Fotos: Yoan Pérez González y cortesía de la entrevistada
Por Ana Esther Zulueta
Aleida Rodríguez Kato, artista Sensei nacida en Isla de la Juventud y descendiente de japoneses, considera que el mizuhiki —técnica tradicional japonesa de nudos decorativos— es mucho más que una expresión estética, representa vínculos, buenos deseos y tradiciones centenarias.
Esa práctica se originó en el año 607 después de Cristo, cuando un emisario japonés regresó de China con regalos decorados con cordones de cáñamo blanco y rojo, y el mizuhiki pasó de ser un símbolo de élite a una tradición popular, relata.
Apunta que aún se utiliza en territorio nipón para adornar sobres con dinero en ocasiones especiales, cada nudo transmite un mensaje único. Además, se ha adaptado a la creación de joyería de papel —como aretes, collares y adornos para el cabello— que se exhibe en eventos culturales y de moda, lo que mantiene vivo su uso incluso en sitios tan distantes como Cuba.
Descubrí el mizuhiki durante un curso organizado por la Agencia de Cooperación Internacional de Japón (JICA), dirigido a descendientes de esa nación —conocidos como nikkei— quienes preservan su identidad cultural mediante talleres, celebraciones y actos comunitarios. Desde entonces, continuo aprendiendo de forma autodidacta, explica.
Comenta que ha expuesto sus obras en la galería de arte Martha Machado y en foros vinculados a la cultura nikkei, además de participar en encuentros internacionales, ferias del libro y festivales, donde ha compartido y difundido esta expresión artística.
Su historia familiar se remonta a 1912, cuando el abuelo materno emigró desde Fukushima a Cuba en busca de mejores oportunidades. Se estableció en Demajagua, entonces Isla de Pinos, como parte de los primeros inmigrantes del país asiático que trajeron consigo sus costumbres.
Durante la Segunda Guerra Mundial, fue uno de los 350 hombres confinados en el Presidio Modelo, considerados enemigos de la República, mientras las mujeres asumieron el cuidado del hogar y las labores agrícolas, recuerda.
Aunque Aleida no convivió mucho con su abuelo, ha profundizado en la cultura japonesa a través de la comunidad nikkei. Junto a sus hijas, ha participado activamente en acciones que contribuyen a preservar ese legado.
Destaca valores como la disciplina, el respeto y la educación, pilares fundamentales de su herencia. “Ser nikkei es mucho más que un linaje: es un compromiso con la cultura, el trabajo y la familia”, afirma.
Expone que una de las tradiciones más significativas en la comunidad nipona resulta el O-bon, homenaje anual a los fieles difuntos que se celebra cada tercer domingo de agosto. En Cuba, el evento reúne a los descendientes en el panteón japonés, seguido de intercambios culturales y un almuerzo.
La comunidad más consolidada se encuentra en Isla de la Juventud, aunque también existen agrupaciones en La Habana y otras provincias que promueven la cultura japonesa, apunta.
Acota que, el arte del mizuhiki —con sus delicados lazos y significados profundos— representa ese tejido de historia, identidad y afecto que une a las comunidades nikkei dispersas por el mundo.
Tal arte tradicional japonés se ha convertido en una forma de vida que expresa el orgullo de su herencia y el deseo de mantenerla viva en cada gesto cotidiano.




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