sábado, 20 de junio de 2026

Las grandezas de Doña Leonor



Por Marilys Suárez Moreno 

Ella libró con constancia y consagración la importante y crucial batalla de cuidar a su numerosa familia y aportar a la formación y personalidad de sus hijos valores como la modestia, la entereza y la defensa de la verdad, contribuyendo decisivamente a la formación ética y moral que hizo de su hijo el más universal de los cubanos.

El amor y la ternura que Leonor Antonia de la Concepción Micaela Pérez Cabrera ofreció a sus siete hijas y a su único varón, se trocó en dolor y angustia cuando su José Julián sufrió prisión y trabajos forzados en las canteras de San Lázaro, siendo apenas un adolescente.

Desterrado después por sus ideas políticas, nadie como su madre, sintió tanta pena por el peregrinaje y alejamiento forzoso que lo mantuvo por años fuera de la patria en que nació y en la que apenas pudo vivir, porque se vio ante la disyuntiva de escoger entre el amor a sus padres y hermanas y su deber con la Isla amada.

Pepe describió el hondo dolor de su progenitor durante aquellos días de su encarcelamiento y cómo él viejo querido buscaba colocarle unas almohadillas que su madre le había hecho para evitar el roce de los grilletes. 

Ya en prisión, Leonor iba todos los días con sus hijas a la oficina del Gobernador a pedir la libertad del hijo prisionero “con ideas peligrosas”, según las autoridades españolas.

 Muchas penas le esperarían a Doña Leonor, nacida en Santa Cruz de Tenerife, Islas Canarias el 17 de diciembre de 1828, radicada en Cuba desde los 14 años y casada con el valenciano Don Mariano Martí y Navarro, con quien procreó ocho hijos.

Si algo llenó su existencia de luz, fue aquel 28 de enero de 1953, cuando nació Pepe, su único varón entre tantas niñas, y quien se convertiría en un hermano devoto de ellas.

Tierna, digna y virtuosa, Leonor se creció ante los ojos de su hijo aquella noche de los terribles sucesos del teatro Villanueva, tan bien reflejado en el filme cubano El ojo del canario, cuando la madre salió en busca de su muchacho, en medio de las balas.

“Era mi Madre; fue a buscarme en medio de la gente herida y las calles cargadas a balazos y sobre su cabeza misma, balas que disparaban a una mujer”.

Por las cartas de Martí vemos como él ejercía tutela y orientación desde la distancia sobre sus hermanas, casi siempre a petición de Leonor y aunque entre Martí y sus padres hubo incomprensiones, reprimendas, consejos, enfrentamientos, nunca lo dejaron solo. 

Ella tenía conocimiento de los peligros que rodeaban a su hijo, y aunque quizás, no lo supo comprender ni apoyó en sus actividades independentistas, no fue por razones políticas, fue por la supervivencia de la familia que amaba y protegía.

“Mi madre tiene grandezas y se las estimo y la amo. Y cuando su hijo cayó en combate aquel fatídico 19 de mayo de 1895, Leonor sufrió un duro golpe que sumó al dolor provocado por el sucesivo fallecimiento de la mayoría de sus hijas. 

Ya anciana, sobrevivía apenas como subalterna de una secretaria del Gobierno. Los emigrados cubanos entonces promovieron una colecta popular para adquirir la casa natal del Apóstol, donde ella se había preocupado por colocar una tarja, honrando su nacimiento en la vivienda de la calle Paula, en la Habana de intramuros.

Esta le fue entregada a Leonor, ya con su salud bastante quebrada y con la miseria a las puertas, lo que la obligó a alquilarla e irse a vivir con su hija Amelia. Allí falleció el 19 de junio de 1907.


No hay comentarios:

Publicar un comentario