jueves, 15 de octubre de 2026

Cuidar el hogar, descuidar el cuerpo




Por Mariacarla de Guadalupe Quincosa Guerra

Según la Unión Internacional de Trabajadores de Servicio Público, el 90% de los trabajadores de la limpieza son mujeres. Cada día, millones de ellas en todo el mundo empuñan una escoba o un trapeador sin saber que, en esa rutina aparentemente inofensiva, están exponiendo su cuerpo a una mezcla de sustancias químicas que pueden dañar sus pulmones, alterar sus hormonas y, en los casos más graves, contribuir al desarrollo de enfermedades crónicas.

No es una exageración. Un estudio citado por Time reveló que los trabajadores de limpieza profesional tienen un 43% más de riesgo de desarrollar Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica (EPOC) en comparación con la población general. Y aunque los riesgos son más evidentes en quienes limpian por oficio, la exposición doméstica no es un juego de niños.

Químicos invisibles

Los productos de limpieza que usamos a diario contienen compuestos orgánicos volátiles (VOCs) como acetona, metanol y 2-butoxietanol. Estos se evaporan fácilmente en el aire y, al inhalarlos, pueden irritar los ojos, la nariz y la garganta, además de provocar reacciones alérgicas. La exposición prolongada puede inflamar las vías respiratorias y, en casos graves, contribuir al asma o una EPOC.

Pero hay más, entre los ingredientes más peligrosos figuran los ftalatos, presentes en ambientadores, detergentes y jabones con fragancia, que actúan como disruptores endocrinos y provocan diversas afecciones en las mujeres, absorbiéndose por la piel, llegando directamente a los órganos.

También está el percloroetileno, una neurotoxina clasificada como «posible cancerígeno» que se encuentra en soluciones para limpieza en seco y quitamanchas; el 2-butoxietanol, disolvente que puede causar edema pulmonar y hepático, y el amoníaco, que afecta especialmente a personas asmáticas y, mezclado con lejía, produce un gas venenoso.

Aquí es donde el género se vuelve un factor determinante. Un informe de la Escuela de Salud Pública T.H. Chan de Harvard señala que las mujeres tienden a pasar más tiempo que los hombres haciendo tareas domésticas como cocinar y limpiar, por lo que enfrentan una mayor exposición a sustancias como los VOCs presentes en ambientadores, aerosoles, detergentes y limpiadores de horno. 

Mary Margaret Johnson, investigadora principal de esa institución, advirtió que incluso las mujeres sanas pueden enfrentar un mayor riesgo de asma de nueva aparición si usan aerosoles de limpieza con frecuencia.

La ficha de género del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) lo confirma: “Las mujeres y las niñas suelen encargarse de la gestión y la limpieza del hogar, lo que aumenta su exposición a las sustancias químicas tóxicas de los productos de limpieza”. 

A esto se suman factores fisiológicos, las mujeres almacenan más contaminantes ambientales en su cuerpo debido a su mayor proporción de grasa corporal, y el embarazo, la lactancia y la menopausia las hacen más vulnerables a los químicos tóxicos.

El impacto va más allá de lo respiratorio. Un estudio publicado en la base de datos de PubMed encontró que el riesgo de cáncer de mama se duplicó en el cuartil más alto de uso de productos de limpieza en el hogar.

Los disruptores endocrinos presentes en estos productos imitan la actividad hormonal del cuerpo, alterando procesos reproductivos y aumentando el riesgo de ciertos tipos de cáncer.

El caso cubano

En Cuba, la situación adquiere matices particulares. Los datos oficiales son elocuentes, aproximadamente 3 de cada 10 mujeres se ocupan exclusivamente del trabajo doméstico y de cuidados no remunerado, mientras que en los hombres esa proporción es de apenas el 0,7%. Es decir, la limpieza del hogar sigue siendo, abrumadoramente, una tarea femenina.

Una investigación sobre trabajadoras domésticas en Cuba documentó que, de 45 casos estudiados, 21 presentaban padecimientos de salud relacionados con su ocupación: afecciones respiratorias, alergias, hongos en las uñas, problemas de columna y ligamentos. 

Entre las prácticas laborales que conducen a estas enfermedades, el estudio identifica «el contacto con productos tóxicos u otros que tienen olores penetrantes (detergentes, cloro, desincrustantes)», presente en 26 de los casos.

Alternativas y precauciones

Los expertos consultados por Time recomiendan reducir el número de productos utilizados, un limpiador multiusos puede reemplazar varios especializados, y para tareas básicas el agua y el jabón suelen ser suficientes.

El cloro debe reservarse para situaciones específicas, y el peróxido de hidrógeno o el vinagre pueden ser alternativas más seguras, aunque este último debe usarse con precaución para evitar irritaciones respiratorias.

La ventilación adecuada, abrir ventanas y usar ventiladores, el uso de guantes y mascarillas N95 durante tareas intensivas, y evitar los aerosoles son medidas clave para minimizar la exposición.

El problema no es solo químico; es también social. La limpieza del hogar ha sido históricamente etiquetada como una tarea femenina, y esa asignación cultural tiene consecuencias directas sobre la salud de las mujeres. 

Como señaló la investigadora de Harvard Mary Margaret Johnson, los médicos «deberían educar a todas las mujeres, probablemente empezando por las embarazadas, para que tengan cuidado con lo que usan». 

Pero la responsabilidad no puede recaer solo en las mujeres. Se necesitan regulaciones más estrictas que obliguen a las empresas a revelar todos los ingredientes de sus productos, y políticas públicas que reconozcan el trabajo doméstico no remunerado como un factor de riesgo para la salud.

Mientras tanto, en cada hogar millones de mujeres seguirán limpiando. La pregunta es si lo harán con la información y las condiciones necesarias para que ese acto cotidiano de cuidado no siga cobrándose su salud.

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