Por Aime Sosa Pompa
Lina de Feria partió hacia un viaje y se despidió diciéndonos: "ven a mi asiento colonial / para encender las noches más oscuras / compartiendo el pan con los hermanos."
No quiso dejar a un lado "el misterio de estar vivo y ser exactamente humano", siguió transgrediendo las máscaras que algún día (a veces fueron muchos días) le obligaron a portar.
No huyó de los humos que dejan muertes: "quisiera cernirme en la comida de las palomas / y desaparecer de pronto de las guerras", decía, y le hacíamos un silencio cómplice.
La santiaguera nos legó un sorbo de justicia, como bien pedía (otro grande del sencillo trazo y la verdad más dura) Cintio Vitier; mientras dejaba tantas, tantas, tantas... preguntas.... Ahora Lina "¿a quién dibujarás en la segunda lucha?".
En ocasiones, leerla era como esperar que a cada instante se abriera un libro y una voz llena de estrellas nos dijera: "Lenta estoy / pero quisiera una sola ida hacia el crepúsculo".
A veces se parecía a la viejuca de la casa de al lado, agorera y visionaria: "yo ya no entiendo/ qué es lo que pasa con la vida/ si estamos bien siniestros/ como gargantas trabadas diciéndonos: allá viene este con su historia a molestarnos".
¡Cuánto vivió y cuánto advirtió!: "Algunas casas me aseguran / que todavía tenemos isla / y a pesar del Quijote / ya no queda la ilusión de aquello / o de lo otro".
Hasta de Palestina sin sitios para dátiles ni palmeras quiso escribir, de la Palestina con niños que conocían de cuerpos masacrados.
Releer sus versos es como abrir los ojos a la certera profecía de todos los tiempos: "Subvertido todo / me encanta esta irrealidad / porque como decíamos alguna vez sin tristeza: / toda realidad supera la ficción".
Salió un momento por una puerta al azul advirtiéndonos: "hondo es el tedio / si no llega el mar a salvarnos."
Ella, que quiso embellecer el mundo con los frijoles mágicos, y se atrevió a comprender la vida, sin atreverse a morir en una noche espléndida. Queremos pensar que aún pudo elegir su momento de partida.
No conocemos de epitafio alguno (¿de verdad quedará perenne en piedra santa casi vacía de versos y oculta su lápida tras yerbas que crecerán por las soledades o con rosas y azucenas mustias de tiempos?) Quizás hubiéramos elegido éste: "Recibiré el lema de la vieja palabra / con bordes de mataduras y agonías / donde silenciosamente desapareceré".
De todas maneras, gracias Lina por dejarnos estas noches tan repletas y abortadas, "las farolas rotas / el jardín agotado / y el gato a solas". Y no huyas del tiempo, ya solemos perdonar a las grandes personas que saben dejar para siempre sus versos.

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