Redacción Revista Mujeres
La escena en el plenario de Naciones Unidas fue tan breve como contundente. La delegación cubana decidió abandonar la sala cuando el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, insistió en presentar a Cuba como un “Estado fallido”.
El gesto, silencioso pero firme, se convirtió en un acto de resistencia política y de defensa de la soberanía nacional.
Trump, en un discurso marcado por la amenaza del uso de la fuerza, intentó imponer la narrativa de un país condenado al fracaso.
Sin embargo, la respuesta inmediata del canciller Bruno Rodríguez Parrilla reafirmó lo esencial: Cuba no es amenaza para nadie, es un país de paz que defiende su derecho a existir libre y soberano.
La solidaridad internacional no tardó en hacerse presente. Luiz Inácio Lula da Silva, presidente de Brasil, denunció desde el podio el embargo ilegal que somete a más de 10 millones de cubanos, describiéndolo como un castigo colectivo que el mundo observa con horror.
Sus palabras resonaron como un recordatorio de que la justicia y la cooperación deben prevalecer sobre la fuerza y la imposición.
La retirada de la delegación cubana fue la reafirmación de una historia de resistencia que atraviesa generaciones porque la soberanía no se negocia y que la verdad siempre se abre paso frente a la calumnia.

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