Por Marilys Zayas Shuman
Cuba exhibe indicadores demográficos similares a los de Europa, pero su fecundidad adolescente se parece más a la de América Latina y el Caribe. Esa contradicción, sostenida por desigualdades territoriales y normas culturales persistentes, precisa urgente una mirada colectiva sobre el embarazo temprano.
En medio de un contexto marcado por la crisis energética y los efectos del huracán Melissa, UNICEF y UNFPA, con financiamiento de la Unión Europea, lanzaron recientemente en La Habana el Programa Conjunto Prevención y atención al embarazo y la fecundidad adolescente en Cuba.
La iniciativa responde a una problemática social ampliamente documentada por investigadoras e investigadores y trabajada durante muchos años por los ministerios de Salud Pública y Educación, la Federación de Mujeres Cubanas y otras organizaciones e instituciones.
A decir de la Dra. Daylín Rodríguez Javiqué, del Centro de Estudios Demográficos (CEDEM), en algunos municipios de Cuba las menores de 15 años constituyen el grupo con mayor número de nacimientos.
Detrás de cada cifra hay una historia: niñas que se unen con hombres adultos, familias que consienten lo que la ley prohíbe, escuelas que no logran retenerlas y comunidades donde la sexualidad sigue siendo un tema que se susurra, no se conversa.
Cuba exhibe una tasa global de fecundidad comparable a la de países altamente desarrollados, pero su fecundidad adolescente se comporta como la de América Latina y el Caribe. “Es la mayor desarticulación que tiene la fecundidad cubana”, reconoció la Dra. Ailuj Casanova, directora general de Atención Médica del MINSAP durante la presentación del proyecto.
En territorios orientales —Granma, Holguín, Las Tunas— y en los municipios golpeados por el huracán Melissa, la vulnerabilidad se multiplica. Allí, donde la vida cotidiana transcurre entre apagones, escasez y reconstrucción, las adolescentes enfrentan riesgos mayores.
En Cuba, el embarazo adolescente no ocurre en el vacío: se sostiene en prácticas culturales, desigualdades de género, silencios familiares y brechas institucionales naturalizadas durante décadas.
Ese es el punto de partida. No se trata solo de estadísticas ni de decisiones individuales, sino de un entramado que involucra a familias, escuelas, comunidades, instituciones y normas sociales que siguen marcando el destino de muchas niñas y adolescentes.
Visto desde esta perspectiva, el embarazo adolescente no es un evento biológico: es un espejo. Refleja brechas de género, desigualdades territoriales y la persistencia de normas que colocan a las niñas en posiciones de desventaja.
En medio de esa realidad, las agencias de cooperación refuerzan su apoyo para contribuir a frenar las desigualdades, afirmó en el encuentro Jens Urban, embajador de la Unión Europea en Cuba, al anunciar el financiamiento de un millón de euros para el nuevo Programa Conjunto.
Desde UNICEF, Sunny Guidotti, representante en funciones, insistió en que la iniciativa permitirá “promover la participación, los derechos y el empoderamiento de las adolescencias, sobre todo de las niñas”. Y Marisol Alfonso, jefa de la Oficina del UNFPA en Cuba, recordó entre los objetivos el de garantizar que cada joven pueda “decidir sobre su cuerpo y su vida, incluso en contextos de emergencia”.
Uno de los temas más sensibles emergió con fuerza en las intervenciones: las uniones tempranas entre adolescentes y hombres adultos, muchas veces consentidas por las propias familias. Aunque el Código de las Familias eliminó el matrimonio infantil, la práctica de “unirse” sigue ocurriendo en silencio.
La presentación de la Dra. Rodríguez Javiqué aportó un dato que confirma esta alerta: casi el 30% de las muchachas entre 15 y 19 años estaba casada o unida con personas mayores —entre 20 y 48 años o más—. Estas uniones, lejos de ser excepciones, forman parte de un patrón cultural que coloca a las adolescentes en situaciones de vulnerabilidad extrema.
En el estudio presentado, la investigadora señala que en muchos hogares hablar de sexualidad sigue siendo un tabú. Las adolescentes crecen entre mensajes contradictorios: se espera que “maduren” rápido, pero no se les ofrece información clara ni herramientas para decidir sobre sus cuerpos.
