Texto y fotos: Onelia Chaveco
Ser escritora en un municipio de montaña y mantener la producción de obras literarias durante varias décadas, es un reto afrontado por Magaly de las Mercedes Ojeda Pozo, quien se mueve entre la poesía y la narrativa. Y entre estas, la narrativa para niños.
Magaly nació y se crió en Cumanayagua, la única localidad montañosa de la provincia de Cienfuegos, que no solo resulta fértil en la producción de café, en sus reservas boscosas y en ser emporio para la cría de cateyes y cotorras. También es la tierra de las hermosas cataratas del Nicho, de leyendas y controversias campesinas.
Ese ambiente rural, de güijes y ríos, persigue a la protagonista por entre las páginas de sus propios libros, como cuando me lee un pasaje que dice: “Los duendes del rincón oscuro de mi abuela salieron de la casa con tejas encendidas y nos rodearon con una nube de humo. Al poco rato ya estábamos todos con las lágrimas afuera y tosiendo. Pero sin avispa”.
Durante la más reciente feria del libro en Cuba, presentaron dos de sus textos en la capital cubana y en la ciudad de Cienfuegos: Desnuda y agradecida, y Crónicas Privadas para adultos, ésta última escrita con su hermano Antonio Ramón Ojeda Pozo, especialista en teatro.
La narrativa y la poesía convertidas en aguas que corren
El filo de la moneda fue el primer libro en salir, en 1992, con el sello de la editorial Mecenas, del territorio cienfueguero. Otros títulos de su autoría verían la luz para beneplácito de los lectores: Letra, pájaros fugaces y Detener el tiempo, ambos de poesía que, según la escritora, ha sido favorecida en la publicación de sus piezas poéticas.
Fundadora de la Asociación Hermanos Saiz, Magaly remonta el vuelo a los años 80 del siglo XX, cuando escribía artículos para la página cultural del periódico 5 de Septiembre. A su memoria vienen otros recuerdos como ráfagas: “Yo estoy aquí desde que se fundaron los talleres literarios, he sido jurado de concursos municipales, provinciales y nacionales, pero no tengo premios porque no me gusta concursar, soy una gente sencilla que solo le gusta escribir y la labor con los jóvenes, los niños, con el público en general.
Mantengo mis actividades literarias en las dos peñas fijas: La rana sorda en la Casa de Cultura Municipal y Soñar la palabra, con sede en el hogar materno.
“Para mí, lo que te dice si eres bueno como escritor, es el hecho de permanecer en la gente, en quien te lee, en quien valora tu obra y ese en definitiva es el público”.
Se lamenta que en la vertiente de literatura para los infantes no tiene nada editado, pues aunque posee varios temas ya redactados, no los ha presentado, porque siente que la encasillan en un género, pero generalmente trabaja para pequeños junto a la colega Ana Teresa Guillemí.
“Escribir para la infancia no es fácil, e implica muchos retos, no solo por la sensibilidad que debe tener quien lo hace y porque debes evitar posturas tales como el didactismo, la superficialidad, incluso tienes que delimitar para qué etapa o edad de la niñez vas a escribir, son muchos retos porque son muy inteligentes”.
La niñez rural: como pinceladas que colorean la narrativa
En las vivencias de esta entrevistada y en el latir de sus escritos se entreteje una historia de la ruralidad cubana que la niñez de ahora no conoce, y donde se podía ser feliz sin teléfonos celulares y otras modernidades.
“Por suerte mi abuelo tenía una finca y los fines de semana íbamos al campo, para hacernos cargo de enyugar los bueyes e ir al pozo a buscar agua; de procesar el maíz en un molino de piedra, y de echarle el rollón a las gallinas, a los guanajos y guineos silvestres Teníamos que recoger los huevos en los nidales de los linderos de los potreros, y de paso jugábamos a montar yagua loma abajo hasta caer en el charco. “…los muchachos de hoy en día no conocen nada de eso, pero tienes que decírselo de una forma, como si fuera un cuento, para que ellos digan esa historia me gusta, es linda. Creo que no se puede separar al escritor de la persona. Todo lo que tú vives forma parte de ese acervo que te inspira”.
Licenciada en Educación, ella trabajó como jefe de ciclo; impartió clases a los más pequeñines, en la enseñanza para adultos y para los maestros. Luego ocupó cargos administrativos como directora de la Casa de Cultura o especialista de cuadros de la dirección de Cultura.
Toda la vida ha vivido en Cumanayagua. Y es que este municipio le aporta las mejores vibras; al parecer posee algo en el aire, en la tierra o en las montañas, porque ha dado buenos escritores como Pepe Sánchez y Orlando Víctor Pérez Cabrera.
“Todos somos del mismo barrio y nos criamos juntos y ninguno de nosotros escribe igual, cada cual con su estilo. Aunque todos montaron yagüita - dice y se ríe a carcajadas- y jugábamos pelota en el medio de la calle o montábamos patines y bicicletas, y hacíamos campeonatos de juego de Yaqui. Tenemos una historia muy rica que nos duele se pierda, claro, entonces cada cual desde su parte está haciendo algo para continuar”.
Como ser mujer y no morir en el intento de escribir
Mientras cuela un café auténtico, Magaly cuenta sobre cómo es de difícil para las mujeres escribir. “Mucho más que para los hombres. Para nadie es secreto que a nosotras nos han dejado casi todas las tareas: tiene la responsabilidad del trabajo, luego la de la casa, con tus hijos, con el esposo. ¿Qué tiempo queda para una?. Para ti, para escribir. O para hacer lo que quieras.
“Entonces resulta muy difícil para una mujer sobresalir en un mundo dominado por hombres, incluso es complejo a veces para una mujer dar su punto de vista. Porque la obra que sale de una mujer no es considerada igual que la firmada por los hombres.
Por ejemplo, fíjate en los temas: los poetas escriben de la belleza de la mujer, del sexo, la sensualidad; pero cuando la mujer toca esos tópicos, entonces ya la enjuician, como si no pudiera hablar de erotismo. A ellos le aplauden esos abordajes, a las mujeres le miran entonces de reojo.
Creo que la literatura debería ser una plataforma donde las mujeres alcancen esa equidad con los hombres”. Y es un espacio, en el cual Magaly despliega su batalla contra esos entuertos que tratan de atar a las escritoras, ya sea a un género literario; a determinados espacios, por aquello de que hay muchas lomas y es difícil para las mujeres o a un público específico.
Cuenta que ha caminado toda Cuba, hasta en los más disimiles escenarios y compartido la lectura de sus obras, con la variopinta conformación de la sociedad cubana.
Ella sigue en Cumanayagua, apegada a su patio de cafetos, mangos y ciruelas; en su amplia terraza hasta donde llega la brisa untada de montañas y salpicada de manantiales, en una permanente evocación de la vida rural, esa que defiende a capa y a espada...y sobre todo con su pluma.



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