Por Marilys Suárez Moreno
Extraordinariamente audaz y temerario, generoso y humanitario, Ernesto Guevara de La Serna, nuestro Che, insistió siempre en que nunca se dejara a un guerrillero a merced del adversario pues le esperaba una muerte segura. Ese principio lo aplicó en las selvas de Valle Grande, en Bolivia, a donde fue a parar con unos pocos de sus heroicos guerrilleros aquel 8 de octubre de 1967 en la Quebrada del Yuro.
Sus ideales marcaron su vida y el recorrido por ella fue heroico y dificultoso, también el accionar de victorias que propagaron su leyenda y memoria.
Desde entonces se intenta borrar su nombre. Mentiras, falsas historias, difamaciones de todo tipo han tratado de disminuir su grandeza de las más disímiles maneras.
Estuvo entre los expedicionarios del Granma y, al igual que nuestro lugarteniente general Antonio Maceo y Grajales, cuando cruzó la ruta de Oriente a Occidente al frente de un puñado de intrépidos mambises que nunca se rindieron, el Che fue el invasor de los llanos centrales de Cuba, un “maestro de la guerra” y “artista de la lucha guerrillera”, como lo calificó Fidel.
Fue un 8 de octubre de 1967 que supimos de su muerte física para convertirse en símbolo de rebeldía y esperanza. Su imagen asoma en camisetas y palayeras, pancartas, en manifestaciones estudiantiles, en reclamos obreros, en las más puras inquietudes juveniles. Se le recuerda en la Sierra Maestra, en Santa Clara, en su natal Argentina, y en Bolivia, donde hoy se le venera entre cirios y flores.
Amante de la familia y los hijos, fue siempre un padre amoroso, estricto y exigente, pero muy sensible. Un día se despidió de ellos, pero en sus recuerdos y corazón los llevaba consigo. En carta de despedida a Hildita, Aleidita, Camilo, Celia y Ernesto, les dijo:
“Crezcan como buenos revolucionarios estudien mucho para poder dominar la técnica que permite dominar la naturaleza. Acuérdense que la revolución es lo importante y que cada uno de nosotros, solo, no vale nada”.
Han pasado 69 años de su asesinato en aquella apartada escuelita de La Higuera en Bolivia, los que pensaron que matándolo acabarían con su ejemplo, no previeron cuan alto brillaría la estrella de su nombre.
Como dijo Fidel, aquí dejó como eterno legado “sus virtudes revolucionarias, nos dejó su carácter, su voluntad, su tenacidad, su espíritu de trabajo, en una palabra, su ejemplo.

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