miércoles, 11 de febrero de 2026

Las mujeres que calcularon el cielo

 


Por Lianne Garbey Bicet

La lluvia arrecia sobre el pavimento del Centro de Investigación Langley mientras Katherine Johnson corre. El taconeo de sus zapatos rompe el silencio como si marcara el compás de una carrera contrarreloj. Un kilómetro hasta el baño “para mujeres de color”, luego el mismo trayecto de vuelta. Entre sus brazos protege los expedientes que decidirán el destino de la carrera espacial. Mientras ella recupera el aliento, en la sala de control los hombres de traje y corbata esperan sus cálculos. Allá arriba, un astronauta confía su vida a la precisión de esos números.

La escena, inspirada en hechos reales y recreada magistralmente por la película Hidden Figures (Talentos ocultos, 2016), condensa la metáfora perfecta del trayecto que las mujeres han debido recorrer para ser escuchadas en la ciencia. Por eso, cada 11 de febrero, cuando el mundo celebra el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia, pienso en esta secuencia cinematográfica y en lo mucho que todavía nos dice sobre el presente y las pautas a seguir en el futuro.

Pero ¿cómo imaginar el futuro sin antes mirar atrás? A veces, para entender los satélites que hoy orbitan el cielo, hay que volver a esos pasillos húmedos de Langley y escuchar los pasos de tres mujeres —Katherine Johnson, Dorothy Vaughan y Mary Jackson— que desafiaron las leyes de la física y los prejuicios al mismo tiempo.


La película desmonta una de las narrativas más cómodas del progreso: la del héroe individual. John Glenn no orbitó la Tierra solo por su valor y ardua preparación física; lo hizo gracias a los cálculos minuciosos de mujeres cuyo talento fue tan exacto que ni las primeras computadoras se atrevieron a contradecirlo.

Aquella carrera hasta el baño “permitido” simboliza un obstáculo que aún persiste, aunque hoy adopte formas más sutiles, como los sesgos en los algoritmos que filtran oportunidades, las brechas de género en la tecnología o las estadísticas que disfrazan desigualdades. Aunque ahora los pasillos se hicieron digitales, las puertas que excluyen siguen ahí.  

“Cada vez que tenemos la oportunidad de salir adelante, mueven la línea de meta”, sentenciaba Mary Jackson en una de sus intervenciones en el filme, resumiendo el largo camino que le tocó recorrer hasta convertirse en la primera ingeniera negra de la NASA. A su lado, Dorothy Vaughan trazaba otro tipo de revolución.  

Cuando llegó la primera computadora IBM al Centro Langley, comprendió que el futuro se escribiría en un nuevo lenguaje. Aprendió Fortran en la clandestinidad de una biblioteca y adiestró a otras mujeres en el novedoso sistema de traducción de fórmulas para hacerlas imprescindibles. Comprendió que la tecnología, por sí sola, no sustituye el talento humano ya que depende de quién sostenga el código.

Hoy, al celebrarse el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia, me gusta pensar que aquellas tres mujeres siguen orbitando entre nosotros: invisibles, pero presentes. Ellas se han multiplicado en cada joven que programa, investiga o imagina un futuro posible.

Desde las aulas universitarias hasta los centros de investigación, los nombres cambian, pero la historia se repite. Actualmente, solo un tercio de los investigadores del mundo son mujeres. Las demás suelen quedar ocultas tras pantallas y algoritmos, aunque sostienen los avances del mañana. Cada experimento o código de software lleva impreso el pulso de quienes calculaban el cielo a lápiz, sorteando la gravedad doble de la desigualdad y el prejuicio.  

Por eso urge encender la curiosidad desde la infancia, dar visibilidad a quienes construyen el futuro y transformar los techos de cristal en plataformas de lanzamiento, tal como plantea el lema que acompaña la efeméride de este 2026: “Aprovechar las sinergias entre la inteligencia artificial, las ciencias sociales, las STEM (Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas) y el sistema financiero: construir un futuro inclusivo para las mujeres y las niñas".  

Quizás ese sea el verdadero desafío, reconocerlas para no repetir la historia. La próxima vez que mires al cielo y veas pasar un satélite, recuerda que muchas de esas órbitas fueron calculadas por mujeres que corrieron bajo la lluvia para entregar una fórmula. La ciencia, no tiene género; el reconocimiento, lamentablemente, todavía sí.  

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