy, cuando la tradición de la Marcha de las Antorchas en homenaje a José Martí ilumine muchas calles de Cuba, debe recordarse con orgullo que, en aquella primera y valiente noche del 27 de enero de 1953, las centelleantes luces que marcaron el camino hacia la Fragua Martiana también fueron concebidas y sostenidas por mujeres.
Detrás del simbólico desfile que desafiaba a la dictadura de Fulgencio Batista, estaba el Frente Cívico de Mujeres Martianas, fundado tras el golpe de Estado de 1952.
Aquella noche se iluminó con una procesión de antorchas que avanzaba desde la colina universitaria. Al frente, una caravana de vehículos de prensa cinematográfica y televisiva documentaba cada instante del impetuoso desfile.
Inmediatamente después, una oleada de universitarios y estudiantes de segunda enseñanza portaba con orgullo una inmensa bandera cubana, cuyos colores vibraban bajo el resplandor de las llamas. Tras la enseña nacional, avanzaban en formación compacta y unida, cogidas del brazo, las integrantes del Frente Cívico de Mujeres Martianas.
Cerrando esa estampa de fervor patriótico, se distinguía la figura de Fidel Castro, flanqueado por el grupo de jóvenes que, solo meses después, escribiría una de las páginas más audaces de la nación. A lo largo del recorrido, el contingente se fortaleció con la incorporación de participantes que llegaban directamente del Palacio de los Yesistas, donde acababa de clausurarse el Congreso Martiano en Defensa de los Derechos de la Juventud, fusionándose en una sola marcha el ideario de Martí y la determinación de una generación dispuesta a cambiarlo todo.
Entre esas audaces mujeres se destacaba Rosita Mier López (Guanajay, 5 de julio de 1927/ La Habana, 21 de enero de 2025), de 25 años entonces, quien décadas después contaría algunos detalles de cómo nació aquella marcha.
“Las discusiones eran tremendas, todo el mundo quería hacer su aporte y todas esas cosas, recordaba ella sobre las reuniones en el habanero hospital Calixto García, donde acudían a visitar al estudiante herido y luego mártir Rubén Batista Rubio.
Fue en ese ambiente de preocupación y fervor revolucionario donde, surgió la idea de una marcha con antorchas. La propuesta, inicialmente recibida con escepticismo, —“eso era cosas de fascistas”, comentaban algunos—, terminó por entusiasmar a todos.
Fue Alfredo Guevara quien, con sensibilidad y visión, insistió en que “la proposición debía hacerla una mujer para darle un sentido más emotivo”.
Conchita Portela, vicepresidenta de la Escuela de Pedagogía conocida por ser una persona muy firme en sus convicciones, fue la indicada para hacerla en la reunión del Ejecutivo de la Federación Estudiantil Universitaria (FEU), presidida en esos momentos por Joaquín Peláez.
Cuando se planteó la idea fue unánimemente aceptada. La aprobación abrió una senda que traspasó el sincero y espontáneo tributo al Apóstol en su centenario.
El camino de Rosita Mier hacia lo que ella misma calificaría después como "una experiencia inolvidable" estuvo marcado por el hostigamiento y la valentía. En la tarde de ese martes, mientras aguardaba en Guanabacoa a Aida Pelayo, máxima dirigente del Frente Cívico de Mujeres Martianas, fue detenida por agentes del Buró de Investigación.
Allí, el teniente Juan Castellanos la amenazó: le advirtió que dispararían a Aida si participaba en la marcha y le sugirió que era "conveniente" no presentarse. La respuesta de Rosita fue un desafío silencioso y color escarlata: "Iré con un abrigo rojo al lado de ella".
Aunque fue liberada, la vigilancia fue constante: fue detenida nuevamente camino a la casa de una compañera, antes de lograr finalmente su libertad y encaminarse hacia la cita histórica. Ya en la marcha, Rosita cumplió su palabra. Avanzó cogida del brazo de Aida, con su abrigo rojo como un estandarte de desafío, protegiendo a su compañera, quien desconocía el peligro que sobre ella se cernía.
Cuando Aida preguntó por su antorcha, Rosita, en un gesto de protección y símbolo de colectividad, le respondió: "Tú no llevas antorcha, nosotras te llevamos a ti". Del otro lado de Aida caminaba Pastorita. Al compartirle las amenazas de Castellanos y el riesgo que corrían, la respuesta de Pastorita selló con firmeza revolucionaria el pacto entre ellas: "En todo caso nos matarán a las tres".
Al evocar aquella primera acción símbolo de toda una generación, hay que nombrarlas y recordar que en un tiempo donde el espacio público era hostil para la mujer, ellas ocuparon las calles no solo con antorchas, también con las fuerzas de sus ideas y cogidas del brazo, formaron una columna de dignidad y coraje, marchando entre las consignas de ¡Revolución!, ¡Revolución!”. Eran parte del pueblo rebelde, digno y fiel al José Martí de la manigua redentora, cuya luz, encendida en 1953, ellas ayudaron a llevar, sin vacilar, hacia este futuro.


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