Y cuando se les pregunta por qué consideran que ocurre el embarazo temprano, las respuestas son reveladoras: “inmadurez”, “falta de apoyo familiar”, “limitaciones económicas”, “no estar preparadas”.
La falta de educación integral de la sexualidad no solo afecta la prevención del embarazo: limita la capacidad de las adolescentes para identificar relaciones desiguales, dificulta la toma de decisiones informadas y perpetúa estigmas que las dejan expuestas a violencia, coerción y abandono escolar.
Según la investigadora del CEDEM, “la probabilidad de tener hijos durante la adolescencia es mucho mayor entre los grupos con menos recursos, con familias que han tenido madres adolescentes y con menor escolaridad”. Es decir, el embarazo adolescente es también un mecanismo de reproducción de la pobreza y la desigualdad.
Explicó, además, que la fotografía demográfica de Cuba revela una paradoja: mientras el país exhibe una tasa global de fecundidad muy baja —1.29 hijos por mujer en 2024, comparable a la de países europeos—, la fecundidad adolescente mantiene niveles propios de América Latina y el Caribe.
El contraste se vuelve más agudo cuando se observa el comportamiento reciente del indicador. Aunque la tasa específica de 15 a 19 años descendió a 47.1 nacimientos por cada 1 000 adolescentes, su peso dentro del total de nacimientos del país continúa aumentando.
La geografía del fenómeno confirma que no se trata de un comportamiento homogéneo. Granma, Holguín y Las Tunas concentran las tasas más elevadas, con municipios que superan los 60 y 70 nacimientos por cada 1 000 adolescentes.
En estas zonas —muchas de ellas rurales y afectadas por el huracán Melissa— la fecundidad adolescente muestra una resistencia al descenso que no se explica solo por factores individuales.
EL PROGRAMA CONJUNTO: QUÉ PROPONE Y QUÉ CAMBIA
La iniciativa, que se implementará durante 36 meses en diez municipios: Camagüey, Las Tunas, Holguín y Granma, busca intervenir allí donde los indicadores muestran mayor resistencia al descenso.
Se propone mejorar la calidad de los servicios integrales de salud sexual y reproductiva, fortalecer la educación integral de la sexualidad, transformar normas socioculturales que perpetúan desigualdades de género y garantizar protección en contextos de emergencia.
Es un enfoque multisectorial que articula al MINSAP, el MINED, instituciones locales y organizaciones de la sociedad civil, reconociendo que ninguna institución puede enfrentar sola un fenómeno que atraviesa hogares, escuelas, comunidades y territorios.
El programa incorpora además acciones específicas para los municipios afectados por el huracán Melissa: apoyo psicosocial, entornos protectores, servicios comunitarios, promoción de prácticas higiénicas y de gestión menstrual digna, y oportunidades de empoderamiento económico para adolescentes. En estos territorios, la recuperación no es solo material: es también emocional, educativa y social.
Pero quizás el cambio más profundo que propone el Programa Conjunto es simbólico: colocar a las adolescentes en el centro, no como receptoras pasivas de políticas, sino como protagonistas de su propio desarrollo. En los lanzamientos municipales, descritos por las autoridades como “fiestas intersectoriales”, las adolescentes no fueron invitadas: fueron parte activa. Esa participación es, en sí misma, una transformación.
El programa no promete soluciones rápidas. Se propone algo más difícil: romper inercias, cuestionar normas, fortalecer capacidades institucionales y comunitarias y abrir espacios donde las niñas y adolescentes puedan decidir sobre sus cuerpos, sus proyectos de vida y su futuro.
El lanzamiento del Programa Conjunto dejó claro que enfrentar el embarazo adolescente en Cuba exige algo más que diagnósticos: requiere alianzas reales, sostenidas y capaces de transformar prácticas institucionales y normas sociales.
En la sala donde se presentó la iniciativa, las voces de la Unión Europea, UNICEF, UNFPA, el MINSAP, el MINED y especialistas del CEDEM no sonaron como discursos aislados, sino como piezas de un mismo rompecabezas.
En un país donde la fecundidad adolescente se ha convertido en una alerta demográfica y social, esta alianza no es solo un mecanismo de cooperación: es una apuesta por el futuro, un acto colectivo de cuidado, justicia y transformación. Y en ese camino, las adolescentes son la posibilidad.



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