Por Lisbel Quintana Castillo
A partir de las 12 del mediodía, tan puntuales como el programa televisivo que antes podíamos ver, se sienten los pasos escaleras, abajo y arriba. En la acera de la sombra, una pequeña cola; sí, pequeña como las que ya no se ven. Hay días que son dos o tres personas, y otros, hasta cuatro.
—Martica, ¿le quedan frijoles? —Es la pregunta reiterada de los vecinos del barrio. —¿Colorados o negros?, —es la incógnita que brota de los labios de la señora, que inició la venta de potaje para compensar o completar con su jubilación, un paquete de pollo o un pomo de aceite.
Marta es uno de los claros ejemplos de la mujer cubana: de las que vivieron el antes y el después; de las que defendían el antes y ahora no entienden nada. Desde temprano, el olor de sus frijoles despierta a los compradores. En una esquina de su balcón prende el carbón en una hornilla inventada.
En ese rincón pensó disfrutar su vejez, observando los atardeceres y el vuelo de las palomas, pero como no entiende nada y no hay tiempo para entender, monta dos ollas con los granos: una en la mañana y la otra por la tarde. Sus clientes fijos no defraudan, pues cuando sacas las cuentas, es más económico un cucharón de frijoles sazonados que los crudos a 350 pesos la libra.
En la espera te encuentras al más humilde de la cuadra, al más adinerado, a la enfermera del consultorio, al artesano de la esquina. Todos en la misma situación, esperando los frijoles de Marta. Ella es una de las tantas a las que le sobraron los años laborales. Saca la cuenta más allá de los frijoles, el sazón y el carbón. Saca la cuenta de lo vivido y lo que falta por vivir.
Se niega a que la consuman las horas de apagón. Cuenta una y otra vez su chequera, bien rápido porque es poca; y entonces se anima a escoger sus frijoles. Pues no hay nada más cierto que la cola para los frijoles de Marta.
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